Aún recuerdo la primera vez que shiftee a mi realidad deseada. Fue una mañana de enero, poco después de Año Nuevo. No había vivido conscientemente esa noche especial, pero aún podía sentir la calidez sobre un nuevo comienzo, un nuevo año, una nueva vida.
El cielo estaba dividido entre la lluvia y el sol. Un día agridulce, de esos en los que la luz se cuela por cada rincón y, aun así, las gotas caían, era tristemente hermoso. Me senté en mi cama, mi pecho latiendo entre incredulidad y emoción. Tomé el teléfono y escuché la voz de aquella persona que tantas veces había soñado con escuchar, convivir decir mi nombre, con preguntarme que tal estaba y que me dijera te quiero, pude responderle de vuelta el te quiero. Me miré al espejo y, por primera vez, me reconocí sin dudas. Me sentí en casa dentro de mi propia piel.
Salí a la calle sin prisa, no trabajaba ese día, tenía planes con mis amigos más tarde, pero no quise tomar el coche. Quería caminar. Quería sentir cada paso como prueba de que estaba ahí, de verdad, que el mundo que tanto anhelé ya no era un sueño inalcanzable.
A lo largo del camino, recordé todas las noches en las que lloré de agotamiento, los días en los que dudé de todo, incluso de mí misma. Las veces en las que me pregunté si valía la pena seguir intentándolo, si no estaba persiguiendo algo imposible. Pero seguí adelante. Me caí y me levanté. Una y otra vez. Porque algo en mí siempre supo que esto era real, que estaba destinada a encontrar mi camino.
Decidí ponerme los auriculares mientras caminaba hacia el lugar donde había quedado con mis amigos. Saqué el móvil sin pensarlo demasiado, como cualquier otro día, y abrí mi playlist de siempre. Un gesto automático, sin expectativas.
Las canciones que tenía guardadas no eran las mismas que recordaba en esta realidad. Entonces empezó a sonar una canción desconocida. Nunca la había escuchado antes, y aun así… me sabía la letra. No solo eso, sino que entendía cada palabra, aun estando en otro idioma, como si mi mente la hubiera llevado conmigo sin que yo lo supiera.
Fue como un momento divino, un mensaje escondido entre acordes y melodías.
“Una tarde superficial. Estoy obsesionada con algo sin importancia. Los días que anhelé. Me están llamando. Puedo sentirlo. Afuera de la ventana, la lluvia en la calle. Comenzó a caer silenciosamente”
¿Cómo era posible que la primera canción que escuchara en esta realidad describiera cómo me sentía y mi día? ¿Cómo podía hablar de la lluvia cayendo afuera de la ventana, de la sensación de estar atrapada en pensamientos superficiales, de un anhelo profundo llamándome?
El universo me hablaba a través de la música. Y en ese instante, supe que ya no había vuelta atrás.
Y justo en ese instante, mientras el agua aún resbalaba sobre el asfalto, mis ojos se fijaron en una pequeña flor que brotaba entre las grietas de la acera. Contra todo pronóstico, contra el cemento frío y la dureza del suelo, ahí estaba: viva, floreciendo. Encontró su manera de florecer y salir.
Ese momento lo entendí todo.
No importa cuán difícil parezca, cuán cerrado esté el camino, la vida—la naturaleza, al igual que nosotros—siempre encuentra una forma de salir adelante y florecer.
Te cuento esto porque sé lo fácil que es perder la esperanza, dudar de todo y preguntarse si realmente vale la pena seguir intentando. Sé lo que es sentirse atrapada, como si estuvieras caminando en círculos sin encontrar la salida. Pero quiero que entiendas algo: el camino hacia tu realidad deseada no es en vano.
Cada paso, cada intento, cada noche en la que te acuestas con la duda y aun así decides seguir adelante, te está acercando más de lo que crees. Yo también pasé por momentos en los que pensé que nunca lo lograría, que tal vez todo esto era solo un sueño imposible. Pero entonces, un día, todo cambió. De repente, estaba ahí. Viviéndolo. Sintiendo cada detalle con la certeza de que era real.
Por eso, quiero que recuerdes algo: el shifting no es cuestión de suerte o de un talento especial. Es constancia, es confianza, es saber que no importa cuánto tarde, siempre estará esperándote. Y cuando llegue tu momento, lo sabrás porque lo verás. Porque cada pequeño detalle, cada canción, cada flor que nace entre las grietas del camino, te lo recordará.
Sigue adelante. No dejes que la duda te detenga. Porque un día, sin previo aviso, abrirás los ojos y te darás cuenta de que lo lograste. Y que todo el esfuerzo invertido valió totalmente la pena.
Si yo lo logré, tú también puedes. No hay nada en mí que te falte a ti. No soy especial, ni diferente, ni tuve una ventaja secreta. Tuve las mismas dudas, los mismos miedos, las mismas caídas. La única diferencia es que decidí seguir adelante a pesar de todo, y tú también puedes hacerlo.
No te subestimes. No pongas a los demás en un pedestal pensando que ellos pueden y tú no. Tienes el mismo valor, la misma capacidad, el mismo potencial. La única pregunta es: ¿vas a confiar en ti lo suficiente para seguir intentándolo?
Porque el día en que lo hagas, cuando cruces esa barrera y te des cuenta de que siempre estuvo en ti, entenderás que nunca hubo un “imposible”.