El pánico era una hoja en blanco. Una hoja en blanco y la incapacidad de escribir nada coherente en ella.
Cada vez que intentaba enfrentarse a esa maldita hoja en blanco, un sudor frío recorría su espalda, la respiración se le entrecortaba y su corazón se aceleraba. Su mano se paralizaba y aunque quería redactar algo, lo que fuera, aunque fueran tonterías... Nada. El pánico le atenazaba los sentidos y le nublaba la razón de tal manera que quedaba incapacitado.
Y el tiempo pasaba. Y se acercaba el plazo de entrega. Y cada vez que lo intentaba, le volvía a ocurrir lo mismo. El bloqueo del escritor elevado a la enésima potencia.
Hasta que, una madrugada, agotado pero aun así incapaz de dormir, se dijo a sí mismo que ya estaba bien. Se enfrentaría a ese miedo irracional que había desarrollado a escribir, y lo vencería. Y escribiría el mejor relato de su carrera.
Cogió su mejor pluma. Se sentó en su escritorio, ante la hoja en blanco. Cerró los ojos, respiró profundamente y comenzó a escribir.
Las palabras fluyeron a través de su pluma como nunca antes, llenando la hoja en blanco de una prosa perfecta. Rebosaba creatividad, imaginación, euforia narrativa. Llenaba sin parar una hoja en blanco detrás de otra. ¡Por fin había derrotado al pánico! ¡Estaba creando el relato perfecto!
Cuando puso el punto y final, tuvo que pararse a coger aire profundamente. Estaba apenas sin aliento. Le dolía la muñeca, tenía hambre, y sueño, y ganas de ir al baño. Pero todo eso podía esperar. Tenía que releer esa obra maestra de la narrativa breve que acababa de crear.
Su corazón se detuvo durante un instante al empezar a leer.
No recordaba haber escrito nada de lo que estaba leyendo.
A medida que avanzaba la lectura, el pánico se iba apoderando nuevamente de él. Esa historia terrorífica y demente no era su creación perfecta. El caos, los monstruos, la destrucción, los niños que devoran a otros niños, la risita histriónica de muñeca de porcelana, las cuencas vacías y las lenguas cortadas, las madres plañideras, el escritor que pierde la cabeza al releer su propia historia, el demonio de la página en blanco que grita de placer al hacerse con la cordura del autor, los dedos amputados, la vida que se escapa en un charco de tinta... no... todo eso... no era... su.. relato perfecto...
Le encontraron tres días después, muerto en un charco de sangre y tinta, las cuencas vacías, la lengua cortada y los dedos amputados, caído sobre una hoja en blanco.