“Uno, dos…” Con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor, me recosté contra la puerta de madera que separaba a mi oficina del resto del estudio. Una vez dentro, tomé una de esas respiraciones profundas y lentas que, según sabía, ayudaban a las personas a calmarse, pero no obtuve ningún resultado realmente significativo.
Mi pulso golpeaba con fuerza detrás de mis orejas, mientras mi vientre se elevaba ritmicamente en perfecta combinación con mis respiraciones acompasadas.
Lo recordaba con perfecta claridad: esa mañana me había levantado llena de ese espíritu positivo que muchas veces me acompañaba. El resplandor de un día más en Nueva York me había hecho acercarme a la ventana para contemplar todo aquél traqueteo típico de las mañanas de domingo en Madison. Desde el balcón de mi departamento pude observar a cientos de personas circulando por la acera, a un par de comerciantes ambulantes transitando por ahí, e incluso, a una chica que corría descuidadamente con los audífonos de casco rodeándole el cuello.
Inevitablemente, me giré sobre mis talones con extrema precaución y me encontré con una escena muchísimo más habitual, pero no por ello, menos hermosa. Ahí, a escasos tres metros, estaba la silueta de la mujer que había estado casada conmigo desde hacía tres años. Pero cómo había pasado el tiempo tan rápido. Como cualquier otro matrimonio, tuvimos altas y bajas que nos hicieron tambalear, pero, a pesar de todo, seguíamos ahí. Quizá no podíamos decir que nuestra relación era idéntica a sus comienzos, pero sí que seguía uniéndonos un vínculo extremadamente fuerte. Ya no me recogía todos los días en el trabajo o salíamos todas las noches a conocer algo nuevo en esa gran ciudad (quizá ya lo conocíamos todo); a veces, simplemente nos quedábamos en la sala del loft platicando de la economía del país o discutiendo cuál había sido el mejor capítulo de nuestras series favoritas. Hacía mucho que no nos dábamos regalos extravagantes el día de nuestro aniversario o nos animábamos a convertirnos en el centro de atención en un evento particular, no. Pero por cada cosa que habíamos dejado de hacer, había otras tantas que seguían caracterizándonos como pareja: seguíamos siendo espontáneas, nos amábamos de la misma manera, y nuestra química sexual era incluso mejor que antes.
Con el vello de la nuca completamente erizado, caminé un par de pasos hacia ella, y cuando estuve a escasos centímetros de su silueta cubierta por una sábana roja de seda, me incliné para besar su frente con suavidad antes de salir completamente de la habitación.
De la manera más cotidiana, me acerqué a la cocina para encender la cafetera y, de paso, para tomar uno de esos cigarrillos mentolados que se encontraban en el tarro de galletas. Tanto ella como yo sabíamos que fumábamos a escondidas, pero simplemente nos habíamos limitado a hacernos de la vista gorda y no sacar el tema a colación. Con habilidad me las arreglé para sostener el tabaco entre mis labios mientras tomaba una taza de café del estante más alto, y cuando finalmente lo logré, vertí aquella bebida dentro de la enorme taza y deseché el cigarrillo dentro del cesto. Durante ese último año, había modificado ciertos hábitos de mi vida: ahora, me ejercitaba todas las mañanas de la semana, asistía al estudio por las tardes y me dedicaba a estudiar leyes por las noches. Excepcionalmente me veía involucrada en artes escénicas, y aunque mi mujer siguiese inmiscuida en ese ámbito, yo me había alejado completamente de él.
Fiel a esa rutina asesina que yo misma había creado, me metí a la ducha después de acabar con el café, me puse encima un top negro con unos pants ajustados y antes de que diesen las 8:00hrs en el reloj de la pared, salí junto a Brucie para correr por el parque.
Ahí, rodeada de aquél enorme muro verde que suponía Central Park, me sentía como si jamás hubiese pertenecido a otro lugar. Ahí, no existía California, ni mis padres, ni Ethan, ni nadie más. Ahí, donde era una persona común y corriente, me sentía libre.
Trotando recorrí al menos cinco kilómetros con mi cachorro siguiéndome el paso, y aunque conocía aquella ruta como la palma de mi mano, siempre había algo nuevo que observar. Por ejemplo, ese día había visto la cara de un corredor que nunca había visto antes. Por allá, más lejos del circuito podía observarse a un par de pequeños correteándose entre sí y, del otro lado de la pista, vi a una mujer menuda caminando con tranquilidad, sin embargo, algo me hizo clavar la mirada en ella: la barriga enorme que cargaba con felicidad, y casi puedo decir, con orgullo.
De sobra estaba mencionar que el asunto de tener una familia seguía importándome en demasía. Es decir, estaba pasando los treinta y, a pesar de que lo había discutido cientos de veces con Rachel, siempre quedábamos paradas en un punto medio donde no descartábamos la posibilidad de tener un hijo, pero tampoco la recibíamos con los brazos abiertos (digo ‘recibíamos’ porque ella seguía teniendo dudas al respecto). Fuese lo que fuese, el hecho de saber que muchas otras personas podían tener lo que yo no, me ponía de nervios porque creía que mi futuro era incierto. Sí, sabía que tenía a cientos de personas a las que podía amar y que me amaban recíprocamente, pero eso no me llenaba como me hubiese gustado. Al contrario, eso sólo me hacía sentir un vacío doloroso que crecía y crecía dentro de mi corazón.
Sin pensar en la rutina que, desafortunadamente quedaría incompleta, corrí con fuerza en dirección contraria a la que había llevado antes, y con velocidad recorrí el camino que conocía de memoria. Ése que me llevaría de inmediato al estudio de baile donde, afortunadamente nadie podría ver el dolor que crispaba mis facciones.
Una vez que estuve frente a la conocida puerta de cristal, me apresuré a entrar y a soltar la correa de mi mascota. Necesitaba un minuto de soledad: en primer lugar para tranquilizarme porque la velocidad del recorrido me había provocado taquicardia, y en segundo, porque todos aquellos pensamientos estaban a punto de derrumbarme y necesitaba tranquilizarme.
Desde entonces, me había quedado ahí, recostada contra la puerta mientras trataba de concentrarme en algo más… agradable. Ya hacía mucho que no tenía algún ataque de ansiedad, y no podía permitir que eso pasara, especialmente cuando había estado muy ‘entusiasta’ por la mañana.
Sabía de sobra que había razones por las cuales seguir adelante, pero en ese momento ninguna de ellas lograba satisfacerme. Quizá, sólo quizá necesitaba contar hasta diez y todo pasaría. Quizá lo único que me faltaba era regresar afuera y llenarme con la Vitamina D que el sol podía ofrecerme.
A esas alturas, el compás de mi corazón se había recuperado y mis manos habían dejado de sudar. Mis pensamientos estaban reacomodados de manera que pude ver las cosas con claridad mientras me preparaba para volver a casa. Mi vida era completamente diferente a lo que había sido cuando recién había llegado a NY, incluso era diferente a lo que había sido hace un año. Ahora me consideraba emocionalmente madura (¿quién no habría madurado con todos los altibajos que había sufrido mi estabilidad emocional durante los últimos tres años?) como para regresar con la cabeza en alto, después de establecer un control absoluto sobre mi persona.
Quizá mi vida no era todo lo que yo deseaba, ¿pero qué demonios?
Tenía estabilidad económica, un apartamento, un trabajo que no odiaba ni de chiste, y a la mujer que varias veces había comparado con la perfección. ¿Qué importaba si no podía hacerme de una pequeña familia? ¿Qué si lo único que tendría en mi vida era a ella? Con eso me sentía satisfecha, y sabía que podía hacerle frente a todo mientras ella estuviera conmigo…