Llega el Día de la Madre y el mundo se llena de flores, de mensajes dulces, de abrazos que parecen eternos.
Y yo miro todo eso desde lejos, con ese vacío que vuelve cada año, con ese silencio que no sabe dónde sentarse.
Porque mi madre no fue abrigo.
Fue tormenta.
Me enseñó a correr antes de aprender a caminar,
me obligó a entender el dolor antes de conocer la ternura.
Mientras otros niños dormían en brazos seguros,
yo aprendía a esconder el miedo debajo de la lengua,
a sonreír aunque doliera,
a seguir viva entre los lobos.
Ella, la que debía protegerme,
fue quien me empujó al frío y me pidió que no temblara.
La que debía amarme, me miró con ojos de cansancio y palabras de filo.
Y aun así, tuve que aprender a perdonar sin entender,
a armarme con los pedazos que me dejó.
Por eso, cuando todos celebran a sus madres,
yo celebro haber sobrevivido a la mía.
Celebro haber aprendido a cuidarme sola,
a ser mi propio refugio,
a darme el amor que ella no supo darme.
Porque, aunque me entregó a los lobos,
aprendí a correr con ellos.
Y aunque me dejó sin alas,
aprendí a volar igual.















