El hielo de Loch Morlich no era perfectamente liso, tenía vetas blancas atrapadas en su interior, como cicatrices antiguas. Danielle las observaba desde la orilla, ajustándose los patines con dedos entumecidos, preguntándose si el lago también había tenido que aprender a sostenerse después de romperse.
—Si te caes —dijo Hamish, con una sonrisa nerviosa—. Prometo no reírme demasido.
Ella levantó la vista hacia él, arqueando una ceja.
—Eso no sonó convincente en absoluto.
Hamish ya llevaba los patines puestos, había dado una vuelta alrededor probando el hielo pero ahora se mantenía rígido, como si la capa blanca fuera a protestar en cualquier momento por su peso. No era torpeza exactamente, era más bien exceso de consciencia, como siempre le pasaba cuando estaba cerca de Danielle.
—Nunca entendí por qué los magos no patinamos más, por ejemplo en el colegio —añadió él—. Es peligrosamente no mágico.
Danielle sonrió, una de esas sonrisas suaves que había aprendido a usar después de la batalla de Hogwarts, después de saber toda la verdad. Sonrisas que no negaban el cambio, pero tampoco lo dejaban ganar.
—Porque preferimos volar —respondió—. O porque el hielo no se deja hechizar tan fácil.
Dio el primer paso sobre el lago y de inmediato, el patín se deslizó más de la cuenta. Hamish reaccionó por puro instinto.
—¡Stabilio! —susurró, apuntando a los patines de Danny con la varita.
El hechizo no fue elegante, pero funcionó. Una ligera resistencia mágica envolvió los patines de Danielle, como si el hielo hubiera decidido cooperar de pronto.
—¿Me estás facilitando las cosas? —preguntó ella, divertida.
—Solo un poco —admitió—. Es un encantamiento de apoyo. Nada que interfiera con… Con la dignidad.
—Hamish, mi dignidad murió el día que me caí de bruces frente a McGonagall en tercer año, me jalaste y te caíste también.
Eso lo hizo reír y el sonido se perdió en el aire frío del bosque de pinos que rodeaba el lago.
Danielle avanzó con más seguridad ahora, brazos extendidos, su cabello rubio muy claro casi fundiéndose con la nieve. Habían pasado muchos meses desde la Batalla de Hogwarts, desde la muerte de Mulciber. Desde que ese apellido dejó de ser solo el nombre de Mikel y se convirtió en una verdad incómoda entre ambos. Ninguno de los dos lo había conocido como padre. Y sospechaba que tampoco Mikel lo había llorado como tal.
Pero el pasado, igual que el hielo, seguía ahí: sólido, silencioso, imposible de ignorar.
Hamish la siguió, patinando con cuidado exagerado.
—Oye, Danny… —empezó, carraspeó y luego se detuvo—. Nada. Olvídalo.
Ella se giró despacio, deslizándose hacia atrás con sorprendente gracia. Un poco estabilizada por el hechizo y otro poco al recordar los trucos que su padre Robert le había enseñado cuando era pequeña.
—No —dijo—. Ahora tienes que decirlo. Las reglas del hielo lo exigen.
—¿Desde cuándo el hielo tiene reglas?
—Desde que decidiste hechizarlo. Ahora es propiedad del Ministerio.
Él se sonrojó, rascándose la nuca.
—Solo iba a decir que… —tragó saliva—. Que me alegra que hayas venido. Que… Que estés aquí.
No dijo conmigo. No se atrevió. Nunca lo hacía.
Danielle se acercó un poco más. El hechizo de estabilidad titubeó cuando Hamish perdió el equilibrio y sin querer, terminó aferrándose a su brazo. Fue torpe, desordenado, algo completamente Hamish. Siempre perdiendo el equilibrio frente a ella.
—¿Ves? —murmuró ella—. El hielo tampoco confía del todo en ti.
—Yo confío en ti, en que siempre me atraparás —respondió él sin pensar.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue frágil. Como el hielo bajo sus patines.
Danielle bajó la mirada un instante y luego entrelazó sus dedos con los de él, firme, muy decidida.
—Entonces no me sueltes —dijo—. Pase lo que pase.
Hamish asintió, incapaz de decir nada más, mientras el lago los sostenía a ambos.
Y por primera vez en todos esos meses, Danielle pensó que tal vez no todo lo que pasaba tras algo sumamente catastrófico estaba destinado a quebrarse. Había perdido ya a un amigo, a alguien a quien le costaba demasiado ver como hermano. Pero quizá sería la Navidad en la que ganaría algo especial.