liam.
Ante la tercera presencia, el príncipe de Noruega se esfumó con la excusa de ir al baño, pero Liam sabía que era porque había visualizado a alguien desde la distancia. Con una risa degradándose en sus labios, volvió la atención al muchacho que continuaba acompañándole. “No deberíamos juzgar a nadie en estado de ebriedad.” Citó como sí lo mismo viniese declarado en la biblia. “¿De cuáles vestidos?” Sus ojos se entrecerraron, esperando una respuesta que probablemente no vendría. “No me molesta usar un vestido, crecer con una hermana me hizo inmune a ese tipo de humillación.” Contó sin vergüenza, recordando vagamente todos esos juegos donde Eleanor lo obligaba a usar sus vestidos para tomar el té de manera apropiada. “Lamento haberte extraído de tu importante contacto visual con la pared.”
“Excepto si nunca lo has estado... No, espera, porque los ebrios también juzgamos a esas personas, así que no” se respondió a sí mismo, una sonrisa surcó sus facciones de inmediato. ¿Vestidos, dijo? Ah, esa memoria tan efímera de un alcohólico con su elixir en mano era una maldición para cualquiera que intentase mantener una charla con él. “No sé de qué vestidos hablas” respondió, olvidando por completo su primera intención. Humedeció su labio inferior, escondiendo su mano libre en la calidez de su bolsillo. “De todas formas te verías bien en vestido, son bonitos. Eso sí, deberías tener las piernas depiladas para lucirlo mejor” añadió, sus hombros encogiéndose para sustraerle relevancia a la situación. El líquido que resguardaba su copa terminó por extinguirse de un solo sorbo, su mirada entonces buscó fijarse en la contraria. “Voy a disculparte sólo si me propones algo más entretenido que mirar una pared. Ya sé que puede ser difícil igualarlo, pero te daré una oportunidad de hacerlo” bromeó, a pesar de que la ausencia de una sonrisa hacía parecer que hablaba en serio.
















