Todo a su alrededor tembló. Imposible saber si era el alcohol, un fenómeno natural, o el sonido de aquella voz que reconocería en cualquier parte del mundo. Claro, las apuestas se dirigían a la tercera, siendo corroboradas por el maldito dolor que de pronto fue espinando su corazón, o al menos profundizando más la herida, porque estaba de más resaltar que sus sentimientos ya habían sido destruidos de la forma más despiadada hace mucho tiempo. Dejar ir no era la solución en esta ocasión, porque no podía simplemente continuar con el resto de su vida cuando el hombre a quien consideraba dueño de la misma había acabado con ésta hace tiempo. Físicamente ella estaba presente, pero definitivamente la había matado aquella noche, considerando que ese órgano vital que palpitaba dentro de ella se negaba a continuar forzándose sin el motivo que siempre había tenido para mantenerse fuerte: él. Bebió un profundo trago de la botella y la dejó de lado, poniéndose de pie y reuniendo el valor para girar sobre sus talones y encararlo. El dolor fue instantáneo, así como las lágrimas que se acumularon al borde de sus ojos. Sentía un nudo en la garganta y principalmente se sentía impotente. Tenía frente a sus ojos al hombre que la había matado, pero lo peor de ello era que lo amaba y ni en esa, ni en cualquier otra circunstancia hubiera podido negarse aquella verdad. Lo amaba, incluso sobre el rencor y el remordimiento que le guardaba, él jamás dejaría de ser esa felicidad eterna que alguna vez tuvo y dejó ir a los brazos de una tercera. Se acercó a él, con ese tono triste y luchador que demostraba cómo una mujer peleaba por recuperar los latidos de su corazón, por soportar un poco más ese último respiro o cargar con el vacío de un alma perdida en manos de un asesino. Un asesino que amaba con cada maldita célula de su cuerpo. “¿Sorprendido, amor?” Preguntó, pero respondió por sí misma apenas unos segundos después. “Oh, es cierto, por un momento quise olvidar que para ti ya estaba muerta. “ Agregó con una risa ironizada. “Aunque me sorprende que no hayas asistido al funeral. Espera, tampoco al entierro. Más vale que no tuvieras un discurso preparado porque hubiera sido una lástima perderte esa oportunidad para despedir a tu esposa.” Se encogió de hombros, acortando aún más la distancia, hasta quedar a pocos centímetros de el hombre que yacía de rodillas y murmurar con recelo lo siguiente. “La esposa que tú mataste.” Soltó con voz quebradiza en su mejor intento de mantenerse fuerte. Al no soportar la cercanía se distanció una vez más, dándole la espalda por unos segundos. “Pero tienes mala suerte, porque estoy viva, Sacha, estoy aquí.” Y entonces la primer lágrima se deslizó por su mejilla. La castaña volvió a encararlo, con todo el dolor que cargaba reflejado en la mirada. “Y te juro por mi vida que vas a desear haberme matado de verdad esa noche.”
Él había sido el que le devolvió las alas a aquélla herida joven que el destino le hizo cruzar, y fue él también quien se las arrebató de un momento a otro esa tormentosa noche que jamás abandonaría su mente. La amaba, con la locura indiscutible que tenía, o más bien que ambos poseían, pero se entendían el uno con el otro de una manera casi mágica. No fue hasta que la dolorosa pérdida del hijo que esperaban bifurcase sus caminos. Ahí fue que Sacha nuevamente buscó consuelo en sus adicciones antes que en la mujer que había jurado amar hasta la muerte, cuando ella también necesitaba de su contención para poder salir adelante juntos. Empezaron los reclamos, los enfermizos celos y las excusas del francés para no decirle qué era en realidad lo que hacía. Jamás la engañó, no hubo otra persona que ocupase su cabeza mientras que ella fue suya, mas no podía admitir con total libertad las razones de sus repentinas desapariciones en la noche cuando aún luchaba por limpiar su imagen. Esa noche volvió temprano a casa, ¿Cómo olvidarlo? Aunque lo único que deseó desde aquél instante fue nunca haber vuelto. Quizás de esa manera no hubiese perdido a su gran amor. La pelea tuvo su inicio en el pasillo del apartamento que compartían en la capital francesa, el cual había adquirido poco después de su casamiento, ya que su penthouse era el único lugar de refugio para el deportista y lo sentía cargado con energías tan tristes que juró que no podría ser feliz allí en compañía de nadie. Fueron sus manos desnudas las que envolvieron el cuello de su esposa, cansado de sus sospechas y preso de una agresividad provocada por la cantidad de fármacos que viajaban en su sangre. No fue consciente de lo que hizo hasta que la vio tendida en el suelo. El cuerpo de la persona que le había enseñado a amar, que lo había hecho tan feliz. Y así fue como recordó el cuerpo de su hermana, sin vida, también por su culpa. No lo soportó, huyó como una rata y se prometió a si mismo que no pondría un pie en ese lugar nunca más. Sí, la creyó muerta, y sentía que su fantasma lo acechaba en cada rincón, lo que hizo que nuevamente buscase alivio en las drogas, no obstante éstas intensificaban la imagen de la tétrica dama frente a sus ojos. “No puede ser verdad.” balbuceó confundido, atento a la anatomía que se acercaba a la propia como un espectro, “No puedes estar aquí. Y-yo te maté, Scarlett, yo te maté.” repitió histérico, seguro de lo que estaba diciendo, mientras observaba sus dos armas homicidas con desprecio. Las lágrimas no dejaban de brotar, nublando su vista. No era la primera vez que vivía ésto, mas jamás había sido tan real. No podía procesar que efectivamente era ella, que estaba viva y frente a él una vez más. “Mi amor, lo lamento muchísimo.” sollozó casi sin aliento, aún arrodillado a sus pies y sin siquiera buscar las fuerzas para levantarse. Sabía que no las encontraría. “Scarlett, perdón.” imploró sumergido en sus propias lágrimas, “Nunca quise lastimarte, yo te amo. Te amo, perdón.” insistió una vez más, como si todas las disculpas del mundo no alcanzasen para que la menor entendiese su dolor. Como si de un indefenso niño se tratase, su llanto no se atenuaba, las lágrimas seguían brotando y cada vez con mayor intensidad. “Perderte fue la muerte para mi, fue mi fin. Por favor, discúlpame, amor. No me alcanzará la vida para decirte la catástrofe que hizo tu ausencia.”