Él había sido el que le devolvió las alas a aquélla herida joven que el destino le hizo cruzar, y fue él también quien se las arrebató de un momento a otro esa tormentosa noche que jamás abandonaría su mente. La amaba, con la locura indiscutible que tenía, o más bien que ambos poseían, pero se entendían el uno con el otro de una manera casi mágica. No fue hasta que la dolorosa pérdida del hijo que esperaban bifurcase sus caminos. Ahí fue que Sacha nuevamente buscó consuelo en sus adicciones antes que en la mujer que había jurado amar hasta la muerte, cuando ella también necesitaba de su contención para poder salir adelante juntos. Empezaron los reclamos, los enfermizos celos y las excusas del francés para no decirle qué era en realidad lo que hacía. Jamás la engañó, no hubo otra persona que ocupase su cabeza mientras que ella fue suya, mas no podía admitir con total libertad las razones de sus repentinas desapariciones en la noche cuando aún luchaba por limpiar su imagen. Esa noche volvió temprano a casa, ¿Cómo olvidarlo? Aunque lo único que deseó desde aquél instante fue nunca haber vuelto. Quizás de esa manera no hubiese perdido a su gran amor. La pelea tuvo su inicio en el pasillo del apartamento que compartían en la capital francesa, el cual había adquirido poco después de su casamiento, ya que su penthouse era el único lugar de refugio para el deportista y lo sentía cargado con energías tan tristes que juró que no podría ser feliz allí en compañía de nadie. Fueron sus manos desnudas las que envolvieron el cuello de su esposa, cansado de sus sospechas y preso de una agresividad provocada por la cantidad de fármacos que viajaban en su sangre. No fue consciente de lo que hizo hasta que la vio tendida en el suelo. El cuerpo de la persona que le había enseñado a amar, que lo había hecho tan feliz. Y así fue como recordó el cuerpo de su hermana, sin vida, también por su culpa. No lo soportó, huyó como una rata y se prometió a si mismo que no pondría un pie en ese lugar nunca más. Sí, la creyó muerta, y sentía que su fantasma lo acechaba en cada rincón, lo que hizo que nuevamente buscase alivio en las drogas, no obstante éstas intensificaban la imagen de la tétrica dama frente a sus ojos. “No puede ser verdad.” balbuceó confundido, atento a la anatomía que se acercaba a la propia como un espectro, “No puedes estar aquí. Y-yo te maté, Scarlett, yo te maté.” repitió histérico, seguro de lo que estaba diciendo, mientras observaba sus dos armas homicidas con desprecio. Las lágrimas no dejaban de brotar, nublando su vista. No era la primera vez que vivía ésto, mas jamás había sido tan real. No podía procesar que efectivamente era ella, que estaba viva y frente a él una vez más. “Mi amor, lo lamento muchísimo.” sollozó casi sin aliento, aún arrodillado a sus pies y sin siquiera buscar las fuerzas para levantarse. Sabía que no las encontraría. “Scarlett, perdón.” imploró sumergido en sus propias lágrimas, “Nunca quise lastimarte, yo te amo. Te amo, perdón.” insistió una vez más, como si todas las disculpas del mundo no alcanzasen para que la menor entendiese su dolor. Como si de un indefenso niño se tratase, su llanto no se atenuaba, las lágrimas seguían brotando y cada vez con mayor intensidad. “Perderte fue la muerte para mi, fue mi fin. Por favor, discúlpame, amor. No me alcanzará la vida para decirte la catástrofe que hizo tu ausencia.”
Era una tortura, una pérdida de la cual no creía poder salir jamás, por más que ella tratara de convencerse de lo contrario. Debía odiarlo y olvidarlo, pero en lugar de ello se aferraba a su recuerdo y se preguntaba día y noche qué oportunidades les quedaban para volver a ser esa pareja de ensueños que siempre habían sido, esa felicidad indudable que se daban el uno al otro, misma que poco a poco fue convirtiéndose en lágrimas y heridas incapaces de cicatrizar. Él había hecho lo imposible: ganarse la confianza de ella, pero así de fácil fue como también la había perdido a causa de historias que su propia cabeza había creado. Su amor era tóxico, pero ese era el camino que ambos habían decidido seguir, de no ser así, ella no estuviese de pie frente a él luchando con su propio corazón por no perdonarlo tan fácil, porque no lo merecía. Así era como creía que se sentiría empezar desde cero: imposible. Verlo no curaba las heridas, las reabría, las profundizaba y hacia que su corazón sangrara de tanto amor dañino que tenía por él. “Sí, me mataste, tienes toda la maldita razón. Acabaste con todo lo que yo era y pude ser, con todo lo que tú y yo teníamos y pudimos tener, pero tu mayor error fue terminar conmigo y aún dejarme respirando.” Masculló con toda la rabia y el dolor siendo palpables sobre la castaña, acercándose lo suficiente para escuchar esa disculpa que no fue capaz de causar nada en ella, más que ese insaciable sufrimiento que no podía controlar. Así fue como la palma de su mano aterrizó en el rostro ajeno, dándole una fuerte bofetada que trató de desahogar la furia existente dentro de ella. “No me amas, nunca lo hiciste.” Soltó en un sollozo segundos después, cayendo de rodillas frente a él. “Me engañaste, te fuiste con otra mujer cuando más te necesitaba y como si fuera poco, trataste de matarme, Sacha.” Las lágrimas decendían por su rostro sin control. “¿Eso es amor para ti? ¿Así es como sabes amar? porque si es así, no quiero sentirlo, no quiero tenerte cerca, porque amarte ya es lo suficientemente peligroso como para tener que arriesgar mi vida también.” Se dejó caer sobre sus piernas, observándolo un poco hacia arriba y por más que muriera de ganas de tocarlo y besarlo, el simple roce de sus pieles le traería de vuelta el recuerdo de la última vez que sintió sus manos sobre ella: cuando la mató. El corazón le dolía y le costaba mantenerse firme cuando todo en ella se estaba derrumando. “Pusiste el cielo a mis pies y cuando creí alcanzarlo con las manos, resultó ser solo otra entrada al infierno en la que era más fácil caer. Yo caí, caí como una estúpida entre tus falsas promesas, pero aún peor en la mentira de tu amor. ¿Yo? Yo te odio, te detesto con cada centímetro de mi piel, pero te amo con todo lo que llevo dentro, tanto que me quema el recuerdo cada vez que pienso en ti. Y eso me tiene mal, tú me tienes mal y no encuentro la manera de poder arreglarnos a los dos. Nunca te engañé, ni mucho menos quise lastimarte. Mi única intención era evitar que te fueras, pero lo que tú querías era evitar que yo siguiera respirando. Lo lograste, Sacha Bettencourt, me destruíste, ¿Qué sigue ahora? ¿Volverás a intentarlo al saber que tu plan fracasó? Hazlo, termina el trabajo, pero yo me niego a seguir con este patético juego porque no me quedan las fuerzas para luchar contra lo que alguna vez fue el amor de mi vida, y ahora solo es mi perdición.”