AU: The Ripper {c e r r a d o} |@humanitys-sacrifice|
Miró hacia todas partes. Su cabeza empezó a memorizarse aquél escenario mientras su rostro mostraba una fina expresión de nada. Sus rasgos permanecían inmóviles a medida que ella observaba cada detalle del cuarto destartalado donde estaba. Sus manos estaban sobre la mesa, extendidas, sintiendo la superficie llena de astillas. A lo lejos podía escuchar murmullos y el rumor de la calle. Sus ojos estaban fijos en un reloj de pared que hacía un tick-tock bastante estruendoso.
Ladeó la cabeza, esperando escuchar a alguien acercarse, después de todo, la habían llamado para un interrogatorio de una forma bastante repentina. Había tenido que cancelar su terapia sólo para asistir a aquél cuarto que le daba muy mala espina y estaba en muy malas condiciones. A pesar de que la solicitud era oficial, el lugar del interrogatorio era cuestionable. La carta, que llevaba guardada y doblada en el bolsillo delantero de su vestido, pedía, no, exigía que ella asistiera completamente sola, y, a pesar de las advertencias hechas, el solicitante (un tal Rivaille) no quitó el dedo del renglón.
Alice empezó a arrancar astillas de la mesa con las uñas, tarareando para ella misma. Sabía que la llamaban para dar su testimonio, a pesar de que ella ya lo había dado previamente, hacía ya varios años, cuando su nombre estuvo en los titulares de los periódicos al ser una sobreviviente a un ataque de Jack El Destripador. Realmente no sabía para qué era necesaria, si sus palabras y su caso estaban archivados donde correspondían.
Era bien sabido que Alice no estaba bien de la cabeza. Había sufrido un trauma tan grande que tuvo que pasar varios meses internada en un asilo para personas con desestabilización mental, pero la dejaron salir porque su comportamiento se había “normalizado” lo suficiente como para volver a aparecer en sociedad, pero su reputación siempre quedaría marcada y nunca dejaría de ser la loca a la que casi asesinaron.
Alzó la cabeza cuando escuchó unos pasos apresurados acercarse y la invadió una ansiedad repentina, la cual trató de camuflajear bajo una expresión de hastío. Siguió arrancando astillas aún cuando éstas le hacían daño. La puerta se abrió y ella dirigió sus ojos azul zafiro hacia quien acababa de entrar.
—Llega usted tarde. — musitó, señalando el reloj de péndulo empotrado a la pared.
Habían sido años de una falsa tranquilidad. Los crímenes continuaban ahí, fruto de una pobreza que parecía sólo multiplicarse, sin embargo, no pasaban de aquellos que consideraban… cotidianos, los delitos “saludables” de cualquier sociedad habían dicho aquellos nobles que se encargaban de donar grandes cantidades de dinero al Scotlan Yard con el fin de asegurarse, con el fin de continuar con sus tranquilas vidas.
Los demás podían matarse los unos a los otros, para ello servía la carroña, pero ellos tenían que mantenerse dentro de la paz.
Sin embargo ésta no era eterna y el miedo volvía a hacerse presente en todos, incluidos aquellos que no esperarían ser las víctimas preferidas de aquel que se movía de nuevo en las sombras de Whitechapel, como hacía ya varios años.
Les arranca los órganos… no, más bien se los extirpa con una habilidad quirúrgica, y de nuevo vuelven a faltar los mismos.
Eso había señalado la noche anterior en una de aquellas cenas de gente pudiente, logrando obtener las exclamaciones de asco y horror de aquellas refinadas damas, mujeres que no se parecían en nada a aquella con la que tenía que encontrarse.
Con aquella muchacha de mirada peligrosa a la que sólo conocía de las ilustraciones de los periódicos que poco les preocupaba el anonimato de las víctimas.
Entro a la pequeña taberna con pasos apresurados, quitándose el abrigo mientras pasaba la puerta, sin duda se trataba de un sitio cuya sanidad era más que cuestionable, al igual que todos los bares de mala muerte de aquellas zonas de Londres, mas por ello se volvía “seguro”. La clase de sitios donde a todos les convenía sólo meter las narices en sus propios asuntos.
-De haber querido te hubieras marchado –respondió a su reclamo-, pero no lo hiciste –iba a quitarse los guantes más apenas ver las manchas en el sitio desechó la idea-. Alice Lidell, única sobreviviente de los ataques que ocurrieron aquí hace cuánto… ¿cinco años? –la describió en vez de presentarse-. Supongo que ya sabes por qué te hice venir aquí ¿no? La estúpida prensa de mierda lo ha estado gritando a los cuatro vientos. ¿Ya te han buscado de nuevo?
Permaneció callada, observando al hombre con detenimiento. Su cara tenía la expresión de alguien que lo ha visto todo y ya no se puede sorprender con nada, y en sus ojos oscuros podía notar toda clase de sentimientos con los que ella estaba familiarizada. La mirada que él le daba se parecía a la mirada que la prensa y los que la reconocían por la calle le dirigían.
—Me parece muy grosero que usted sepa todo de mí... Y yo casi nada de usted —. Respondió, evadiendo las preguntas hechas, regresando su vista a la deteriorada y mugrosa mesa. — Todo lo que sé está archivado. No veo por qué quiere escuchar un testimonio que ya he dado.
La prensa no quería tratar más con ella. Alice Lidell representaba un tabú para la sociedad inglesa y aunque los chismes y habladurías sobre ella estaban a la orden del día, la mayor parte de ellos eran mentiras o rumores que nada tenían que ver con ella.
—He visto el escándalo que se está armando. Pero lo que vi fue algo que pasó hace cinco años. El que haya sido testigo entonces no quiere decir que también pueda servir como tal ahora.













