“Igual que dos líneas que se cruzan en un punto después de haber pasado por el infinito
de pronto volverán a juntarse al otro lado
o la imagen en un espejo cóncavo después de viajar al infinito
de pronto vuelve a estar ante nosotros
también cuando la conciencia
podríamos decir, haya atravesado el infinito
de modo que la gracia estará presente de la forma más pura
en el cuerpo humano que no posea conciencia
o en el que posea una cantidad infinita de ella
en una marioneta o en un dios.”
EL ALMA DE LAS MARIONETAS-Un breve estudio sobre la libertad del ser humano
Cuentan que una aprendiz marionetista llegó a la ciudad de Siempre buscando al Gran Maestro Titiritero. Pero en realidad ella solo pasaba por allí, buscando refugio.
Dicen que llovía y dejó caer su baúl en un charco. Que estaba cansada y triste.
Hubo un tiempo en que se recorrió los Mil Pueblos con su pequeño teatro y mucha gente la aclamaba. Ahora estaba acabada, se había estancado y era incapaz de crear nada nuevo. Necesitaba hallar un maestro.
El hombre la encontró en el charco, o ella la encontró a él, no se sabe bien.
—¿Estás perdida?
Su imagen debía ser patética, el pelo oscuro y lacio le caía chorreando sobre los hombros. La ropa sucia y rota de veinte días de viaje.
—Hace frío y estoy solo. Tú pareces helada y hambrienta. Puedo darte calor en mi hogar y pan recién hecho a cambio de compañía y espectáculo.
No le extrañó la oferta, los marionetistas eran muy respetados y bien acogidos allí donde iban, ya que eran los únicos que tenían acceso a la Alquimia Mayor prohibida para el resto, solo así podían construir sus máquinas. Aunque eso también implicaba vivir en permanente itinerancia y consagrada a servir al pueblo.
Un titiritero era otra historia.
Un titiritero era un marionetista que había logrado sacar la mano de sus criaturas y convertirse en su sombra, porque aunque moviera los hilos, éstos eran invisibles. Esa era la razón de que los mejores titiriteros estuvieran ocultos tras identidades falsas. Otra cosa eran los rumores. Los rumores siempre viajaban con el agua y en la ciudad de Siempre desembocaban todos los ríos.
La chica dudó. Lo miró largamente, parecía un tipo normal, amable, incluso atractivo. Sus ojos eran grandes y cálidos, llenos de una chispa curiosa, casi inocente.
—Solo un poquito— musitó él.
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El Maestro Titiritero y La Aprendiz Marionetista