"Ciudadano del Universo" por Marcelo Santa María
Siempre quedaba algún rayo de sol para despertar su mañana
Se levantaba al unísono con los gorriones ordenaba sus cabellos y salía harapiento a deambular, como sauce en primavera con flecos ondulantes que recogen el polvo de los caminos.
Difícil saber su edad por su rostro como 65 por su sonrisa ni 4 y por las palabras que brotaban de su alma parecía tener milenios de sabiduría.
Recuerdo esas noches; friolentas bajo el puente hermanas en el tarrito con té gigantes en la conversación siempre largas de palabras.
Sin embargo, palabras tan simples como madrugada y limosna se oían como nacimiento y dignidad, trabajo y reposo como ilusión e imposible, camino y vagabundo como desafío y libertad. Plaza sonaba a dormitorio hospedería, a refugio mujer, a glorioso pasado familia, a ausencia sonrisa, a excepción abrazo, a urgencia perro, a compañero hombre, a historias y vida a supervivencia. Hasta la palabra comer significaba algo distinto si lo decían sus labios, significaba luchar, buscar, llegar a las entrañas del desperdicio y encontrar, significaba guardarse la dignidad en el bolsillo para tragar la basura ácida, pero salvadora del día. Comer era mucho más que una necesidad era un rito eterno, el centro mismo de la existencia era la pelea que ganar día tras día hora tras hora basurero tras basurero limosna tras limosna. Entre esas conversaciones boca arriba se dormían, tardes, las noches estrelladas. EL, ciudadano del universo no tenía donde caerse muerto, pero tenía todo el mundo para pararse vivo, no poseía nada pero lo usaba todo. Era un niño desastrado que le sonreía a las cuncunas y se reverenciaba ante las palomas de su plaza. Se le extraviaba la mirada con cada pregunta que yo le hacía, parecía como si sus ojos viajaran por el tiempo a las experiencias pasadas y las resintiera antes de contármelas, era el caballero del callejón húmedo, su piel arrugada asemejaba un libro con las cicatrices que cada llanto y carcajada le habían arado en el rostro, era un vagabundo sucio con el polvo del tiempo, hediondo con la podredumbre del mundo, transparente de sonrisa y mirada (la transparencia que sólo dan los senderos y la libertad), era soñador se atrevía a tener sueños, la vida le enseño a golpes. Aceptó comer sobras y extender la mano para recibir la compasión, pero nunca aceptó que le quitaran los sueños. Sueños como verse con los calcetines zurcidos o con la barba brillante, comprarse una hospedería y hacerla gratuita, levantarse y tomar desayuno sin tener que buscarlo antes, tocar la nieve (porque en ninguno de sus viajes pudo hacerlo), soñaba hasta con tener una estrella que llevara su nombre. Una noche él ya dormía el insomnio cayó como hielo a mis ojos, comencé a contar de a una las estrellas que veía entre los pilares del puente, estaba quedándome dormido cuando, surcando el cielo, pasó un cometa distinto, irreal parecía un sauce en primavera y de su cola colgaba un morral sucio. Me dormí y cuando amanecía desperté de sobresalto miré a mi amigo y no estaba, se había ido. Sólo quedaba, caliente aún, el tarrito lleno de té... Es desde ese día, el día en que mi amigo murió, que tengo el corazón a harapos. (A Natalio, Queco, Daniel, Mariela y las decenas de ciudadanos del universo)(de la pascua de los Mendigos)











