El bufido ajeno la hace reír. Salomé cree que Riley es genuina y que tiene veraz ángel, que hay algo en ella que, en menor o mayor medida, le aporta cierta luz, pues es divertida sin si quiera intentarlo, y Salomé puede verlo porque es ella alguien que intenta ser divertida. Solía importarle poco y nada aquello, segura de sí misma y sin interesarle la reacción de los demás fuera del cúmulo de críticos, fanáticos y oyentes en el ámbito profesional. Ahora todo es diferente, todo la preocupa, y se siente tan tétrica al hablar que duda saber hacer chistes. Por eso no dice gran cosa ni tampoco opina nada. Además, es escabroso el terreno del amor, no sabe por qué si quiera lo ha mencionado. De curiosa, quizá, además de que la ajena le agrada en serio y le gusta conocerla y tener trato cordial más allá de lo compartido por haber trabajado con el padre de Riley. —En realidad, no. —Contesta. —No es una fecha que marque en el calendario—sin importar cuánto le guste el amor como concepto de salvavidas y antídoto para afrontar la vida. —, yo nunca he tenido pareja ni nada por el estilo y mis hermanas están solteras, así que seguramente nos sentemos a ver películas y comer comida chatarra...—Se le antojan pelis de terror, aunque, por la fecha, seguramente terminen viendo alguna comedia romántica. —Aprovecharemos que mis padres salen a cenar por San Valentín, supongo, y fumaremos dentro de la casa. —Confía en voz baja, riendo después. — ¿Tú harás algo? —Pregunta. —Siempre es lindo hacer alguna actividad para no sentirse solo.