A veces el afuera se repliega conmigo y me mantiene con vida.
El primer mate del día me saluda, yo le charlo y él me abraza.
Un reflejo de luz en el manubrio de la bici señala el moño lila que le até hace tiempo y lo vuelve especial. Le saco una foto, el gesto amerita.
El perro de algún vecino ladra a lo lejos para decirme que el vacío tiene su propio sonido y ahí recuerdo que el silencio es cálido.
Un rico sahumerio maneja mi mano a su voluntad, como en un mini baile, por el espacio de la casa y yo dejo que lo siga.
Hojas amarillas caen de repente y tengo la certeza de que alguien espera en secreto en un arbol a que esté cerca y sola, para explotar esa piñata.
La manera en que Gaspar se acomoda sobre mi brazo al dormir me advierte que nunca fué ni será un perro. Le pido perdón por olvidarme a veces.
En algún momento de la tarde la luz decide descansar del dia adentro de mi pieza, reposando y rebotando en mi cama, y yo la miro.
Absolutamente todas las canciones que me gustan me hablan y yo les presto atención. Les pertenezco.
Un buen plano de una peli siempre invita a una cita a mis ganas de pintar, pero ellas siempre ghostean. Así son.
El sol en la cara me desintegra como persona y me olvido quien soy o qué soy y soy feliz.