Tristeza, ira, frustración… Edmond conocía estos sentimientos demasiado bien, si alguien hubo de experimentarlos en vida ese fue sin duda alguna él mismo, no obstante estaba completamente lejos de sus deseos el que su Master tuviese ese lúgubre estado de ánimo que poco se encontraba al tamaño de heroína que ella era, a diferencia de sí mismo, su alma seguía encontrandose intacta, más brillante que nunca, sin mencionar que no se encontraba sola, así que se aseguraría de que lo supiese.
¿Por qué? Porque él es el Conde de Montecristo y podía hacerlo, su corazón, o al menos lo que quedaba de él, no soportaba y mucho menos asimilaría jamás la idea de la pelirroja tiñéndose con el color de las tinieblas… Eso era algo que, mientras estuviese allí, no permitiría.
Así que sin mediar invitaciones se acercó hasta la habitación de la menor, deslizando una carta por debajo de la puerta a sabiendas de que esta la encontraría, no se hallaba firmada, pero estaba firmemente seguro de que ella reconocería el remitente… Se aseguró de darle su toque lo bastante personal: perfume y caligrafía que solo podían ser suyas.
En ella, rezaban unas sencillas palabras:
“Acércate hasta el patio” Ni una palabra más, allí, le esperaría con paciencia, después de todo, era gracias a ella que la humanidad disponía de todo el tiempo del mundo.
Tristeza, ira, frustración.
En aquel entonces, donde todo parecía desvanecerse a su alrededor, donde la esperanza colapsaba como escombros, donde la vida de sus aliados se escurrían frente a sus ojos, Ritsuka fue capaz de sentir todas esas cosas a la vez, con una intensidad que, de solo pensar en ella, se asustaba un poco de sí misma.
Pero, ¿no era normal? Cuando el futuro de la humanidad estaba en riesgo, cuando todo parecía estar perdido, cuando su fiel guerrera parecía haber encontrado un final prematuro y violento, cuando el hombre que con su cálida sonrisa y hospitalidad la trató con decencia y cariño desde su primer día en Chaldea le revelaba a viva voz su secreto mejor guardado y desaparecía sin dar más explicaciones para siempre, sacrificando su vida en pos de su victoria agridulce... ¿no era algo que tenía derecho de sentir incluso si su misión al fin había terminado?
Se encontraba reposando en su cama, envuelta en las sábanas mientras intentaba volver a conciliar el sueño. Da Vinci le había dado unos días para recuperarse y Ritsuka había decidido invertirlos en dormir, comer, ducharse y repetir el ciclo. Las heridas de la batalla contra Goetia aún no sanaban; físicas y emocionales.
El rostro sonriente de Roman... no, Solomon, corría por su cabeza con frecuencia arrancándole unas lágrimas. Sus ojos ardían de tanto llorar y sabía que no podía seguir así, sobretodo cuando ya no había más nada que hacer, sobretodo cuando él jamás iba a volver.
Se acomodó mejor en el colchón, soltando un suave quejido a causa del dolor en su cuerpo cuando notó algo deslizarse por la puerta de su cuarto... ¿una nota? ¿Tal vez de Mashu?
Por un momento dudó en levantarse; le dolía hasta el alma, un pesar insoportable, pero su intuición le dictaminó firmemente que hiciera lo contrario. Sabiendo que cuando tenía una corazonada esta difícilmente era equivocada, a duras penas se incorporó y sus pies tocaron el piso por primera vez en unas doce horas. A paso lento se acercó y se inclinó para tomar la pieza de papel, en la cuál se observaba una conocida caligrafía que causó que su corazón comenzara a mostrar signos vitales.
El perfume estaba de más, pero agradeció enormemente que endulzara su nariz al acercar la carta hacia ella.
“Acércate hasta el patio”
No lo dudó ni un segundo.
Diez minutos luego, con el uniforme de Chaldea encima, la master se dirigió hacia el lugar indicado en la nota. Se había asegurado de esconder los vendajes cubriendo todo su cuerpo, aunque aún se podían observar algunos en sus rodillas, sus muslos, uno de sus brazos y en su cara. No se veía tan presentable como las hermosas damas con las que él había tenido trato cuando estaba vivo, pero seguro entendería.
—¿Avenger? —Lo llamó, asegurándose de que no había nadie más, por primera vez sintiendo el imperioso deseo de ver a alguien más.
Bendita sea su intuición.