––Wow, esto sí que es una coincidencia. Mi familia también está en Los Ángeles. Pero tu acento te delata, eres británico, ¿cierto?––. Preguntó con astucia y de pronto sintió que un pedacito de su familia se encontraba con ella, pues los extrañaba muchísimo. Lo escuchaba atenta, mientras que sus orbes curiosos estudiaban las facciones del mayor, discretamente pero con un propósito. ––¿Has estado ochenta y seis horas despierto?––. Se sorprendió al mismo tiempo que explotó en una carcajada para luego tapar sus labios con sus manos. ––Perdón, perdón. No creas que me estoy burlando de ti––. Reía en fragmentos pequeños hasta que sus manos cubrieron todo su rostro, pues sus mejillas se habían tornado en un tono rojo carmesí, las cuales delatarían su vergüenza. ––Es una historia encantadora, ahora sé donde puedo encontrarte si tu turno ha terminado––.
--Sí, yo nací aquí, pero toda la familia es de LA. En cambio, creo que tú no tienes acento, aunque juraría que tienes un poco de esencia de París--. Colocó su brazo detrás de la espalda de la chica, con confianza, puesto que ya sentía que podían hablar con tranquilidad. --Gajes del oficio, cuando te comprometes a ser médico, sabes que has renunciado a tu sueño por completo--. Continuó mientras con deleite podía ver como la azabache reía y él no podría estar más contento, pues las campanillas de su risa sólo alegraban más al ambiente que se coronaba con los cantos de los pajarillos. --Puedes burlarte, no me molesta y es un placer para mí escuchar tu risa. Eres muy, muy linda y me es placentero en su totalidad estar contigo, hace mucho que no me sentía así--. Acarició aquellos duraznos que se habían formado en sus mejillas, sintiéndose un poco atontado y completamente atraído por la chica sin darse cuenta en lo absoluto. Antes de que pudiera verlo venir, se había acercado demasiado, por lo que simplemente carraspeó y soltó a la chica, mostrando una sonrisa amable. --Siempre puedes llamarme, aunque éste árbol por siempre me recordará a ti--.