Mis abuelas se fueron; pasaron a una mejor vida que, sin duda, merecían. Pero antes de su partida, hubo días difíciles… no solo por la enfermedad, sino por el desconocimiento. La incertidumbre de no saber realmente sus diagnósticos, de no entender cómo estaban siendo tratadas, de sentir que el personal de salud hablaba en un idioma que no estaba dirigido a nosotros. Como si, por no pertenecer al mismo sistema, no pudiéramos comprender sus términos o los nombres de los medicamentos. Vivir en una ignorancia impuesta
Hoy soy médica.
Soy la médica que mis papás necesitaban en esos momentos en los que el ser que conocían desde el primer abrir de ojos se estaba yendo. Soy la que explica con calma, la que dibuja si hace falta, la que se sienta y repite una, dos o cinco veces la misma respuesta hasta ver cómo la confusión se desprende del rostro del paciente y su familia.
Porque lo viví.
Porque sé que, en medio del dolor, del hospital, del miedo y de ver sufrir a quien amas, el desconocimiento no debería ser otra forma de agonía.












