La casa estaba extrañamente tranquila. Después de semanas escuchando conversaciones sobre rehabilitación, informes médicos, sanciones deportivas y reuniones de emergencia de la escudería, el silencio resultaba casi sospechoso.
Albus cerró la puerta del despacho detrás de sí y aflojó la corbata mientras avanzaba por el pasillo.
Por reflejo miró hacia la escalera. No había nadie. Ni Alice escapándose para volver a Donington antes de recibir autorización médica, ni Fabian intentando distraer a su madre y tampoco Kit persiguiendo abogados.
Por primera vez en mucho tiempo, todo parecía estar exactamente donde debía. O casi todo.
Encontró a Elizabeth en el salón. No le sorprendió verla leyendo, lo que le sorprendió fue que no parecía estar leyendo realmente pues llevaba varios minutos observando la misma página.
— Sabes que normalmente los libros requieren pasar de hoja de vez en cuando, mi amor— dijo y la sonrisa apareció sola. Se acercó al sofá y se dejó caer a su lado con un suspiro satisfecho—. Debo admitir que extraño un poquito el caos.
Era mentira. No lo extrañaba en absoluto.
Apoyó un brazo sobre el respaldo y la observó de reojo.
— Bueno, quizá no el caos inicial... Eso definitivamente no.
La sonrisa desapareció apenas un poco. Todavía le costaba pensar en aquello y a veces despertaba en mitad de la noche recordando todo: la imagen de Alice inmóvil dentro del auto, ese segundo exacto en que creyó que algo irreversible había ocurrido. Instintivamente buscó la mano de Elizabeth, sus dedos se entrelazaron con los de ella intentando desviar su atención y no caer en ese espiral de pánico. Durante unos segundos simplemente permaneció así, luego se enfocó de nuevo en ella, sus ojos se desviaron a su vientre todavía bastante plano. La sonrisa regresó, más suave esta vez.
— Llevo semanas esperando para poder celebrar adecuadamente y contarle a todo el mundo nuestro pequeño secreto.
Negó con la cabeza e incluso se le escapó una risita
— Hice listas mentales. Pensé en nuestra edad, en lo complicado que será volver a empezar. Pensé en pañales, noches sin dormir, visitas de San Mungo para las revisiones, profesores particulares para la escuela elemental y en la posibilidad muy real de que nuestro nuevo bebé tenga cinco hermanos intentando darle consejos al mismo tiempo. Y me di cuenta que me estoy preocupando en vano. Lo haremos bien, como lo hemos hecho las últimas cinco veces.
Sonrió de nuevo y se llevó la mano de Lizz a los labios para besarla suavemente. Se estiró en el sofá despreocupado, como alguien que había recibido algo inesperado y todavía no terminaba de creer su suerte.
Habían trasladado todo lo necesario desde el hospital para continuar con la recuperación de Alice por obvias razones. Continuar en San Mungo ponía en riesgo el secreto que su hija ocultaba y que llegara a oídos del público era lo peor que podía pasar. Claro que eso no significaba que estuviera completamente de acuerdo con aquella mentira que había iniciado prácticamente bajo sus narices.
Su hija podía llegar a ser un tanto testaruda. Pasaba incluso cuando debía tratar cosas simples como un resfriado, pero tantos años tratando con Albus la habían preparado para eso.
Fue esa misma necedad la que terminó logrando que Alice se recuperara antes de lo previsto y apenas pudo ponerse de pie, pidió poder volver a Donington, cosa que terminó autorizando con las debidas precauciones. Si decía que no, de todas maneras encontraría la forma de escabullirse de la casa para hacerlo.
El caos de esas últimas semanas había acaparado toda su atención, así que realmente no había tenido ni oportunidad de terminar de digerir la otra enorme noticia que había recibido al mismo tiempo. Mentiría si decía que no lo ponía nerviosa, y trataba de mantenerse tranquila haciendo cualquier cosa que pudiera ayudarla pero no siempre funcionaba, como Albus le había hecho notar apenas se sentó en el sillón.
— Y yo que creí que con una impresión mental de la página era suficiente.— Terminó por cerrar el libro dejándolo sobre su regazo.— No. Ni lo digas.— Quizá Albus ya se sentía en condiciones de bromear al respecto, pero ella definitivamente no. Mucho menos considerando que ella ya le había hablado al respecto a Albus después de haber visto los ojos de Alice a través del visor del casco.— Aún estoy decidiendo cuál debería ser tu castigo por no querer escucharme. Te dije que era Alice en ese monoplaza.— Y es que si había alguien que podía creer los alcances de su hija era precisamente Albus.
— Creo que me gustaría esperar unas semanas más.— Claro que estaba nerviosa. No era su primer bebé pero las circunstancias eran completamente diferentes. El ya no ser tan jóvenes la tenía bastante nerviosa.— Excepto que durante esas cinco veces teníamos veinte años menos.— Y es que, a su parecer, eso no era cualquier cosa. Además, le tenía un poco ansiosa el cómo es que los chicos se adaptarían al nuevo bebé, pues la diferencia de edad era bastante considerable, incluso entre el bebé y Beth que era la menor.
















