La cabeza partida en dos. Como si un camino de lava dividiera el cráneo, la jaqueca que tiene encima no tiene nombre, es culpa de las horas con los ojos de halcón mirando la pantalla del computador, intentando terminar apurado un ensayo de análisis, el café parece ser la solución más rápida para deshacerse del cansancio que atacaba con fervor sus párpados que amenazaban con clausurarse en medio de la biblioteca. No da ni un paso atrás, aparta la mano de la puerta y, al contrario de cualquier pronóstico, una lenta sonrisa toma posesión de sus resecos labios que el día entero se pasaron mordisqueando un lápiz con tal de bajar los volúmenes de impaciencia. “Podrías haber abierto la boca para decir que tenías los dedos ahí metidos.” responde en tono seco, la mirada entrecerrada en dirección al muchacho. “En lugar de montar rollo por andar colgado” se rasca la nuca con el pulgar de manera distraída, con suma tranquilidad le da un sorbo al café, pero el vaso no es capaz de ocultar el gesto algo burlón que acompaña su tono de voz carente de esencia y adjetivo definido.
¿Por qué no le daban un descanso? Apretó los labios para evitar actuar ante los impulsos de su mal humor, sabía que golpear al desgraciado le traería problemas, pero sus ganas de hacerlo estaban ganándole por mucho a su racionalidad. “Tío, era evidente que había alguien en la puerta. ¿Dices que yo ando colgado? O tú eres ciego o eres imbécil, no hay otra opción.” No se le apetecía discutir, pero desde luego que el imbécil podría haberse disculpado antes de comenzar una guerra de palabras que podría convertirse rápidamente en golpes. Nathaniel no tendría problemas luchando con una mano, ya lo había hecho una vez y no le había costado derribar a su oponente. Conocía demasiados trucos callejeros como para perder una pelea universitaria. “Como no piensas disculparte y yo no pienso irme sin una disculpa… supongo que tengo que dejar esto en empate, ¿no?” Se acercó al muchacho y estiró su mano para entonces golpear el vaso de café que tenía, haciendo que el líquido se derramara sobre su mano. “Bueno, ahí tienes. Ahora sí estamos a mano, ¿no?” Imitó la sonrisa burlona que el castaño claro había formando anteriormente, dándole una pizca de su propia medicina, lo que tenía bien merecido.














