Los pasillos se habían convertido en un segundo campo de ataque para el joven que en aquel momento parecía contar con cinco años mentales. Equipado con un balde repleto de agua, una pequeña maceta a sus pies y una botella también llena del cristalino líquido, Jonghyuk aguardaba el momento justo en que alguien doblase por la esquina en la que se resguardaba. Para su suerte, poco tuvo que esperar para ello. Apenas vislumbró a la persona recién llegada, sus manos tomaron el balde de la manera correcta para que su contenido llegase a empapar por completo al contrario, y acto seguido buscó deshacerse del mismo para en cambio tomar la pequeña maceta cercana y lanzar la tierra de la misma a su víctima. Todas aquellas acciones se encontraban acompañadas de una sonrisa que en su cara relucía como un diamante.
Error número uno: quedarse en la fiesta hasta resultar testigo de la broma que se iniciaba en contra del departamento de danzas. Error número dos: dejarse vencer por el cansancio y la impaciencia y emprender marcha rumbo a su dormitorio antes de que las cosas se tranquilizaran, confiando en demasía en la seguridad del recorrido alternativo que había decidido tomar para llegar hasta el mismo. El último y peor de sus errores fue el doblar en esa bendita esquina y verse sorprendido por un balde de agua fría que, además de conseguir despabilarlo, lo hizo enfurecer. Su temperamento acostumbraba dejar a su paso pésimas consecuencias, pero en aquella ocasión su rápida reacción le hizo olvidar el suceso y reaccionar con la rapidez necesaria para evitar terminar convertido en un pastel de lodo, pero no lo suficiente como para evitar una mancha pegajosa sobre sus pantalones. Lo ignoró, aún así, y en cambio buscó al único dueño y merecedor de la ira que lo embargaba. “¡¿Cuál es tu maldito problema?! ¿Estás buscando que te rompa la cabeza?”













