[Privado] // “We Can Do It!“
-Mamá, ya no te escucho. Estoy entrando a una zona con muy poca cobertura. No te escucho. Es en serio, voy a cortar. No, no más campañas publicitarias por un tiempo. ¡Que soy un guerrero, mamá! Y… se cortó la llamada -dijo al fin, mirando su celular.
Emitió un suspiro de alivio. Su madre, dueña de la marca Legendary Gloss se ponía a veces muy pesada. Se había casado por amor con un noble asgardiano, pero jamás se transformó en asgardiana: siguió siendo la exitosa empresaria sueca que era. Y. como tuvo un hijo alto y guapo, pues lo aprovechó como el modelo estrella de su marca. De esa forma, sólo en la época que había pasado en la tierra de los inmortales, Siegfried estuvo a salvo de encontrarse dividido entre dos poderosas mujeres: su madre y la sacerdotisa de Odín. Prefería a ésta última, por cierto. Su madre solía no entender que, si bien su carrera como niño bonito le aportaba dinero, él no disfrutaba tener como compañeros de trabajo a tipos como
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Y ella tampoco entendía que, después de terminar una campaña publicitaria, Siegfried necesitaba derribar árboles con los puños, corretear dragones y bañarse en sangre para volver a sentirse en paz con sus testículos vikingos. Esperaba que su día como subastado le deparara alguna ocupación suficientemente varonil. Y al ver aquel rancho dejado de la mano de Odín, tuvo esperanzas.
Se guardó el teléfono, se arregló el bolso en el hombro y se acercó a las muchachas que ya estaban reunidas fuera de la casa.
-Señoritas -dijo-. Siegfried de Legend… digo, de Dubhé Alfa. Un gusto.
Estaba distraída mirando los pajaritos que se anidaban en su tejado, cuando una de sus perritas empezó a ladrar.
—¿Qué pasó Tammy? ¡Oh! ¡Visitas! ¡Y no me puedo esconder porque yo los llamé! ¡Qué alivio!— bueno, al menos ya podía estar tranquila de que el “santuario” al que le había pagado sí había cumplido con su parte del trato. Ignoró a la parte de su cerebro que le decía que tal vez se acababa de involucrar con traficantes de personas y salió a recibirlos emocionada.
Primero llegó la chica. Con su actitud animada (y el saludo militar) le causó una muy buena impresión, hasta olvidó que la había adquirido por accidente.
—¡Hola June! Gracias por venir, pasa. ¡Vaya! Le agradas a Tammy, suele ser muy huraña con los extraños, así que me acabas de dar muy buena espina— le sonrió, convencida de que era perfecta para el trabajo.
Después llegó el vikingo con su… celular en mano (uno pensaría que traería una hacha). Lo vió venir de lejos debido a su altura, y le dió la impresión de que caminaba como modelo, pero no fue hasta que Tammy comezó a ladrarle que pensó que tal vez no había sido su mejor compra. Aunque fuese tan increíblemente guapo. Dioses, ¿qué había hecho? Éso la ponía demasiado nerviosa.
—Hola. Eh… Siegfried, disculpa a mi perrita, pero a veces se pone así, no hace nada, sólo ladra.— pensó en que sería un verdadero problema si los demás perros tenían la misma reacción, pero le daría la oportunidad de demostrar sus capacidades antes de juzgar si era bueno o no para realizar la labor que le tenía programada.
[De haberse dejado ver el rostro, la sonrisa de oreja a oreja habría sido evidente. Hasta ahora, todo bien. Ni siquiera le sorprendió que el juicio de carácter se lo hubiese hecho un can, aunque realmente no conocía muchos. Saltó un poquito en su lugar, sin poder evitarlo.]
“Un placer conocerla, señorita. ¡Y también es un gusto el conocer a la pequeña Tammy! Estoy a su disposición.”
[Y entonces llegó el otro. Le recordaba a una película que vio alguna vez hacía tiempo, algo sobre guerras de modelaje. Eso… De verdad era muy confuso. Le tendió una mano franca de cualquier manera. Tenía la sospecha de que no le tocaban muchas de ésas.]
“Mucho gusto, Siegfried. ¡Hagamos nuestro mejor esfuerzo hoy! ¡Los guerreros como nosotros tenemos siempre ese deber!”
Saludó a las chicas cordialmente, pero en cuanto escuchó a la pequeña bestezuela ladrar, casi no pudo disimular.
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Su madre tenía una inclinación por los perros falderos. No era que a él no le gustaran los perros, o incluso los inentendibles gatos, pero su perro ideal era más bien algún mastín de buen tamaño, que sirviera para cazar. Pero, como decía la chica rubia, era su deber, así es que a poner buena cara.
-No se preocupe, señorita, no me molesta. Pero bueno, ¿en qué le puedo servir?
















