Empiezo este ensayo con una frase que podría tranquilamente ser dicha por el Arte:
“Soy cuando me nombran, soy cuando me crean, soy cuando me observan, soy cuando me interpretan.”
La frase surge del ejercicio imaginario de realizarle al mismo Arte una entrevista en que tuviera que reflexionar sobre sí mismo. ¿Qué podría contestarnos éste sobre su propia existencia?, ¿Dónde o cuándo empieza el arte?; El arte.. ¿es sólo cuando es obra, es pensamiento, es materia?... ¿es sólo en tanto bello?. Si existe un pensamiento artístico, entonces el arte ¿es pensamiento?. ¿Qué hace que el arte sea arte, más allá de los adjetivos ad-hoc que agregamos para explicarlo?. Como sostiene Esther Díaz “Somos mucho más que racionalidad”, pero es nuestra racionalidad la que nos ayuda a comprender el mundo que nos rodea.
El hilo conductor de este ensayo será entonces desarmar nuestra frase racionalmente desde el abordaje de la filosofía, para encontrar a través de ella algunas respuestas a los interrogantes del párrafo anterior. La filosofía del arte, siguiendo a Michaud, será nuestra guía para desentramar la complejidad, permitiéndonos considerar al arte sólo “respecto a su existencia y a sus modos de operación sobre la sensibilidad” así como también “el lugar del arte en la vida humana y su alcance metafísico y existencial”. El orden lógico propuesto por nuestra frase, sin embargo, no acompaña de forma lineal la historia de la reflexión sobre el arte (ya que como también explica Michaud, dicha reflexión surgió al relacionar lo bello con lo natural, lo humano y lo divino), ni la agota.
El arte ES cuando lo nombran
Lo primero que podemos decir es que el arte puede existir a partir de que el ser humano lo piensa y lo nombra. Y una vez que lo nombra, crece y se estandariza, se renueva y resignifica, pero siempre se mantiene cierto consenso que, aunque dinámico, hace que al nombrarlo lo conceptualicemos (Diaz, 2017).
El estatus ontológico del arte nos remite sólo a su existencia, sin responder la pregunta más básica e intrincada… ¿qué es?. Tolstoi afirma que “es una forma de la actividad humana, que consiste en transmitir a otros los sentimientos de un hombre, consciente y voluntariamente por medio de signos exteriores”. En esta definición podemos encontrar varios de los elementos que seguiremos analizando, pero resulta interesante detenerse especialmente en el transmitir sentimientos y emociones. Por un lado, podemos relacionarlo con Esther Diaz cuando habla del arte como metáfora o materialización de sensaciones. Por otro, además de hace foco en el sujeto, nos remite a la terapéutica artística de las pasiones propia del esquema clásico propuesto por Badiou (Badiou; 2009).
Sin embargo existen otras perspectivas acerca de qué es lo que el arte transmite. En una de sus conferencias Heidegger sostuvo que “La esencia del arte sería, pues, ésta: el ponerse en operación la verdad del ente.” Esta frase responde al esquema romántico en que el arte es encarnación de la verdad. Esa verdad ha sido considerada verdadera mayormente en tanto expresión de lo divino. En la tercera perspectiva o esquema didáctico, Platón acusa al arte de producir sólo una verdad en apariencia, convirtiéndose en una negación de la misma (techne phantastiké).
Al hablar de filosofía del arte, la palabra Poiesis (producción) surge prácticamente de inmediato. Ya en la definición de arte de Tolstoi vimos que lo describe, en primera instancia, como “actividad humana”. El hacer parece entonces ser inmanente al arte, pero podemos preguntarnos si hacer implica necesariamente la materialización, o puede existir el arte en el pensamiento. Por ejemplo, como comenta Eco, Croce separaba la expresión de la extrinsecación, (Eco, U; 2002). Podríamos decir que sea materialmente o en el pensamiento, el arte sigue implicando “hacer”.
Al margen de ese debate, es indiscutible que el arte genera productos, y esos productos deben tener ciertas características para ser considerados artísticos. La producción artística, además, se hace de forma deliberada (Amont, 2001) sea por motivaciones personales o por pedido especial de instituciones.
Si hablamos de las motivaciones, podemos volver a la reflexión acerca de la búsqueda de la verdad, expresión emocional, y sumar la búsqueda de la belleza, o relacionar el arte con su función social, sea estética, educativa, publicitaria, política, religiosa, pero siempre funcional a una cultura (Diaz, E. 2017).
Como sostiene Aumont que “La obra de arte nace de esta conjunción entre necesidades fundamentales en todos los grupos humanos: dar existencia material a fuerzas invisibles, organizar el medio de acuerdo con un orden regular: reproducir de manera objetivada la experiencia de los sentidos” (Aumont, J. 2001. Pág. 19)
Así, el arte se hace en Obra, y como tal no puede separarse de sus modos de producción, formas y procedimientos.
El Arte, ¿cuándo es arte? Según Goodman la mayoría de los problemas al respecto nacen de plantear la pregunta equivocada, “al no aceptar que un objeto puede ser una obra de arte en algunos momentos y no en otros”. (Goodman, 1977. Pág 5). No toda obra de arte lo es permanentemente, sin embargo, al convertirse en tal, el conjunto específico de signos exteriores que la conforman, del que nos hablaba Tolstoi, se transforma en mucho más que técnicas y formas.
Quien percibe la obra de arte, lo hace a través de los sentidos, y luego deconstruye en su psiquis un conjunto de imágenes, sonidos, texturas, materiales, que podrían ser otra cosa, pero que en tanto obra de arte cobran una entidad especial. Quién percibe tiene una reacción física y psicológica (corremos el riesgo de que parezca más un texto sobre neurociencias, pero vale la pena seguir el razonamiento) al vivenciar sentimientos que, en el mejor de los casos, coinciden con lo que el autor de la obra quiso transmitir (Tolstoi, L, Pág. 21).
Para Aumont el arte se hace, pero la estética implica un sujeto que percibe. Esto abre, en palabras de Michaud “un dominio de lo experimentado, de lo sensible y del sentimiento que nos hace conocer ciertas cosas sin que las conozcamos en el sentido cognitivo estricto”, de eso se trata siguiendo a Baumgarten, la estética.
Sea quien sea el observador, cuando observa, interpreta. La cuestión de la interpretación del arte puede hacernos virar hacia la estética, o hacia la reflexión sobre quién juzga que el arte sea considerado tal. Comencemos entonces preguntándonos: ¿Quién interpreta?.
“El hombre que ha fabricado el objeto se ha hecho una cierta idea de él; el público, amplio o confidencial, que disfruta de él y lo recibe de una cierta manera; las instituciones a las que la sociedad concede competencias para pronunciarse sobre este tema: el museo, la crítica, la universidad en ciertos casos, la justicia...”. (Aumont,J. 2001 .Pág. 99)
Pero ¿qué interpreta quien interpreta? Según Goodman, símbolos: “Quienquiera que busque un arte desprovisto de símbolos no lo encontrará - si toma en cuenta todos los modos en que una obra simboliza. Arte sin representación o expresión o ejemplificación - si, arte sin ninguna de las 3 - no” (Goodman, N. 1977. Pág 5)
La interpretación puede llevarnos a hablar desde del gusto estético (Kant) y la belleza en el sentido de la antigüedad clásica, hasta de las funciones sociales del arte (sean estéticas, políticas, educativas, identitarias, religiosas, etc). Quizás la interpretación más arraigada (y la búsqueda de quienes se adentran en el arte) sea la de producir placer, indistintamente de si ese placer se relaciona o no con lo bello.
Al comienzo de este escrito hicimos el ejercicio imaginario de que el mismo arte intentara explicarse a sí mismo. El arte nos decía: “Soy cuando me nombran, soy cuando me crean, soy cuando me observan, soy cuando me interpretan.”. Sea quien sea quien lo nombre, cree, observe o interprete, el arte es producto del ser humano para el ser humano, para transmisión de abstracciones propias del ser humano. Precisamente porque somos mucho más que racionalidad, necesitamos de ese hacer sensible que es materialización de lo sensible. Quizás por eso para tantos filósofos y artistas el arte y la espiritualidad sean indisociables.