Partamos de esto: estás tú, lejos de mí. Ahora te veo más lejos que siempre, porque aunque nunca estuvimos cerca ahora estamos más lejos, creo que siempre estuve más lejos de ti que tú de mí. Y entonces, sentada allá, te veo cómo escribes algo (porque lo haces con una lentitud terrible, que parece que estuvieses gritando en cámara lenta), veo cómo deslizas tus ojos súbitamente de las letras a la gente, pero en realidad no miras nada, no miras a nadie, (creo que hasta ni siquiera respiras). Pienso lo lejos que estás, a tres mesas de la mía, pero estás más lejos que eso, estoy más lejos que eso, pienso es una luz incandescente la que no deja que nos veamos a los ojos, pienso que hay millares de muros de lamentos que separan tu cuerpo del mío, pienso que hay años que no he vivido para poder encontrarte, pienso que tal vez nunca te he visto y que seguramente nunca te veré, que nunca nos veremos, que siempre estaré más lejos de ti que tú de mí. Claro, claro, claro, estoy perdido, estoy tratando de encontrar algo que me lleve a algún lado (aunque nadie me lo pida), pero quisiera estar en un camino y caminarlo, entonces me entretengo viéndote muy lejos, me entretengo quitando la mirada de ti, sintiendo cómo me disgrego sobre ti y, sobre todo, porque quisiera desaparecer de ti, de todos; porque me han atravesado, me han hecho perderme del camino y ahora no lo encuentro, ni siquiera sé si podría o querría buscarlo. Pasa mi saliva a través de mí y con ella paso yo todo hacia mi estómago que busca la distancia que podría haber entre mi alma y el hueco que ella ocupaba. Tratando de pasar saliva también dilapido mi pasado, mientras te observo de lejos y contemplo lo intocable que tienes, lo anidado que en ti reposa y que parece que en mí también. Mientras no me miras me doy cuenta que de lejos te ves muchísimo mejor, no me miras y me puedo dar cuenta de que mi alma ya no está, de que ha dejado un tremendo espacio lleno de líquido gástrico y paredes blancas llenas de suplicio por esperar y entonces puedo verlas como se retuercen para ser llenadas por algo más que mi vacío. Y estás más que tiesa en aquel movimiento que haces para comer algo, lo niegas todo y me niegas a mí, te niegas a mí cuando no me ves (creo que no me ves) porque no hay nada que pueda hacer para estar más cerca de ti, y pareciera que se me acaba el tiempo buscándome para ver si me puedo encontrar con algo (tal vez nunca contigo), pero es pesado mi cuerpo y mi alma levitan y huyen de mí (de lo que hoy tengo, de lo poco que siento de mí) como una sombra blanca, el silencio parece más lejano y estoy en medio de un pitido de vacío, de espera, y tú sentada tratando de girar tus ojos sobre mi cuerpo y de arrebatarme lo que me queda de alma, de atravesarme, pero estamos demasiado lejos para tocarnos; y tus ojos demasiado cerrados para estar despierta completamente me encuentran y me desnudan, me tropiezan y entonces recuerdo que carezco de alma, que hay un espacio vacío que no solo habita en mi sino entre los dos, se acaba mi respiración mientras acabo las escaleras con mis lentas piernas, y sentado, tratando de evitarme pensar en ti. Y es esta la ignominia que presenta el hombre cuando se ve ultrajado por la esperanza que habitaba en él (tal vez una esperanza infantil, esa que termina por engañarnos toda una vida para no ver nunca la verdad de los hechos, para evitar vernos algún día) era depositada, cosificada, materializada en algo o en alguien. Es esta la desesperanza y el sinsabor de una oscura despedida, de unas palabras que cumplen el derecho y el deber de darle fin a un asunto (como si todo esto fuese “un asunto”, como si no se me hubiese arrancado lo Vital, como si mi pecho no quisiera gritar y mis poros no se hubiesen marchitado por aquella insulsa expresión) y repensarse en otros ojos, en otras lentitudes y en otras manías, entonces creo haber visto tus ojos furtivos posados sobre mí mientras mis mentiras se hacían verdad, mientras todo se desvanecía por millonésima vez en el día, ¿cuánto habré cambiado?, sólo dejo que pases dejos de mí, así puedo recuperarme de la huida de mi alma y de todo lo que vertió su ausencia en mis pies. ¿Debería verte? No me lo pides, no puedo sentirte más que a tu mirada que me trunca, que me arropa debajo de una lejanía inabarcable y empolvada por el tiempo que aún no ha pasado, y me acurruco sobre todas estas cosas que han salido de mí y han dejado otras tantas que se niegan a dejarme. Y asomas tu cabeza como si quisieras ver qué tanto soy capaz de hundirme al huir de ti, (porque al parecer soy muy fácil de penetrar ahora que la transparencia me cubre todo y es parte de mí) cómo corro ante lo espectral que hay de mí en ti, como quisiera saltarte completa y nunca haberme fijado en que caminabas demasiado sola, demasiado atrapada en el piso, que tus ojos buscaban tropezarse otra vez sabiéndose ya caídos y acompasados, (cómo veo que gritas por ayuda en el barco al que llaman vida mientras el mar te succiona y tú te amarras al mástil de aquel barco, sin alguna intención de dejarlo) esas ganas que se ven de recordar algo ya olvidado, esa terrible costumbre de anticiparse de tus ojos y de tus palabras, mientras tanto ya te diste cuenta que te miraba hace rato y recuerdo que yo siempre estaré más lejos de ti que tú de mí.