–Te llevaré a verla, no es broma. No me importa tener que utilizar la violencia si es necesario– podía ponerse demasiado obsesivo cuando se trataba de cosas que le gustaban. Debía arreglar eso si no quería ganarse el odio de la contraria en una noche –Eso sí que no lo sabía. Pensé que todo terminaba cuando la sacaban del estómago del lobo. ¿Cuál es la historia sangrienta? La quiero saber para el futuro– se llevó su mano derecha al mentón, pensando en que si tuviera una hija seguro usaba aquel relato para alejarla de cualquier persona que podía. O ni siquiera con una hija, con alguna de sus primas o quizá hasta con sus hermano –Por favor– respondió, con una galleta dentro de su boca. Cada vez sentía ganas de comer más, como si algo en su interior lo obligase a devorarse hasta la canasta –Me gustaría verte intentándolo– y, dicho aquello, comenzó a correr hacia la salida. Otra vez, era algo en su interior que lo manejaba y por eso hacía lo que hacía.
-- No hay necesidad alguna de utilizar la violencia --dijo ciertamente divertida, aunque aceptaría muy gustosa y sin problema alguno a la invitación--. Digamos que Caperucita Roja y su abuela no volvieron a ver la luz del sol --prefirió resumir, creyendo que la historia completa seria demasiado extensa y desagradable. No se esperaba que el muchacho saliese corriendo, pero en cuanto vio que se volteaba comenzó a carcajear y se vio obligada a seguirle--. ¡Eh, vuelve aquí con mi canasta!













