Letargo: pulsión de muerte
Por: Érika Arango
Empezó a caer un poquito de lluvia. Lo sé porque empecé a sentir húmedos mis dedos. Mis zapatitos rotos se han vuelto cada vez más sensibles al frío. Tiemblan, no dejan de temblar. Pero no importaba, era soportable. Caminé de par en par por la acera. Habituada al sonido constante y tranquilo de las gotitas en el tejado, rompí una rama con la puntita de mi suela. Te puedo jurar que el cielo empezó a llorar. Luego de eso vino su furia. No le importaba que le dijera que no había visto la ramita, que me perdonara, que no volvía a ocurrir. Tampoco le importaba que le dijera lo que sufrían mis pies, que estaban fríos, que temblaban, que tenían miedo, que estaban solos. Era solo furia. Sabía que faltaba mucho para llegar a casa, ni recuerdo qué tanto, pero estaba lejos, muy lejos. Sé que lo sabía porque se tomó el tiempo para hacerme morir. Avanzó suave, no lo niego. Su llanto había, por mucho, empapado mis medias. Pero que mis zapatitos temblaran más fuerte no le bastaba. Se tomó más en serio la misión de hacernos saber qué habíamos hecho mal. Unos cuantos trozos de granizo habían sido lo siguiente. Ya en ese punto, las súplicas ni sentido tenían, no iba a ceder. Los zapatitos empezaron a llorar también, pero al cielo no le importaba. El camino tras ellos ya estaba marcado por ambos llantos, lo que aumentó la furia del gran titán. Los relámpagos advertían que no descansaría hasta que solo quedara su llanto en toda la acera, te lo aseguro. Los zapatitos intentaban no temblar, lo hacían pasito, como conteniendo sus propias lágrimas. Ansiaban llegar a casa, ya habían pasado por mucho y era hora de descansar. Pero la helada era más fuerte, el viento más intenso, el granizo más despiadado; aquel llanto celestial los inundaba, era solo ira. Uno tras otro golpe hacía que los zapatitos se deshilaran, uno tras otro hilo se desbordada su vida. El cielo no cesaba de mostrarle su dolor, y ellos ya no soportaban el frío, la soledad, la tempestad. Recuerdo bien esos últimos pasos desalentados. Te digo que no pudieron contenerse más. Como una explosión derramaban su llanto. El sol salió justo a tiempo para ver la escena. La acera se había teñido de carmesí. Pero no es triste este final, pudieron volver a casa.










