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Normalmente en público solía esconder más ese tipo de gestos tan infantiles, el hecho de verse tan divertida por el regalo que había decidido otorgarle a su compañera Olga (con tal de reírse un poco), suponía que cuando ésta no estaba, ella misma se detuviera a jugar un poco con aquellas pintorescas gafas tan cómicas. Lo situó en su cara, ignorando que estaba en plena sala común y podía ser atrapada por unos ojos curiosos, más ella simplemente decidió tomar su teléfono y colocar la cámara para hacerse una divertida selfie. La figura que acompañaba la suya en aquel lugar, parecía ser su único testigo. “Créeme, tengo un lado divertido aunque no lo parezca. Me parezco un poco a Chaplin, ¿no?”
Una búsqueda de distracción, el intento de ignorar un examen posicionado a la vuelta de la esquina, lo había arrastrado hasta una sala de relajación en donde las conversaciones abundaban y las risas se adueñaban de cada esquina. Una bebida caliente era atrapada por sus dígitos, bebiendo un sorbo del repulsivo sabor de la cafeína en un intento de recuperar las energías abandonadas, mas no duró demasiado el liquido entro de su cavidad bucal, ya que apenas se encontró con la presencia femenina, ésta abandono el clásico camino. “¿Qué se supone que es eso, Lavinia?” cuestionó, limpiándose un costado de su boca y agradeciendo no haber manchado a nadie en su camino interrumpido, mas vuelto a retomar ante el reconocimiento ajeno. Su cuerpo se dejó caer sobre la comodidad continua a la de la castaña, “No sé si estamos hablando del mismo Chaplin.” respondió, dejando que una sonrisa se formase en su rostro.
Un palpitar acelerado, la dificultad al respirar y el temblor de sus dígitos parecían ser elementos burdos que amenazaban con desintegrar cada célula de aquel cuerpo menudo de la cual la portuguesa era poseedora. La peligrosa cercanía del europeo se traducía en un camino sin retorno, una oportunidad anhelada y una respuesta que gritaba a los cuatro vientos para que resultase positiva. De atracción aún se consideraba inexperta, mas pecaba en base a una desconfianza injustificada que bañaba cada poro de su piel, con la intención única de dar un paso hacia atrás e ignorar el magnetismo de ambos cuerpos hambrientos que luchaban por fusionarse en un solo ser. Le hubiese encantado otorgarle el beneficio de la duda, pero el inglés sabía perfectamente cómo retirar aquella coraza que parecía exhibirse sin problemas frente a terceros, mas suponía una situación que no se repetía con él. Un manto de inocencia la cubría de pies a cabeza, como si se tratase de una adolescente de quince años a punto de dar su primer beso, con muchas expectativas y anhelos que pudiesen pertenecer al ser más ingenuo sobre la faz de la tierra.
Fueron dos dígitos los necesarios para alejar cualquier pensamiento fugaz de su mente. Dos dígitos los que la trajeron a una realidad que no sabía si podía llamar como tal, pero era una dimensión que únicamente envolvía a dos personas, dos corazones bombeando sangre que dejaban en segundos planos a personas o elementos que amenazaran con destruir aquella atmósfera envolvente que los sometía a una burbuja frágil pero impenetrable. El tacto de su piel con la propia le provocó un pequeño escalofríos, un choque eléctrico que quiso propagarse por su cuerpo, mas su razón pareció ganar en efímeros segundos. Su respiración volvió a acelerarse, pero sus párpados se relajaron y blanquecinas perlas atraparon su labio inferior con la intención de reprimir una pequeña curvatura de sus labios que dejaba en manifiesto lo agradable que le era escuchar el ronroneo de su voz, la suavidad de sus palabras y de sus caricias. Cerró sus párpados durante unos breves segundos y cuando los abrió, sus labios se encontraban a escasos centímetros de los ajenos, a una distancia sumamente peligrosa y temible. Su interrogante impactó contra sus oídos y su cabeza se movió lentamente en negación, haciendo que su nariz volviese a rozar contra la ajena una vez más. “No.” Pronunció con lentitud, sintiendo cómo las manos masculinas avanzaban por sus brazos desnudos hasta llegar a sus manos, donde ella terminó por unir ambas extremidades en un juego tortuoso de sus dedos antes de entrelazar los mismos con los de él. Era perfectamente capaz de sentir el aliento del hombre sobre su piel, y tal vez fue ese el impulso que necesitó para soltar una de sus manos, que ascendió hasta el rostro masculino para dejar que sus dedos comenzaran a trazar pequeñas circunferencias sobre su piel, pequeñas caricias que le entregaba mientras su mente se debatía en qué tenía que hacer. ¿Sería la cobardía la nueva protagonista que se repetiría una vez más? “No.” Susurró frente a sus propios pensamientos, dejando que sus labios fuesen ahora los que acariciaran los ajenos.
Un fruto prohibido colgando desde lo más alto de un árbol, tan cercana y al mismo tiempo tan lejana, un anhelo que exigía un esfuerzo en el que se había envuelto, manos aferrándose a cada zona del gran tronco eterno y heridas que podría exhibir una vez que el descenso se realizase; mas no sin antes envolver entre sus propias manos la dulzura y delicia que habían alejado de su paso. Su corazón latía apresurado, un esfuerzo ficticio probablemente o un recuerdo del nerviosismo que comenzó a embargar cada una de sus extremidades cuando la presencia fue admitida, orbes oscuros capaces de destruir el más tranquilo de los temples, una personalidad que se escapaba de sus manos cada vez que el roce era provocado y las murallas alzadas a su alrededor, transportándolos a una fortaleza que terminaría alejándolos de cada uno de los peligros y prohibiciones. Había sido su partida aquella que cortó comunicaciones con territorio norteamericano, pensamientos dibujados en una pizarra mental, que hasta entonces no era más que un verdadero desastre, se ordenaron en un diagrama con una simple respuesta; era egoísmo la respuesta, uno propio y ajeno.
Su tacto acarició la tersa piel femenina, adorando sus facciones angelicales como lo hicieron escritores en el pasado, un amor prohibido entre balbuceos y una exhalación de la figura hasta un nivel divino, asemejándola a un ser proveniente desde el mismo paraíso, viendo en ella una salvación que no fue capaz de encontrar en otras doncellas, ni en su pasado ni presente; ni entre memorias olvidadas y los recuerdos que se afianzaban al anglosajón. Una curvatura se apropió de las facciones masculinas, embelesado por el espéctaculo que se mostraba frente a sus esmeraldas y armaban sus dedos que se deslizaban con cuidado por la superficie de la fémina, un escalofríos inundo su espalda, deseos de obtener más de lo entregado atacaba la zona central de su cerebro, mientras una respiración suave y tranquila intentaba contrastar contra un órgano vital que cada vez se movía con mayor rapidez, descocado, luchando por escaparse por su garganta hasta caer a las manos ajenas, encontrando en ella una protección y alojamiento perpetuo. El movimiento de su nariz contra la propia le entregó la respuesta buscada, encontrándose de frente con el fruto en la copa del árbol más alto, volviendo a ver la cercanía entre ambos, aferrándose a la idea de un todo a su lado. “Yo tampoco.” murmuró, sabiendo que un tono más alto habría sido imposible, se encontraba lo suficientemente sumergido en las cálidas profundidades marítimas como para desear encontrar una salida, sintiendo las olas como los movimientos de la fémina y el agarre a su espalda baja como los deseos de permanencia. Sus labios se encontraron con los ajenos, hallando la sorpresa entre el mar de emociones que comenzaban a hundirlo aún más, sintiendo la paz en los movimientos de su dígito y la pasión en las carnosidades que acariciaban los propios. El ritmo fue aumentando, preso por el tiempo que pasó lejos de la portuguesa, dejando ver cada noche en vela y cada recuerdo que llegó a su cabeza en más de una oportunidad, escritos que terminaron convenciéndolo de sus propias decisiones y un retorno que ella fue capaz de empujar con mayor rapidez de la esperada. “Te extrañé.” pronunciaron sus labios por lo bajo, antes de volver a atacar los labios europeos, esta vez olvidando el momento y las distancias. Los problemas y apariencias. Su mano apretó la tela del vestido que había amado, mas ahora la seguridad no formaba parte de sus pensamientos, permitiéndole a su propio mar moverlo con libertad, confiando en ella y desconfiando de sí mismo.
Una suave risa enronquecida se deslizó de entre sus rosáceos labios luego de haber escuchado las palabras pronunciadas con aquel inconfundible acento inglés. Las variables mencionadas resultaban a primera instancia posibilidades ridículas, pero lo cierto es que no encontraban para nada alejadas de la realidad. El drama que conformaba la mayoría de las relaciones sociales llegaba a ser así de absurdo en ocasiones. Recibió la clara mirada del rubio con una ladina sonrisa. “El amor, las discusiones y el sexo. En ese orden,” le corrigió con cierta gracia asomándose por su mirada, apuntándole con brevedad con su índice. “He escuchado por ahí que esa clase de reconciliaciones suelen ser las mejores,” explicó con un disimulado tono de voz sugestivo antes de llevarse la copa hasta los labios, reprimiendo una jocosa sonrisa detrás del cristal de ésta misma mientras sus pupilas deambulaban de regreso a la masa de cuerpos bailoteando en la pista frente a ellos. “¿Esperas a alguien?”
Escenas comenzaron a pasearse por su cabeza, ceños fruncidos y palabras que no deseaban ser pronunciadas, pensamientos que no pasaron el alero de la censura terminaron deslizándose en más de una ocasión entre los labios ingleses, abandonando su hogar para acomodarse en un escenario que prometía el peor de los desenlaces; mas el final había sido totalmente lo opuesto. Una sonrisa se acomodó entre sus facciones ante el recuerdo, un nuevo orden producido por la morena lo obligó a asentir en más de una ocasión, estrellando por fin el cristal contra su boca, sintiendo el liquido colándose por su garganta. “Algo me dice que no sólo lo has escuchado, a veces mientras más histéricas es mejor la reconciliación, ya sabes, más enojo.” admitió con voz ronca, su cuerpo se acomodó sobre su asiento,mientras ahora sus orbes se centraban en las ajenas, olvidándose de cada cuerpo que se movía en la pista de baile. “La verdad es que estaba vigilando que un amigo no hiciese estupideces, pero al parecer llegué tarde.” un encogimiento de hombros, lo volvió a posar su mirada en el acusado que ahora se perdía entre la multitud con quien no debía. “¿Y tú? Dudo que tu pareja te haya abandonado, así que podría pensar en una discusión que terminara bien, espero, o que decidiste venir en solitario.” volvió sus ocelos hasta las facciones femeninas.
El suspiro de un característico dejo vocal con raíces europeas alcanzó sus tímpanos, el requerimiento de un enlace visual innecesario para la realización de cualquier tipo de reconocimiento sobre aquél individuo. La extensión celestial continuó su reflexión sobre las oscuras orbes durante unos cuántos ínfimos segundos, como si tal se tratase de una imagen a la cual la fémina buscaba aferrarse dentro de un lapso temporal indeterminado; una fotografía inolvidable entre la vasta variedad de memorias difusas, un punto al cual trasladarse en las últimas exhalaciones vitales. Cubierta de las tonalidades alba, en contraste con la opacidad nocturna, la grácil silueta inspiraba una mayor fragilidad — algunos poetas buscarían alternativas para trazar paralelos con los seres espirituales de la religión católica, ella hallaría un argumento negativo, adjudicándose a la agrupación de los caídos, de aquellas almas ahogadas en océanos de melancolía, con los dígitos de la traición sobre la porcelana de sus clavículas y el tormento eterno como castigo por cada pecado cometido. La fémina no pertenecía a teísmos ni buscaba soluciones en deidades de cuestionable superioridad, mas, en ciertas ocasiones, las desgracias la derivaban a pensamientos semejantes. Halló las irises esmeralda en interna desesperación, en registro de una señal de que el escenario se desenvolvía, efectivamente, de tal manera y no se trataba de trucos mentales. Él existía, tenía nombre, identidad, historia, un cigarro entre sus labios y en ellos también expresiones que lograban la aparición de una pequeña mueca de gracia encima de los propios. “No creo que complemente a este vestido.” Exhaló gris y ansiedades y una burla referida a las tantas del otro lado de la puerta que se preocupaban por ese tipo de detalles. ¡Cuánta envidia les tenía! Dicha simpleza se destacaba en sus anhelos — rogaba por una uña quebradiza siendo una gran problemática, el carecer de prendas de tonalidades acordes a la temporada dictada por diseñadores el producto de una crisis existencial. Cosas normales. Eso quería más que cualquier objeto material que pudiese recaer entre sus dedos: Normalidad. Monotonía. “Además de que me llegaría hasta.. ¿los tobillos, podría ser? Sin mencionar que no quiero regresar al asunto de quién será el que morirá de hipotermia en esta oportunidad.” Una pequeña risa se dejó escapar, en su mente cuestionándose cuántos centímetros de altura debía robarle el inglés. Muchos, probablemente, al ponerlo en perspectiva a simple vista. El filtro del cigarro se consumió con velocidad, el cadáver colisionando contra la acera y la minúscula llama extinguiéndose bajo el níveo calzado femenino. “¿Estabas aburrido allí dentro o sólo querías saber si iba a cumplir mi promesa de un encuentro aquí fuera?”
Podría hablar de lo inesperado que se había transformado el escenario expuesto, participantes que no pensó volver a encontrar en las afueras del bullicio y vida estudiantil, sin embargo, serían las mentiras aquellas que rozasen sus labios apenas la primera negación se escapase de éstos; siguiendo la caída de transparencias por una cascada de roca pura. Una tradición familiar, costumbre a ocultar la verdad, sería aquella que lo movería a caer en negaciones absurdas, mas el mantenerse alejado de aquellos limites fue una práctica que acató apenas sus pies tocaron territorio americano. Un nuevo continente que dio material para una nueva vida en aquellos que anteriormente se encontraron con el territorio desconocido, tiempo actual él buscaba lo mismo. “Me gustan los contrastes, hace que todo obtenga brillo propio.” Dejó escapar el humo grisáceo entre cada sílaba pronunciada, alejando el cilindro de entre la orilla del abismo, mientras sus pies se encargaban de acercarlo más hasta la figura femenina, acomodándose a su costado como un espectador más de aquel espectáculo del que decidieron escapar, centrando sus orbes en una función espectral, millones de habitantes observándolos a ambos desde territorios lejanos, un manto negro que relucía tras una multitud de estrellas que no dejaban de maravillar las esmeraldas inglesas. “No sé si hasta los tobillos, creo que las rodillas sería el limite.” Bromeó, tomando la burla ajena como propia y aferrándose a la cuerda otorgada por la dueña de cabellos castaños, hebras que caían con descuido por su espalda y se mezclaban con el blanco representante de una pureza que dudaba encontrar en la fémina; mas no por ello podría evitar sorpresas. “Me alegra que te preocupes por mi salud y subsistencia, pero tengo curiosidad ¿es por un aspecto general o porque la idea de no volverme a ver te tortura la cabeza?” Cuestionó, desviando su mirada hasta la ajena, buscando las profundidades marrones, mas la necesidad de volver a encerrar en su prisión el cilindro de nicotina lo obligó a desviar nuevamente su atención hacia un frente en el que su ausencia se hacía real, no obstante, seguía allí, poseedora de un exquisito vocablo y la intriga que él deseaba destrozar hasta que abandonase las interrogantes propias a cada uno de sus encuentros. Una nueva calada fue producida, un nuevo abandono también, un apagón de ansiedad que pidió a gritos apenas sus pies lo encerraron en una jaula social a la que no deseaba asistir, mas fue el sí lo primero que apareció en su boca ante la invitación escuchada y un traje lo primero que cayó en sus manos aquella tarde en que la soledad le pedía a gritos que cediese ante sus planes. “Depende.” Pronunció, volviendo a capturar el vicio y arma mortal, permitiendo que hiciese el trabajo que aquella se negó a facilitar, mas no por un anhelo acompañado de pensamientos indebidos, sino más bien por encontrar un mal menor en el silencio mental. “Podría ser una unión de las dos, estaba aburrido y creía tener una posible compañía en el exterior, una que me agrada bastante, a decir verdad.” Informó, esta vez no girando su mirada hasta las facciones de la universitaria, sino más bien logrando que sus orbes se perdiesen nuevamente en el oscuro manto cuya luz prometía belleza y tranquilidad. Paz.
Miró con cierta incredulidad a su compañero de nacionalidad, evitando con una fuerza sobrehumana rodar sus ojos en su cara y menear su cabeza, en completa desaprobación de la negación en la que, finalmente, se refugiaban.—No, si tan solidarios amigos son, recordarán las palabras de memoria por lo que no es necesario que repita razones, ya las conocen—Y dejó escapar su segundo comentario, cediéndole aquella victoria sin lucha aparente, pues en realidad, no le apetecía. Con los brazos cruzados sobre su pecho, decidió regresar su vista a la imaginaria infinidad del salón, evitando voltear su cabeza hasta aquel conocido rostro, sin querer darles motivo alguno para continuar con aquella lastimosa situación. Soltó un exasperado suspiro, golpeando la mesa con una de sus manos—¿Podrían dejar de hablar como si no estuviera aquí?—Sus dientes se apretaron, haciendo que un siseo se creara del aliento que formaba sus palabras. Decidido a seguir la noche soportándose a él mismo, reaccionó en cuanto escuchó las palabras del americano, volteando sus ojos hasta él—No tengo nada que recuperar, primero, segundo, si me apetece, volvería a llevarla sin dudarlo, por mucho que lo ruegues.—Se encogió de hombros, pronunciando sus palabras con una simpleza casi cínica. Nuevo e inexperto en aquellas cuestiones de la vida, negar o ignorar acusaciones le era tan fácil como respirar y era aquello lo que hacía, apenas atento a lo que sus amigos decían. La furia había pasado, quizá un simple malestar en la boca de su estómago, pero nada que un poco de aquella bebida de contrabando no dejara atrás. Dejó que el alcohol resbalara por su garganta, escuchando y entendiendo las palabras, pero fingiendo ignorarlas—Repito, no tengo nada que recuperar pues nunca ha sido mío y no es un objeto o un pedazo de tierra como para proclamarla como tal—Finalmente se encogió de hombros, acomodando su saco sobre sus hombros mientras que sus ojos comenzaban a recorrer la habitación, estudiando las figuras femeninas que ante él danzaban y pasando por completo de la mesa a un lado de ellos—Bueno, como dije, jamás fue mía y no tengo nada que perder así que, espero que pasen una buena velada juntos—Entonces la encontró, la rubia con las largas piernas y cuerpo perfecto de la que tanto se quejaban. Se puso de pie, mientras tomaba de golpe lo que le quedaba al rojo vaso—Caballeros, tengo cosas que hacer, así que si tienen algo verdaderamente interesante que compartir, les pido que lo digan ahora, para que no me hagan perder más tiempo—Los miró expectante, volteando a ver de reojo a su nuevo interés, aunque era más bien, simple orgullo.
La verdad es que la cara de su amigo inglés le estaba dando pena. Él y Sebastián podrían ser verdaderos granos en el culo cuando se lo proponían y ahora mismo, habían pasado de eso a ser la pesadilla viviente del rubio. Frunció un poco los labios mientras asentía con la cabeza. “Fueron muchas veces las que nos fuimos a los sofás por culpa de ella, Bash. No me lo recuerdes.” La mueca que se formó en los labios del norteamericano era idéntica a la que había puesto todas las veces que había visto a Alex coqueteando con aquella rubia que se había convertido en una de esas molestar alarmas incapaces de callar. No había duda de que habían hecho enfadar a Alex, era sólo ver su expresión y la manera en cómo apretaba los labios para darse cuenta de que debían de detener aquellas burlas, por esa misma razón, era verdaderamente divertido joderlo. Era demasiado obvio cuando estaba enojado y por alguna razón, aquella mirada de odio le hacía darse cuenta de que el rubio debía de tenerles bastante aprecio como para no haberles dado un puñetazo aún. Sus cejas se alzaron con sorpresa al escuchar las declaraciones del rubio y fue entonces cuando se dio cuenta de lo que sea que fuera lo que tenía con Eleanor era en serio. “Nunca te habías molestado tanto al escucharnos a hablar de una mujer como si fuese un objeto o un pedazo de tierra.” Murmuró, alzando la mirada hacia el rubio como si en sus ojos buscase una explicación. Desvió su mirada hacia el otro inglés y apretó los labios. “Esto es serio, más serio de lo que imaginaba.” Anunció como si se tratase de una enfermedad grave o algo por el estilo. Se puso de pie cuando oyó las palabras de Alex, pensando que por fin iría a ver a Eleanor y recuperaría lo que era suyo, le dio un abrazo, golpeándole con fuerza la espalda mientras sonreía ampliamente. “Sabía que recuperarías la cordura.” Fingió orgullo, siguiendo la mirada de Alex y poco a poco fue borrando su sonrisa cuando se dio cuenta de que Eleanor no era el blanco, sino que lo era la rubia chillona. Soltó un bufido mirándolo como si de verdad esperase a que fuese una broma. “Por el amor de Dios, Alex. ¿De verdad vas a hacer eso?” Se dejó caer en la silla, bufando y maldiciendo por lo bajo, sabiendo que debía encontrar dos piernas que lo acogieran entre ellas esa noche, porque de ninguna manera volvería a la habitación sabiendo lo que ahora sabía. “¿Por qué no te quedas con nosotros? Bash y yo podemos cerrar la boca.” Prometió, no estado seguro de que el rubio creyera sus palabras. “Podemos hacerlo, ¿verdad, Bash?” Insistió, dedicándole toda una mirada de advertencia al inglés que aún se encontraba sentado.
Las aclaraciones entregadas por el norteamericano lograron mantener e incluso ensanchar la curvatura que apareció en el rostro inglés, siendo la burla el principal ingrediente y el ignorar las necesidades ajenas el más grande de sus aliados, ¿desde cuándo encontraba diversión en tragedias que se alejaban de narraciones escritas? Claramente desde la llegaba de ambos acompañantes a su vida, uno desde que el primer año llegó hasta sus manos y el siguiente gracias a un cruce constante en territorio universitario, culminando con una habitación compartida, que en más de una ocasión maldijo, pero en mayor número agradeció. “Sabemos que estas aquí y no estamos fingiendo nada, sólo te estamos haciendo saber los sacrificios que esa mujer trajo a nuestra vida.” añadió, intentando salir de un paso que no le molestaba en lo absoluto, el descansar sobre el cómodo sofá terminó transformándose en su salvavidas cada vez que los encuentros en su habitación se hacían presentes, pensando en mil maneras de terminar con la vida de aquellos que llamaba compañeros y amigos; encontrando en sus acciones la empatia de la que ellos carecían al concretar encuentros lejos del templo del sueño. “Igual fueron divertidas las escapadas, pudimos ver televisión hasta tarde.” explicó, como si aquello significase un golpe a su favor, no obstante, no por ello superaba a la comodidad de su propio lecho. Las palabras de su compatriota no lo sorprendieron, había escuchado declaraciones de características similares días antes de su partida, transformándose en un creyente más de una relación que podría hacerle bien a ambos. “Ahora sólo falta que Nate nos diga que está enamorado, y dime, corazón de melón, ¿alguna chica que quieras sacar de nuestras conversaciones?” dirigió su mirada hasta el castaño, encontrándose con las oscuras profundidades ajenas, la burla brillaba en sus ojos y la búsqueda de una nueva víctima se hizo presente. Sin embargo, su buen humor se escapó de sus manos con rapidez al notar la dirección de las palabras del estudiante de medicina y siguiendo el recorrido de sus ocelos, hasta encontrarse con la rubia cuyos gritos lo habían despertado en más de una oportunidad. Una mueca se formó en sus labios y el filtro desapareció de sus labios, “¿Dónde quedó lo de Eleanor no es como las otras? Porque si te vas a encamar con una lunática mientras intentas conquistarla, no sé si demuestres del todo las palabras que tanto profesaste antes de que me fuese, ¿qué cambió, Alex? ¿El orgullo?” cuestionó, ahora moviendo su mirada nuevamente hasta el inglés, la molestía y decepción figuraba en sus facciones, había cometido el error de forjar cierta relación con la que se podría transformar en la nueva compañera de su mejor amigo, un cariño que nació con rapidez y cuyos encuentros consideró amenos, sin deseos de verla destrozarse como muchas que llegaron hasta los brazos ajenos. “Pero no importa, ve, acuéstate con la rubia y recuerdame cuán en lo cierto he estado todo este tiempo. Era evidente que no ibas a cambiar, sería como pedirle al cielo que de pronto fuese verde.”
“Oí que los policías de Utah llevan de esos, pero todavía no descubro si se trata de una leyenda urbana o no” el tono bromista siguió presente, aunque su rostro se tornó serio al escuchar la trágica historia de su vida por parte del contrario “En momentos como este no me queda otra opción que reírme sobre mi buena genética que retrasa mi envejecimiento y me hace parecer una adolescente entrando a la pubertad” las comisuras de sus labios se curvaron en un fallido intento de sonreír. Alejó su copa de ella, esperando eliminar el recuerdo de haber bebido algo que se le hacía completamente asqueroso “No tomaré más, tranquilo” respondió, entregándole el cristal al contrario “Algo que no tenga sabor a vino en caja. En Argentina hay viñedos que hacen buenos vinos baratos, también en California, ¿era muy difícil conseguir alguno? En varios supermercados se consiguen o en el aeropuerto. Aunque mi experiencia como catadora me dice que no acabo de beber vino” hizo una mueca con sus labios, repasando mentalmente la corta lista de bebidas alcohólicas que conocía “Es algo más parecido a una mezcla de productos casera ”
"Seguro reciben llamados de muchas madres desesperadas o adolescentes con deseos de gastar bromas, ¿no?” el humor inglés siempre se había aferrado con fuerza a las expresiones del universitario, no siendo esta la excepción a la repetitiva regla. “De todas formas es una ventaja, ¿no es así? A los sesenta puedes salir con chicos de treinta y nadie notará la diferencia de edad.” la burla flotó entre sus labios y se mantuvo tatuada entre sus mejillas con la representación de una curvatura que parecía no querer desaparecer. Recibió el cristal ajeno, moviéndolo en búsqueda de una respuesta a la queja alzada, llevando finalmente el contenedor hasta su nariz para oler la ausencia de lo que encontró en su copa. “Es como jugo, la verdad, creo que puedes seguir bebiendo.” estiró nuevamente la copa hasta la universitaria, meciendo su propia copa para estrellarla entre sus labios, sintiendo el alcohol colándose entre sus papilas gustativas, descubriendo la explosión de sabores que posiblemente ella no fue capaz de captar en el sorbo proporcionado. “Es jugo de uva, al parecer nuestro señor mesero no te creyó o te jugó una broma, si fuera tú iría por venganza.” el hilo de bromas se mantuvo tangible en la idea proclamada.
“¿Te gusta el sabor? ¿Pedirías otro o preferirías probar otra cosa?” Cuestionó el ucraniano, arqueando una ceja mientras esperaba que aquellas preguntas fuesen suficientes para que el inglés pudiera darle una respuesta a la interrogación hecha anteriormente. Su boca se curvó en una pequeña sonrisa al oír sus siguientes palabras, seguramente se había confundido de vaso o el barman había intuido que quería alcohol con coca cola y no esta última sola. Era extraño que alguien no bebiera en celebraciones como esta, aunque seguramente habría más de un alumno con un vaso o una botella de agua mineral en la mano, orgullosos de poder decir que no bebían ninguna gota de alcohol. Bueno… ellos se lo perdían. “Tal vez deberías haber traído tu propia botella de agua, de esa manera, no estarías obligado a beber alcohol.” Bromeó, riendo entre dientes mientras cogía el brazo con el líquido oscuro que había pedido anteriormente. Bebió un sorbo de aquel exquisito trago, el cual no solía beber a menudo, sin embargo, le gustaba bastante. “Tal vez te están buscando mientras tú estás aquí, con compañía y una bebida alcohólica que no pediste.” Se encogió de hombros, formando una pequeña mueca que parecía más bien una sonrisa torcida que otra cosa. “La verdad es que yo soy el afortunado.” Sonrió levemente para entonces soltar un suspiro. “Dione Stavros, preguntaría si la conoces, pero estoy seguro de que sí ya que es la actual vicepresidenta de la federación.” Explicó, frunciendo un poco los labios para después beber otra vez de su vaso, deleitándose con el sabor de aquella bebida.
"Es posible que no, pero creo que es porque en general no me gusta demasiado el ron, además soy más de bebidas solas, no estas combinaciones.” Una mueca figuró en su rostro, fingiendo un disgusto que sus propios labios desmintieron al recibir nuevamente el borde del vaso, bebiendo gran parte del contenido portado, ¿razones? Deseaba encargar otra bebida que no tuviese compañía, ya sabiendo que la inocencia no se encontraba entre los pedidos permitidos por el encargado de las bebidas. Alzó una ceja ante la evidente burla ajena, dejando que una suave risotada saliese disparada entre dientes, mientras su cabeza se movía en símbolo de una negación alejada de enfados y más cercana a la diversión que la compañía ajena trajo frente a sus orbes. “No sabía que me habían fijado un examen para el día martes y, la verdad, es que con mi ausencia tendré que esforzarme un poco más,” comenzó la explicación sin necesidades aparentes, mas la idea de formar ideas equivocadas en territorio canadiense no le resultaba del todo atractivo, mucho menos con engaños que podrían ser fácilmente descubiertos en futuros encuentros donde la música se transformase en el gran protagonista de la noche y el alcohol en su compañía. “Por lo que, como verás, no se encuentra entre mis planes el terminar con tragos de más en el cuerpo.” se encogió de hombros, terminando el contenido del recipiente color carmín, agradeciendo la velocidad con la que se deslizó por su garganta ante el comentario del ucraniano. “Lo dudo, seguramente tienen compañía y alguno ya no debe tener ropa.” Informó, dejando el contenedor vacío sobre la barra, dudoso de volver a pedir algún otro apaciguador de su sed al hombre tras la barra. El comentario ajeno lo extrañó, no pensó escuchar palabras así del estudiante de postgrado, mas por una reputación que escuchó en sus inicios que por un verdadero conocimiento del tema, encontrando en el nombre pronunciado la respuesta a las palabras pronunciadas. “Sí, la conozco hace años, desde antes que estuviese en la federación y todo eso. La conozco muy bien.” Un doble sentido se escondió en la última frase, mas estaba seguro que el universitario no se percataría de ello, después de todo, el cambio de tonalidades se produjo más mentalmente que en el paquete.
La ansiedad que jamás la había buscado, ahora era una inoportuna invitada que se sentaba en primera fila y esperaba verla derrumbarse como fiel promotora de una vaga consciencia. Sus dientes se mantuvieron aferrados ese labio inferior que en algún momento se había teñido de carmín y sintió como el tiempo se detuvo frente a sus ojos. Debía deshacerse de aquel vestido que en su piel parecía profanar su vida, consumirla lentamente y sin aviso alguno. Víctima de la desesperación su mano terminó liberando el apretado agarre de su peinado, dejando que las hebras áureas cayeran con entera libertad sobre sus hombros y de ser necesario lavaría su rostro, volvería a su habitación, mas antes estaba en la obligación de encontrar el móvil olvidado —. ¿Por qué lo harían? Podría ser de esta misma mesa, a decir verdad pensaba que era la nuestra y me he equivocado completamente — y se mordió el interior de su mejilla, sólo a ella le podría pasar el errar por un simple número el sitio que le correspondía sentarse. Tomó con delicadeza el móvil ajeno, intentando no fracasar con el movimiento de sus dígitos y terminar en cualquier carpeta inoportuna —. Eres valiente al dejar esto en mis manos — e intentó burlarse de su propia situación en cuanto cada movimiento ejecutado anunciaba a gritos; fracaso, fracaso, fracaso, el móvil parecía no querer hacerle caso y admitirlo en voz alta parecía ser un pase libre a ser molestada por quien parecía no soportarla.
Mentiras saldrías disparadas entre sus labios si dijese cuánto apreciaba la presencia ajena, una ausencia que notó semanas después de una desaparición, ante la nostalgia de encontrar cierta diversión entre discusiones que no lo movían en ninguna dirección; mas no por ello la diversión no se hacia presente. Hebras doradas se deslizaron entre los dígitos ajenos, siguiendo su corto camino hasta los descubiertos hombros femeninos, un espectáculo que podría haber despertado cierto grado de fascinación, de no ser por la labia de la que la italiana era dueña.— ¿Es eso o fue una excusa para volver a hablarme? —ácido humor capaz de salir a la luz en su presencia, casi con la misma naturalidad del dióxido de carbono abandonando sus pulmones contaminados con el vicio de la nicotina. Una ceja se alzó ante el recatado movimiento de dedos ajenos, no por un pensamiento de incapacidad, sino más bien era la extrañeza producida por el cuidado la que llevó a la realización de aquel impulso. — O idiota. —estiró su mano dispuesto a recibir el aparato antes de que acciones prohibidas fuesen llevado a cabo por la desesperante fémina. Deseos de alejar el aparato, entregarse a las burlas y disfrutar de cada una de las respuestas de la europea se encargaron de aparecer por un par de segundos en su cabeza, siendo desechadas apenas con un leve movimiento de su mano, tirando sus dedos hacía sí repetidas veces como si aquello fuese a apurar la causa. — Devuélvemelo, yo marco, gracias por recordarme la inexistente confianza.
Se quejaba por placer; entre los siete pecados capitales, Olga había experimentado un par siendo protagonista de sus propios actos, pero el de la gula se había adherido a su cuerpo desde el destello brillante dentro de su cráneo como uso de razón. Por esa condenada manía de masticar cada cierto lapsus de tiempo se esforzaba el doble en mantener la figura adecuada, no para deslumbrar alguna despampanante curva alrededor de los pasillos, sino por un punto aún más crucial que la trivialidad de lo superficial; su carrera y su futuro estarían perdiendo el aliento en medio de una cuerda floja sin encontrar la estabilidad suficiente. Mientras una porción de los universitarios accedía a confesar con orgullo que no eran devotos de la comida, ella simplemente encogía los hombros con soltura. La vida solo transcurre mediante una fugaz oportunidad y no tenía tiempo de sobra para aparentar. Descargó un cúmulo de dióxido desde sus pulmones, llevándose la diestra al abdomen sin tener consciencia de su lenguaje corporal. Fue entonces que su cuello giró noventa grados a la derecha, observando la intervención de un muchacho que a diferencia de otros sí tenía la intención de ayudar y no de fastidiar con una acidez cliché. Elevó el entrecejo dándole la razón entretanto curvaba sus labios para obsequiarle un ademán cortés antes de separar sus labios que permanecían sellados. “Volvería a mi mesa, pero con toda honestidad no conozco a nadie y le estaba contando al sujeto de la segunda, que por cierto estaba solo”, pausó irguiendo el índice, “Le contaba exactamente cómo fantaseaba con cometer cierto homicidio que involucraba a una de mis compañeras, fue justo ahí cuando fingió que su madre lo estaba llamando por teléfono”, pestañeó falseando una mezcla de resignación y pesadez en sus facciones, “Así que por mi bien voy a mantenerme esperando a algún mesero.”.
Dorados cabellos y finas facciones que contrastaban con la dureza visual capaz de encontrar en los orbes ajenos, un gesto fue necesario para que el observador se percatase de las intensiones femeninas, una más en la multitud de hambrientos en búsqueda de una saciedad hasta entonces no encontrada por la mayoría. Movimientos rápidos, agotamiento de productos y sonrisas inquietas de un mesero que deseaba avanzar más de los pasos ya conocidos, moviéndose sin éxito alguno entre mesas con el fantasma de lo que podría haber considerado un manjar. Su mentón descendió, cruzando sus ocelos con los ajenos, dejando que una sonrisa se formase en su rostro ante la aclaración, cuánto habría dado él por encontrarse con desconocidos en frente a la superficie caoba que logró provocarle temores y dolores de cabezas fugaces; mas repetitivos. “Vaya, eso debe ser difícil, nada es más incómodo que comer en silencio frente a otros presentes.” señaló, intentando ignorar el segundo comentario, mas la idea de hacerlo le parecía inaceptable y hasta pobre de su parte. “Podría escuchar sobre ese homicidio, en casa es tarde y dudo que mamá me llame en medio de tu relato; además siento curiosidad, aunque si llegas a realizarlo, negaré que te conocí.” aclaró con la burla en sus labios, y la curiosidad brillando en sus ojos, ¿cuántas series norteamericanas necesitaba mirar para abandonar un fanatismo por el misterio y mentes criminales? Bastante más de las ya encontradas en la plataforma cotidiana. “Y por el de tu compañera.” nuevamente era el clásico humor negro el que bailaba entre sus labios, estirando su mano en dirección hacía la de cabellos áureos, buscando una presentación establecida bajo parámetros sociales apropiados desde que la temprana edad finalizaba y la inocencia se disipaba. “Soy Sebastian, por cierto, un gusto.”
imessage → Peste.
Bianca: No.
Bianca: Has sido tú el que has sacado el pijamas de mi armario y ahora lo conviertes en lencería. Bonita manera de tergiversar mis palabras.
Bianca: Nunca se sabe cómo leerlos cuando se trata de cierta persona. Claro que sé francés, en Italia es un idioma bastante común para nosotros...
Bianca: Y lo mio sí es sarcasmo.
Bianca: Una y media. Te escribiré si llego primero.
Sebastian: Sí.
Sebastian: Dijiste noche de bodas, creo que lencería es lo que corresponde en esos caso.
Sebastian: ¿Debo sentirme halagado o atacado? Porque podría afirmar lo mismo.
Sebastian: Yo sé francés y soy inglés, las sorpresas podrían existir en el panorama, ¿no?
Sebastian: Lo dudo, sé de puntualidad.
Los pálidos rayos de sol que se podían distinguir aquella fría mañana por entre las nubes iluminaban su clara frente, dañando sus cristalinas orbes aunque estuviesen protegidas por sus cansados párpados, los oscuros círculos que sobresalían a su maquillaje delatando su asistencia a la fiesta y el pobre sueño que había conseguido debido al exceso de alcohol consumido. El café -sagrado elixir universitario- era lo único que la mantenía con vida en esos momentos, lo suficientemente erguida como para mantenerse sentada en uno de los bancos de los preciosos y silenciosos jardines, solitarios gracias a la capa de nieve que parecía ahuyentar a todo simpatizante de lo cálido y lo ruidoso. Sus abrigados dedos jugaron con uno de los cuatro largos vasos que había conseguido en la cafetería, sintiendo su calor por un instante antes de acercar la abertura a sus quebrados labios para que aquel calor energético recorriera su garganta. Vienna Goldenberg, a pesar de sus fervientes deseos, era un desastre. “Odio San Valentín,” murmuró con voz ronca y congestionada, sin percatarse que una silueta se le había acercado, “espero que todos sufran una muerte matutina.”
Clásicas eran las mañanas posteriores a las celebraciones, estudiantes caminando perdidos en búsqueda de sus recuerdos, miradas culposas ante comentarios y acciones que no quisieron ser realizadas y el abandono de una jaqueca en manos de una bebida caliente y amarga. El anglosajón no se encontraba lejos de la lista de avergonzados deseosos por café, una bebida que en condiciones normales aborrecía, mas que ahora mismo se había transformado en el elixir matutino. Parpados pesados, deseos de un descanso y huir de quienes conocía; una tranquilidad que lo ayudaría a alejarse de acciones realizadas y aquellas calladas por una moral que pensó que no existía. Un asiento vacío lo llevó hasta la castaña, siendo testigo de la primera de las frases, provocando que una enorme sonrisa burlona se formase en su rostro. “¿Eso significa que no puedo sentarme aquí?” preguntó, señalando con uno de sus dedos libres la zona que se encontraba libre. “¿Sirve si digo que tampoco me agrada demasiado el día de los enamorados?” volvió a cuestionar, preso de una burla que pensó no lograr encontrar con el palpitar en su cabeza.
“¡Ni se te ocurra volver a mencionar a mi papá!” De no ser por la persona que la sujetaba en esos momentos, Eleanor ya habría estado encima de la otra chica, aun cuando no era en esencia una persona violenta. Estando a la salida de la Facultad de Artes, lo que había comenzado como susurros a sus espaldas por parte de otras bailarinas, se había transformado en uno de los enfrentamientos más fuertes de su vida. Sabía que la competencia entre bailarinas era dura, tanto como sabía que no era del agrado de todas sus compañeras. Aun así nada justificaba que la otra hubiera investigado sobre ella entre amigos y conocidos para sacar a la luz la muerte de su padre por medio de tan terrible y brutal comentario “¡Maldita asquerosa! ¡¿Cómo te atreves?!” Y no se refería a la persona que la retenía en sus brazos, sino a la culpable de su estado actual. Como era de esperarse, la neoyorquina se había defendido con prudencia en cuanto su discusión había comenzado. Sin embargo, en el instante en que la chica se atrevió a mencionar a Alexander (su padre), no se pudo contener y cruzó el rostro ajeno de una cachetada, a lo cual la otra respondió empujándola y tirándola al suelo. Y en ese momento, todo se salió de control. El púbico acrecentaba a medida que la otra chica seguía lanzado insultos, y ella trataba de replicarle aun estando practicamente inmovil.Cualquiera que la viera en esos momentos con sus ojos llorosos y con tanta ira, no la reconocería. Alguien había logrado sacar de sus casillas a la joven Bowman y aquello estaba lejos de ser buenas noticias. Una cosa era meterse con ella , y otra cosa era meterse con su familia
Una lectura de media mañana lo había alejado de la tranquilidad de Toronto, transportándolo a tierras lejanas y tiempos en los cuales el recato aparecía en discursos, encontrándose con dramas familiares y amorosos que podrían haber encantado a cualquiera en manos de versos dignos de poesía; mas a él, un conocedor de aquella escritura, un aficionado más en una multitud que proclamaba un aburrimiento perpetuo, no encontraba sorpresas en aquella repasada que lo condenada. Un grito, mal comentario, una rencilla de la que se habría mantenido alejado de no ser aquella fémina la implicada, una conocida que paulatinamente comenzó a meterse bajo la piel de uno de sus mejores amigos, la encargada de una recapacitación que sabía que terminaría tarde o temprano en el retrete. Sus movimientos fueron rápidos, el libro abandonado y sus manos rodearon las extremidades de la castaña con suavidad, intentando no generar más daño del ya sufrido. “Eleanor, basta.” murmuró, desconociendo el nombre de quien se había transformado en el atacante, un sicario que sólo quería apagar la luz que desprendía el verdadero talento de la neoyorquina. Los comentarios no paraban, sus manos intentaban mantener tranquila a la estudiante de psicología y danza, intentando encontrar entre sus gritos la tranquila alma que había conocido, mas comprendiendo cada una de sus reacciones, ¿no habría él hecho lo mismo de encontrarse su hermana en juego? Claramente, seres queridos no debían ser tocados, mucho menos en situaciones que terminarían escapándose de sus manos “¡Hey, basta.!” exclamó preso del enfado, acomodándose frente de la bailarina para evitar que siguiera viendo a la rubia con lengua viperina, sus manos se mantuvieron unidas a los brazos de la castaña, bajando su cabeza para encontrarse frente a los oscuros ocelos femeninos; buscando en ellos un brillo que sus propias lágrimas habían destrozado. “No la escuches, vamos por tus cosas y te calmamos, ¿vale?” rogó, convenciéndose que el interponerse en su campo visual terminaría con aquel intercambio de palabras que no había más que empeorar las cosas.
imessage → Peste.
Bianca: ... Esa respuesta no debería contar.
Bianca: [Audio] Ah, te equivocas, pregúntale a las novias en su luna de miel cómo llevan sus pijamas o a una pareja. Estoy segura que se esfuerzan hasta en elegir el suyo.
Bianca: [Audio] Es una suerte que el sarcasmo no se pueda leer. ¿No planeas describir un poco el sitio? Porque no me molesta si lo haces.
Bianca: La puerta norte estará bien para mi.
Sebastian: Siempre cuentan las hermanas.
Sebastian: ¿Eres una novia en su luna de miel y yo tu pareja? De ser así, me gusta la lencería blanca.
Sebastian: ¿Era sarcasmo? Gracias por la información, lo desconocía completamente. Prefiero que lo veas por ti misma, espero que sepas un poco de francés o tendrás problemas.
Sebastian: Te veo allí en ¿una hora o dos?
I need you to hold, all of the sadness I can not, living inside of me.
imessage → Peste.
Bianca: Claro... aunque pareces el tipo de persona al que consienten suficiente en la semana.
Bianca: Iré.
Bianca: [Audio] No subestimes el poder del pijamas. Quizá me esforcé en ponérmelo también, ¿no cuenta?
Bianca: [Audio] -risas de fondo- Estoy bromeando, Sebastian, pero no creo que lo que llevemos puesto importe demasiado. Si te sirve de referencia, supongo que será algo semi y no muy... ¿Cómo le digo? ¿Despampanante? Ah, sí, eso. ¿Conoces el sitio?
Sebastian: La verdad es que no, soy un esclavo de mi hermana menor.
Sebastian: Nadie se esfuerza en ponerse un pijama, a no ser que sea un perezoso, lo cual cambiaría completamente el escenario.
Sebastian: Siempre se echa de menos tu extraña risa, gracias por recordarla. Semi-formal, entendido. Y sí, he ido anteriormente; ¿te paso a buscar a tu habitación o nos encontramos en la puerta norte?