Nataniel era un enigma tallado en sillar y nieve. Hijo de un ingeniero naval danés de ojos gélidos y de una mujer local de la Unión nacida en los campos de Nueva Prusia una comuna que albergó una mezcla de sangre menonita con la de migrantes de genetica Alemana - Neozelandés, el muchacho cargaba un choque de mundos en las venas. Aunque sus primeros años transcurrieron en el frío cosmopolita de Francia —lo que le permitió dominar cinco idiomas a la perfección—, el destino y los negocios de su padre lo arrastraron de vuelta a ese rincón de 678 personas, donde los molinos de viento alemanes crujían bajo un cielo de cordillera meridional americana.
Natan estaba aburrido en Nueva Prusia. Detestaba el silencio sepulcral y la mirada vigilante de una comunidad con antiguas costumbres y tradiciones germanas. Sin embargo, fiel a su naturaleza reservada y humilde, jamás reclamaba nada. Su descontento corría como un río subterráneo, oculto tras un rostro de facciones europeas tan perfectamente esculpidas que, a sus quince años, parecía una estatua de mármol caminando entre los cultivos de maíz.
Fue esa belleza distante la que selló el destino de Megan Grey.
Acto I: La princesa gótica del coro gregoriano
Megan era el único brote de color y rebeldía en el pueblo. De niña, su voz angelical destacaba en el coro de canto gregoriano de la iglesia local, deleitando a la comunidad con una pureza celestial. Pero al crecer, el ángel buscó la oscuridad. En cada vacación familiar viajaba a la capital nacional para acompañar a sus padres en las compras de instrumentos de trabajo, sin embargo Megan huía de las tiendas tradicionales de tierra y maquinaria pesada para refugiarse en los callejones subterráneos, gastando sus propinas en cassettes importados de bandas góticas, Rock de la época, Metal y Punk.
Ella misma confeccionaba su ropa: encajes negros, faldas largas, cortas y un aire de misterio que contrastaba con su innegable y magnética belleza. Cuando caminaba por el pueblo con sus audífonos y el Walkman reproduciendo a todo volumen, los vecinos mayores la miraban con recelo.
—¿Quién se te murió, Megan? —le preguntaban los ancianos.
—Mis sentimientos —respondía ella con una sonrisa altiva—, por no encontrar a mi media naranja. Ojalá algún bello extranjero de la realeza me salve de este lugar y me haga su princesa.
—Eres una rara, niña. Sigue soñando —murmuraban, apodándola de cariño la "brujita".
Sin embargo, cuando bajaba a la ciudad, su sensualidad gótica embobaba a los jóvenes. Nadie se atrevía a reclamarle su estilo; era demasiado hermosa, con una gracia que a menudo cuando en sus vacaciones junto a su familia viajaba a la capital regional de su ciudad o a la capital nacional su aspecto fisico hacía que la confundieran con una turista extranjera. Megan tocaba el órgano, el piano y el violín, refugiándose en el arte. Un día, mientras hojeaba un libro de folclore de la Ciudad Blanca, se topó con un libro la leyendas como Mónica, la viudita , La Novia que Llora de Cayma , la Mano de la Condenada, etc. Se quedó pensativa y murmuró: “Casi no leo historias regionales... Pero me gustaron esos relatos de terror urbano de la era virreinal, sin embargo no creo que yo misma tenga un interés romántico así. Mis exnovios... bueno, ninguno tenía nada interesante”.
Todo cambió al volver a las aulas de su colegio particular. Un nuevo estudiante cruzó la puerta: era Natan. Cupido clavó una flecha emponzoñada en el pecho de Megan. Se enamoró perdidamente, primero de su físico, de la frialdad de su rostro y de esa madurez extranjera. Intentó ligarlo usando todos sus encantos, pero el muchacho era un muro. Natan la ignoraba. Y en la psicología ardiente de Megan, mientras más la rechazaba el chico, más crecía la obsesión de la bella jovencita.
Acto II: Fantasías de celuloide y el veneno del rechazo
Un día, Natan descubrió accidentalmente que compartían gustos musicales y artísticos en común. Vio sus discos, escuchó sus notas en el piano. Pero aun así, prefirió mantener la distancia; la intensidad de Megan le resultaba sofocante. Ella comenzó a acosarlo. Lo vigilaba oculta entre la maleza, tomándole fotos a escondidas con una cámara analógica, alimentando la fe ciega de que algún día él sería su novio, desafiando la ideología conservadora de su comuna criolla.
Una tarde, tras ver a escondidas una función en VHS de la película slasher Viernes 13, Megan se recostó en su cama a fantasear. Se imaginó a sí misma como la heroína de la película, siendo rescatada por los brazos firmes de Natan, e incluso la escena íntima del filme la hizo arder en deseos de entregarle su virginidad. Su mejor amiga, al ver la mirada perdida de la joven, le arrojó un vaso de agua fría para despertarla de su trance.
—¿Acaso estás en celo, Megan? —le reprochó riendo.
—Oh, mi Nat... —suspiró Megan, secándose el rostro—. Solo te haces el difícil. Los muchachos criollos y los turistas extranjeros babean por mí, ¿por qué tú no? ¿Por qué me inyectas este veneno? Quizás si me entrego a mi amado en cuerpo, alma y placer, él por fin se obsesione conmigo y sienta mi pesar.
Pero el corazón de Natan ya estaba ocupado por una devoción distinta: la amistad. El reservado muchacho se había hecho muy cercano a Joseph, un joven de 25 años. Joseph era un noble de corazón, una mente adelantada a su época que ayudaba a cualquiera que lo necesitara, sin juzgar ni criticar las formas de pensamiento ajenas. Al ver que Natan compartía su tiempo y sus sonrisas con Joseph y no con ella, Megan experimentó un tipo de celos retorcido y enfermizo. Sintió celos celestiales y terrenales de otro hombre, odiando la complicidad que jamás tendría.
Acto III: La mordedura del franciscano y el regreso del Condenado
La tragedia llegó en una noche de neblina densa. Caminando cerca de la iglesia del pueblo, Megan divisó a un hombre encorvado que vestía un desgastado saco de monje franciscano. Pensando que era un mendigo o un viajero herido, la joven, que en el fondo aún guardaba destellos de su bondad de niña de coro, se acercó para ofrecerle ayuda.
Al tocarle el hombro, el hombre se dio la vuelta con una rapidez sobrenatural. No tenía rostro humano; sus ojos eran pozos vacíos y su boca exhalaba el hedor de las criptas antiguas. Antes de que Megan pudiera gritar, los dientes del espectro se clavaron profundamente en su piel, le mordió el brazo.
Con el pasar de los días, Megan enfermó gravemente. La fiebre la consumía mientras sufría visiones grotescas: molinos de viento ardiendo, sillar bañado en sangre y procesiones de muertos vivientes que cantaban cantos gregorianos invertidos. Ningún médico de la Unión pudo salvarla. Finalmente, una madrugada de 1987, la hermosa "brujita" de Nueva Prusia pereció, dejando sus cassettes góticos juntando polvo en su habitación.
Acto IV: El acoso más allá de la muerte (La confrontación)
Tres semanas después del entierro, la ventana de la habitación de Natan crujió. El muchacho se levantó de la cama, calmado pero alerta. Al abrir las maderas de sillar, el olor a tierra desenterrada y podredumbre inundó el cuarto.
Allí estaba Megan. El vestido negro de encaje gótico que ella misma había cosido estaba rasgado y manchado de la arcilla del cementerio. En su dentadura había colmillos eran blancos y sus ojos brillaban bajo la luna, simulando una similitud con un vampiro, y de sus labios provenían un bello canto. El ángel del coro se había convertido en un Condenado.
—Natan... —susurró, y el sonido fue como el roce de una aguja sobre un vinilo rayado—. Crucé el umbral de la tumba porque la muerte no puede contener mi fuego. Vine por ti, mi príncipe extranjero.
Natan la miró con la fría fijeza de sus ojos. No había temor en él, solo el desprecio de quien domina el silencio.
—Estás muerta, Megan. Vuelve a la fosa. Tu música terminó y este pueblo no quiere escuchar tus lamentos.
Megan sonrió, agitando la carne cruda tras terminar sus palabras, dejando caer una lágrima por su mejilla pálida.
—¿Por qué huyes de la luz que te profeso? —recitó ella, destilando una poesía fúnebre—. Mirabas las estrellas del norte y los inviernos de Francia buscando una salida, sin ver que el sol más brillante ardía a tus espaldas en este suelo de cordillera. Me odiaste en vida porque rompía tu sagrado silencio con mi sonido gótico y mi violín... Ahora beberé tu silencio directamente de tus venas.
—Nunca me interesaste viva, Megan, y me interesas menos ahora que eres un cadáver egoísta —sentenció Natan con voz gélida—. Solo eras una niña rara que buscaba atención en un escenario vacío.
—El escenario ahora es nuestro, Nataniel —siseó la Condenada, arañando la madera de la ventana con sus uñas muertas—. ¿Acaso no lo entiendes? Maté a tus vecinos, sequé los pozos de algunos aldeanos... y Joseph... ese noble amigo tuyo que tanto protegías, pronto sabrá lo que es el verdadero sufrimiento. Los convertiré a todos en polvo para que no haya nadie más en tu camino. Si este pueblo debe arder para que me mires, encenderé la primera cerilla con mis manos frías.
Natan cerró la ventana de golpe, pasando el cerrojo de hierro con fuerza. Afuera, en una noche del veintiuno de agosto en 1987, el llanto de la princesa nocturna se transformó en el aullido de una bestia herida que retumbó en las 678 almas de Nueva Prusia. Megan se sentó en los escalones de piedra a roer su trozo de carne cruda, sabiendo que tenía toda la eternidad para romper el hielo de su amado.
Acto V: La noche del proyector y la sombra en la ventana
Para escapar por unas horas del ambiente asfixiante de Nueva Prusia, Natan caminó bajo la niebla hasta la casa de Joseph. El hermano menor de este había conseguido una cinta de estreno en VHS gracias a un contacto de la capital, y decidieron reunirse entre amigos para verla en la sala. La luz azul del televisor parpadeaba en las paredes de sillar, llenando el espacio de risas y conversaciones que hacían olvidar, por un momento, la peste y las extrañas muertes que azotaban al pueblo.
Al terminar la función, cansados, los jóvenes se acomodaron para dormir en la gran sala de la casa. Natan se recostó sobre unas mantas cerca de la esquina, manteniendo los ojos semiabiertos. El silencio volvió a reinar, interrumpido solo por la respiración pausada de los muchachos.
Fue entonces cuando el ambiente se congeló.
Natan sintió una presión helada en el pecho, ese presentimiento intuitivo que su naturaleza nunca ignoraba. No podía moverse; una parálisis nocturna parecía sellar sus miembros. Con un esfuerzo sobrehumano, desvió la mirada hacia el gran ventanal que daba al jardín.
La madera de la ventana comenzó a abrirse de par en par, sin hacer un solo ruido, como si las leyes de la física se doblaran ante una presencia superior. La densa neblina del año 1987 entró flotando a la habitación, y con ella, emergió una silueta.
Era Megan. Pero no lucía como el monstruo grotesco de los escalones de piedra. Ante los ojos entreabiertos de Natan, se materializó la Megan hermosa, la "brujita" gótica y sensual que embobaba a los jóvenes de la región y la capital. Llevaba su vestido negro de encaje perfectamente limpio, y su cabello flotaba como si estuviera sumergida en agua pura. Su rostro tenía una palidez angelical, idéntica a la época en que cantaba música gregoriana en el coro.
Ella no miró a Natan. Sus ojos cargados de un resentimiento infinito se fijaron en el hermano de Joseph, quien dormía profundamente a unos metros de distancia.
Megan flotó sobre el suelo, suspendida como un fantasma de sillar y humo. Se deslizó con una gracia hipnótica y silenciosa hasta arrodillarse a un lado del muchacho dormido. Natan, atrapado en su propio cuerpo, observaba con horror contenido cómo la joven gótica inclinaba el rostro sobre el cuello de su víctima. Sus movimientos eran lentos, casi románticos, desprendiendo una atmósfera de sensualidad oscura y letal.
—Tú duermes en la paz que a mí me fue arrebatada —susurró Megan en un eco poético que solo resonó en la mente de Natan—. Compartes sus risas, su tiempo y su luz... mientras yo me pudro en el frío. Si no puedo tener tu amor, borraré a todo aquel que ose tocar su distancia.
Con una delicadeza espeluznante, Megan apartó el cabello del cuello del hermano de Joseph. En ese instante, su rostro perfecto se transformó: la ilusión de la chica gótica se agrietó para mostrar los dientes incrustados y la lengua de carne cruda palpitante. Abrió las mandíbulas y, con una mezcla de placer y venganza, clavó sus colmillos en la carne viva del joven.
El muchacho emitió un quejido ahogado, atrapado en una pesadilla de la que no despertaría, mientras Megan cerraba los ojos, saboreando el inicio de su banquete de celos. Natan, desde la oscuridad de su rincón, supo que el acoso de la Condenada ya no era solo una sombra en su vida, sino una maldición que consumiría todo lo que él amaba.
Acto VI: El despertar de la nueva estirpe y la masacre en Nueva Prusia
Megan, imitando a las criaturas de los cassettes y películas de terror que tanto amaba, clavó sus colmillos en el cuello de Joseph y bebió su sangre con un placer casi místico. Sin embargo, ella no era una vampiresa. Megan era una Condenada evolucionada. Su cuerpo muerto había desarrollado una habilidad única y aterradora: transmutar a quienes mordía en otros Condenados, a diferencia de los simples condenados que solo comían carne cruda Megan despertó como un ser que parecía sado de libros antiguos, y ella podía convertir a los que mordía en seres que conservaban su capacidad de pensar, razonar y hablar, pero durante sus primeros días estaban atrapados por una insaciable hambre de carne y sangre. A diferencia de los mitos antiguos, el sol no los reducía a cenizas; solo los aturdía e incomodaba, permitiéndoles caminar bajo la pálida luz de la existencia.
Los primeros en unirse a su cortejo fúnebre fueron los muchachos rebeldes de los tres colegios de la zona, jóvenes que en vida habían estado perdidamente enamorados de la belleza de Megan. Al principio, para saciar la primera etapa de la maldición, se alimentaron en secreto de la carne descompuesta del cementerio de construcción alemán y de restos olvidados. Pero el hambre evolucionó rápidamente.
Una tarde, los Condenados tomaron por asalto una carnicería local. Mientras sus súbditos devoraban vivos al carnicero, Megan, vistiendo sus encajes góticos, sacó una copa de cristal. Con una calma poética, llenó el vaso con la sangre que salpicaba en el suelo, fileteó un trozo de carne vacuna cruda y comió feliz bajo el sol directo, el cual no le hacía ningún daño. Intentando recordar su humanidad, Megan se animó a probar un plato de comida normal y cocida que yacía en una mesa; lo disfrutó por unos segundos, pero de inmediato su estómago podrido la rechazó, obligándola a vomitar entre severos dolores. Comprendió que ya no pertenecía al mundo de los vivos.
La tensión estalló unos días después cuando uno de los chicos convertidos, carcomido por los celos al ver que Megan seguía obsesionada con Natan, intentó emboscar al joven extranjero en las chacras donde el joven solía pintar paisajes, lo observo y se dispuso a emboscarlo para luego eliminarlo. Pero Megan lo descubrió a tiempo.
Las palabras de Megan fueron :
—A mi futuro rey no lo toca nadie —siseó con desprecio. Sin dudarlo, entregó a su propio adorador al resto de la horda, observando con fría indiferencia el acto de canibalismo. Poco después, se enteró de que Joseph, el noble amigo de Natan, había luchado con todas sus fuerzas contra el instinto de la mordedura, prefiriendo hacerse matar antes de convertirse en un monstruo. La plaga avanzó rápido: 158 personas habían muerto en el pueblo. Megan era selectiva; solo convertía a quienes le eran útiles, los demás eran simple comida.
Acto VII: La batalla del sillar y el fuego cruzado
Ante la desaparición masiva de los habitantes, el gobierno envió un contingente del ejército regional con 57 soldados. Pensaron que se trataba de un grupo insurgente, pero se estrellaron contra una pesadilla. Megan enmascarada , liderando a solo 34 de sus miembros, rebanó y masacró las primeras líneas militares. Las balas de los fusiles atravesaban los cuerpos de los Condenados sin causarles efecto, sembrando el pánico.
Sin embargo, un sargento experimentado notó la anatomía de las criaturas. Al ver que el tejido se regeneraba pero el centro nervioso seguía activo, asustado y recordando las películas de Zombies y Darío Argento, gritó con desesperación:
—¡Es una cepa diferente! ¡Apunten al corazón y a la cabeza!
Los soldados sobrevivientes abrieron fuego concentrado. Los impactos destrozaron los cráneos y corazones de 2 Condenados, quienes cayeron pero luego se levantaron. En un frenesí de garras y dientes, despedazaron a casi todo el pelotón. Solo un soldado logró escapar gravemente herido hacia el centro de Nueva Prusia. El pueblo le creyó sus últimas palabras antes de que el militar expirara en la plaza.
La tarde del mismo día, sabiendo que habían sido descubiertos, los Condenados se vistieron con trajes negros y máscaras para protegerse del aturdimiento del sol, lanzando un ataque final contra el pueblo. Pero los descendientes de los menonitas y colonos germano-neozelandeses no se rindieron fácilmente. Armados con lanzas, rifles de caza, guadañas, machetes, pistolas, hachas y hoces, los aldeanos levantaron barricadas. La batalla fue brutal, tiñendo las calles de sangre y dejando bajas definitivas en ambos bandos.
En medio del caos y el humo de los disparos, Megan divisó una escena que le congeló la sangre: Natan, combatiendo en primera línea con la ferocidad de su signo Escorpio, había sido acorralado. Uno de los Condenados de la horda, cegado por el frenesí de la batalla, clavó sus colmillos directamente en el cuello del muchacho.
El grito de Megan desgarró el viento de la tarde:
Impulsada por una furia ciega, Megan se abalanzó sobre el agresor y lo decapitó con sus propias manos, destruyendo a uno de sus súbditos para proteger el cuerpo del chico que la había rechazado en vida. Miró a Natan, quien caía al suelo debilitado y sangrando por el cuello, sosteniéndole la mirada fría por última vez. Sabiendo que el pueblo ganaba terreno y que la batalla estaba perdida, Megan dio la orden de retirada, perdiéndose junto a los suyos entre la densa neblina de los cañones de la Unión, dejando atrás el escenario calcinado de su obsesión.
Acto VIII: El nido vacío y el fuego purificador
Nataniel agonizó durante horas en la rústica cama de su hogar. Sus padres, devastados, vieron cómo la luz de sus ojos se apagaba lentamente mientras la fiebre andina le secaba la garganta. Al dar su último suspiro, el pueblo de Nueva Prusia perdió a su espécimen más bello . El pánico se apoderó de las pocas familias que quedaban; algunos intentaron huir del valle en camiones y a pie, pero en los caminos oscuros de la Unión solo encontraron su fin: se convirtieron en comida para la horda o en nuevos siervos de la estirpe.
En sus noches de inspección, Megan descubrió una regla biológica y espiritual de su propia plaga: los niños no se convertían , no soportaban el virus. Si eran mordidos, simplemente morían. Esto la hacía sentir aún más única, una reina absoluta idéntica a los aristócratas de la noche que escuchaba en sus cassettes góticos. Bajo su mando, la piedad no existía. Si un Condenado fallaba en una misión, Megan lo ejecutaba sin parpadear. Solo perdonaba a los nuevos convertidos si poseían una belleza extraordinaria, una inteligencia útil o si hacían falta para llenar las bajas en sus filas.
Un día, decidida a reclamar el cuerpo de su amado, Megan guio a su séquito hasta el cementerio alemán. Al desenterrar el ataúd de sillar de Natan, se topó con una realidad aterradora: la tumba estaba completamente vacía.
—¡¿Quién?! ¡¿Quién se lo comió?! —gritó Megan, y su voz desgarró la calma de la tarde, haciendo eco en los cerros—. ¡Malditos sean todos! ¡¿Quién se atrevió a tocar a mi rey?!
Mientras Megan sufría por el misterio del cadáver desaparecido, los aldeanos sobrevivientes se arrastraban heridos hacia la iglesia de Nueva Prusia. Desesperados y sangrando, le gritaron inútil al cura al ver que sus oraciones no detenían las masacres. Sin embargo, una barrera invisible protegía el templo sagrado: por alguna razón mística, los Condenados no podían cruzar el umbral del templo. Megan, observando la escena desde la plaza con su Walkman apagado y una mirada de profundo aburrimiento, bostezó.
—Qué patético... Chicos, pueden quemar la iglesia con todos adentro —dijo con total desinterés, dándose la vuelta para marcharse.
Pero los vivos tenían un último as bajo la manga. La policía y civiles armados del pueblo junto a los pocos soldados que llegaron, emboscaron a los Condenados que transportaban las antorchas. Con la lección aprendida, apuntaron directamente a las cabezas y a los corazones. Los disparos resonaron como truenos. Los cuerpos sin vida de los monstruos al tocar el fuego, no cayeron al suelo; esta vez, los aldeanos no arriesgaron nada y se prepararon pero el sol causa la retirada.
A lo lejos, en la cima de un mirador de piedra que dominaba todo el cañón de la Unión, la bella Megan observaba las columnas de humo de su grupo herido. El viento agitaba sus encajes negros. Lejos de asustarse por la pérdida de sus súbditos, una sonrisa fría y calculadora dibujó sus labios. Mientras se acomodaba los audífonos, la bella condenada comenzó a idear un nuevo plan para someter al pueblo y descubrir quién demonios le había robado el cuerpo de Natan.
Epílogo: Las cenizas de Nueva Prusia y el renacer en el exilio
El destino de Nueva Prusia quedó sellado bajo una conspiración de silencio, lujuria y fuego. El general enviado a cargo del contingente regional, un hombre implacable en el campo de batalla, cayó completamente de rodillas ante la presencia de Megan Grey. Seducido por las finas piernas que asomaban de sus encajes góticos y la calidez magnética de su suave busto, el militar creyó ciegamente en la promesa que ella le susurró al oído: la inmortalidad a cambio de su traición. Durante semanas, el general redactó informes completamente falsos a sus superiores, asegurando que la Unión estaba en paz, mientras la horda de Megan devoraba y eliminaba a una parte de la población adulta del pueblo. En menos de un mes, la comunidad perdió 279 ciudadanos.
Sin embargo, el engaño no duró para siempre. Alguien dentro del cerco logró enviar un mensaje desesperado a las altas esferas militares, provocando el envío inmediato de tropas de asalto fuertemente armadas. Enfadada por la incompetencia del general seducido, Megan no dudó: con un movimiento frío, le sacó el corazón directamente del pecho. Usando los conocimientos de estrategia y la preparación básica militar que sus súbditos habían absorbido de los soldados caídos, los Condenados presentaron una resistencia feroz. Para erradicar la infección por completo y evitar un escándalo internacional con los gobiernos de Alemania y Nueva Zelanda —de donde provenían los ancestros menonitas—, el gobierno tomó una medida radical: Así que decidieron eliminar la ciudad por completo y borrar todo registro de Nueva Prusia de los mapas oficiales e históricos.
Un nuevo amanecer en tierras que parecen extranjeras
Días después del gran incendio, Megan abrió los ojos lentamente en la penumbra de una cueva apartada en los cañones de la Unión. Su cuerpo estaba malherido, cubierto de quemaduras y cicatrices de balas. Al incorporarse, una silueta familiar bloqueó la tenue luz de la entrada.
Su ataúd de sillar nunca había sido profanado por la horda; él mismo había despertado antes, habiendo evolucionado en secreto hacia un estado superior de la condena. Sus facciones esculpidas lucían más perfectas y gélidas que nunca, pero sus ojos ya no reflejaban el desprecio del pasado, sino una profunda e infinita piedad.
Acto IV: La propuesta fantasmagórica y recuerdos en el despertar de la pesadilla
Aquella noche, antes de que el caos consumiera por completo las calles de Nueva Prusia, Megan recordó que no usó la violencia con su amado. Recordó el inicio de todo desde como se manifesto en la habitación de Nataniel como una aparición neblinosa, con sus encajes negros flotando en el aire. Con una mezcla de locura y devoción ardiente, donde miró al joven a los ojos y le dio a elegir:
—Sé mío, Natan. Tienes la opción de morir y unirte a mi cortejo, o entregarte a mí. Si no deseas ser convertido, lo aceptaré... pero te encerraré y te cuidaré con mis propias manos hasta en tu vejez, viendo cómo te marchitas mientras yo permanezco eterna.
Antes de que Natan pudiera articular una sola palabra, la figura de Megan se desvaneció entre las sombras como un fantasma de humo. Al despertar con los primeros rayos del sol, el muchacho respiró agitado, convencido de que todo había sido producto de una terrible parálisis del sueño. Sin embargo, la realidad de 1987 no tardó en abofetearlo. Al salir, los rumores ya corrían por el pueblo de las almas corrompidas y las que peleaban por su vida: se reportaban estudiantes desaparecidos y extraños infectados con una anemia fulminante.
Natan también en otro lado de la cordillera recordó como intentó mantener la calma, repitiéndose que era una paranoia colectiva, hasta que visitó la precaria posta médica del pueblo. Allí, postrada en una camilla y agonizando bajo una palidez sepulcral, se encontraba una de sus compañeras de colegio. Al verlo entrar, la joven estiró una mano temblorosa y, con el último aliento de vida, le suplicó que se acercara.
—Natan... amigo... la vi —consiguió decir entre espasmos—. Era Megan... me mordió esa perra... no murió. He visto cosas, visiones horribles en la fiebre... ella es un monstruo...
La chica falleció de golpe ante sus ojos. Los doctores de la posta médica local, desconcertados y rebasados por la situación, no sabían qué hacer. Intentaron pedir ayuda externa; enviaron cartas urgentes a los hospitales de la capital de La ciudad blanca detallando los extraños síntomas de la sangre licuada, pero la correspondencia nunca obtuvo respuesta. Desesperados, enviaron un segundo mensajero, pero ocurrió exactamente lo mismo: el camino de la Unión parecía tragarse las peticiones de auxilio. No hubo una tercera vez; el pueblo entendió que estaba completamente aislado del mundo.
Acto V: El ejército de los vivos y más recuerdos de la reina
La muerte de la estudiante encendió las alarmas. En Nueva Prusia, debido a sus raíces menonitas y colonas, existía una arraigada costumbre comunitaria: los adultos solían organizar competencias de puntería con armas de fuego y arcos tradicionales durante las festividades. Aprovechando esta base, los pocos exmilitares y cazadores experimentados del pueblo tomaron el control y comenzaron a instruir de inmediato a los estudiantes y jóvenes en el manejo técnico de rifles, escopetas y tácticas de defensa básica. No era un entrenamiento difícil para muchachos habituados a la vida rural.
Después de los recuerdos al otro lado del pueblo, el poder de la "brujita gótica" crecía. Megan ya contaba con 32 Condenados leales, la mayoría ex estudiantes de los colegios que preferían seguir sus órdenes antes que regresar a la tierra. El cementerio del pueblo, que al inicio del brote albergaba unas pocas tumbas, fue repoblado de forma alarmante en el transcurso de un año con 156 nuevos cadáveres. Sin embargo, antes de cumplirse los dos meses de aquel entierro masivo, las fosas volvieron a quedar completamente vacías. Megan los había desenterrado a todos. Su retorcida y poética intención no era destruir el lugar, sino fundar un nuevo orden: un pueblo de no-muertos, una sociedad de Condenados civilizados que vistieran de gala y fueran sus siervos.
Mientras tanto, en el despacho de la posta médica, se llevó a cabo una reunión clandestina entre el Alcalde y el Padre del pueblo. Sobre la mesa se barajaba la teoría de que se enfrentaban a una plaga de supuestos vampiros occidentales, idénticos a los de la literatura gótica. Pero el sacerdote, tras analizar los reportes y los cuerpos, golpeó la Biblia con firmeza y llegó a una conclusión más antigua y regional:
—No son vampiros, señor Alcalde. Son Condenados. El sol de la tarde los irrita, los aturde y los aparta de las calles, pero no los destruye. Además, hay algo más... le tienen un miedo pavoroso a lo sagrado. No se atreven a tocar los símbolos religiosos ni a pisar el suelo de la iglesia.
Con el diagnóstico de la maldición andina sobre la mesa y los jóvenes armados en las calles, Nueva Prusia se preparó para la guerra inevitable entre los vivos que defendían su fe y los Condenados que buscaban construir el reino eterno de Megan.
Acto VI: El origen de la estirpe y la purga del alcalde
El Alcalde, con el rostro sudoroso y las manos temblorosas por el miedo, miró fijamente al sacerdote en la penumbra de la posta médica.
—Si no son vampiros convencionales, Padre... ¿qué son exactamente? ¿Qué es lo que los mata?
El párroco suspiró, acomodándose las gafas antes de revelar el secreto que había descubierto en las crónicas antiguas del templo.
—Los condenados usualmente caen en esa desgracia por estar aferrados a la vida de forma egoísta, Alcalde. Pero esa niña, Megan Grey, fue la primera víctima de algo mucho peor. Fue mordida por un espécimen diferente. Las escrituras de mi iglesia hablaron de un ex sacerdote español que llegó a estos valles hace un año. El hombre contrajo una infección terrible y, al verse agonizar, se negó a aceptar su destino. Los monjes le recomendaron ser fuerte, tener paciencia como Job, el personaje bíblico que lo soportó todo. Pero el español no aguantó el dolor. Maldijo su fe, renegó de Dios y se suicidó dentro del templo, manchando el sillar del altar con su propia sangre.
El cura hizo una pausa dramática, persignándose.
—Al cometer tal sacrilegio, se condenó. Su castigo eterno fue caminar como un no-muerto, arrastrando la misma enfermedad que lo mataba por dentro. Pero ocurrió una anomalía: su mordedura no contagiaba la peste física que él padecía, sino que contagiaba su propia condena espiritual. Al igual que los zombies de las películas modernas, transmite la maldición de la inmortalidad corrupta a través de la mordedura solo que el no tiene los colmillos vampirezcos. Él fue quien mordió a Megan en la neblina.
Por suerte el Monje fue rastreado por exorcistas y le dieron el descanso eterno.
El Alcalde, golpeando el escritorio, exclamó con frustración:
—¡Rayos! ¿Y por qué esa tal Megan es diferente a los demás? Los otros parecen bestias hambrientas, pero ella actúa como una reina.
—Oh, Alcalde, es obvio —respondió el párroco con pesar—. La niña murió virgen, pura, casta e ingresó al mundo de los muertos por la mordedura, pero una vez allí, la condena se modificó en su interior. Ella también estaba aferrada a la vida con una fuerza descomunal, buscando desesperadamente la mirada de su amado no correspondido, Natan. Eso me lo confesó uno de sus compañeros de colegio. A esa obsesión romántica hay que sumarle que la niña estaba sumergida en el ocultismo, la música oscura y un fanatismo absoluto por los vampiros de los libros antiguos. Su poderosa e inocente mente moldeó la maldición. Por eso, a diferencia de los condenados comunes que comen carne podrida, ella se alimenta exclusivamente principalmente de sangre más que de carne. Es similar a una vampiresa, pero no lo es. Soporta el sol; aunque la luz del mediodía la debilita y la irrita, no la mata. Es astuta, fría y estratega... Es una princesa para los condenados.
La mañana de las tumbas abiertas
La revelación del sacerdote dejó al Alcalde sin opciones. Con el amanecer del día siguiente, aprovechando las horas en que la luz solar debilitaba a las criaturas, el burgomaestre marchó hacia el cementerio alemán acompañado por un fuerte contingente de la policía local. Al llegar al camposanto, el escenario fue tétrico: docenas de lápidas de sillar yacían destruidas y las fosas estaban completamente vacías, confirmando que Megan ya había reclutado a gran parte de los fallecidos.
Aterrorizado por la velocidad del brote, el Alcalde ordenó el regreso inmediato al centro del pueblo amurallado. Sabía que no podía titubear si quería salvar a las pocas familias sobrevivientes de Nueva Prusia.
Utilizando las leyes de emergencia, la policía cercó la posta médica y los pabellones de aislamiento donde se encontraban los nuevos contagiados. Sin escuchar los ruegos de los familiares y con el corazón endurecido por la necesidad, el Alcalde mandó a incinerar de inmediato los cuerpos de 58 infectados que aún se encontraban en la transición de la enfermedad. Grandes columnas de humo negro y espeso se elevaron sobre los muros del pueblo, anunciando a la corte nocturna de Megan que los vivos habían decidido contraatacar con fuego y sillar.
Acto VII: El festín en la casa de citas
Desde la cima del mirador, Megan observó los campos desiertos a través de un cerro. Las chimeneas no humeaban; el ganado había sido consumido y los campos de maíz estaban abandonados. El contraataque del Alcalde los había dejado sin sustento.
—Mmm... no hay campesinos ni granjeros en los alrededores —comentó Megan de mal humor, ajustando los audífonos de su Walkman—. No hay comida, chicos.
Uno de sus súbditos más fieles, un antiguo estudiante rebelde cuyo tío conocía bien los bajos mundos de la región, dio un paso al frente.
—Megan, yo sé dónde hay alimento. Hay un burdel activo a la salida del valle. Mi tío siempre iba allí.
—Mmm, ok. ¿A cuántos kilómetros está? —preguntó ella, interesada.
—A unos 7 kilómetros, siguiendo la carretera oculta.
Al caer la noche, desplegando una velocidad animal que desafiaba la anatomía humana, los 32 miembros de la horda cruzaron las colinas áridas como sombras góticas. Antes de ingresar al complejo iluminado con luces de neón rojo, emboscaron a los pocos transeúntes y clientes que caminaban por el estacionamiento de tierra. Los despojaron de sus pertenencias y billetes antes de devorarlos en la oscuridad de las zanjas.
Megan, con una frialdad estratega, tomó parte del botín y le repartió fardos de dinero a cuatro de sus súbditos varones. Todos tenían un aspecto cercano a los 20 años, lo suficientemente maduros para pasar desapercibidos en la entrada.
—Doblen las cabezas de sus presas para quebrarles el cuello rápido —les ordenó Megan en voz baja, con su tono de princesa de los no-muertos—. Y coman en absoluto silencio.
Los muchachos asintieron, guardaron los fajos y cruzaron la puerta principal. El interior del local era un laberinto de humo de cigarrillo, música tropical a todo volumen y tragos baratos. El jefe del establecimiento, un proxeneta robusto y enjoyado que controlaba la zona con mano de hierro, los recibió con una sonrisa codiciosa al ver los billetes en sus manos.
—Mmm, chicos... ¿Vienen a debutar? —dijo el hombre, dándoles una palmada en la espalda—. Están de suerte. Tenemos caribeñas: colombianas, venezolanas, panameñas y también nacionales . Escojan lo que quieran.
Los Condenados caminaron hacia las mesas y seleccionaron a sus compañías con sonrisas hipnóticas, guiándolas hacia los cuartos privados del fondo tal como Megan había ordenado.
Mientras el caos silencioso comenzaba en los pasillos, el jefe del local divisó a Megan. Su belleza aristocrática, su palidez perfecta y su ropa negra de encaje destacaban de forma casi irreal en ese ambiente decadente. Fascinado y sospechando de su presencia, el proxeneta la tomó firmemente del brazo.
—¿Y tú qué buscas por aquí, muñeca?
Megan, sabiendo perfectamente que se trataba del líder del lugar, no se inmutó. Le sostuvo la mirada con una pasividad fría.
—Mmm... vine a buscar trabajo.
El hombre soltó una carcajada ronca, mirándola de arriba abajo con lascivia.
—Mmm, ok. Menos mal. Porque si te hubieras negado, igual no te hubiera dejado marchar de aquí. Te habría dicho que eres una tonta por meterte directo al matadero, directo a la boca del lobo.
Megan sonrió, dejando ver apenas el filo de sus colmillos tras sus labios pintados.
—Oh, entonces mejor hablemos en privado...
—Ok, pasarás la prueba de inmediato —respondió el hombre, completamente encandilado.
Sin perder tiempo, la cargó en vilo y la llevó hacia sus habitaciones privadas en el segundo piso. Megan aceptó el primer beso en los labios con una docilidad calculada, provocando que el proxeneta se sonrojara por la intensa excitación. Al llegar a la cama, el hombre se saco la camisa, mirándola con adoración corrupta.
—Oh, muñeca... eres demasiado hermosa como para ofrecerte al público general. Sé que si te quedas conmigo, me darías mejores clientes VIP.
El jefe, completamente excitado, se recostó mientras Megan se deslizaba sobre él de forma sensual, repartiendo besos gélidos por su mandíbula. En el momento exacto en que el hombre cerró los ojos por el placer, entregado por completo al descuido, la princesa de los condenados abrió sus labios. Sus colmillos se clavaron con una fuerza brutal en la yugular del proxeneta, destruyéndole el cuello en un segundo.
El hombre cayó hacia atrás sobre las sábanas, emitiendo un gorgoteo ahogado mientras Megan extraía y chupaba su sangre con un hambre voraz, llenando su copa interior de pura satisfacción.
Pasado el primer rayo de violencia, la discreción terminó. Los peones de Megan abrieron las puertas principales del burdel e invitaron al resto de los 32 Condenados a pasar. La casa de citas se transformó en un banquete masivo de carne cruda y gritos ahogados por la música. Mientras sus súbditos devoraban los restos de los custodios y vaciaban las cajas fuertes, Megan se sentó frente al viejo piano polvoriento que adornaba el salón principal del burdel. Con sus manos pálidas y ensangrentadas, comenzó a tocar una melodía gótica clásica y fúnebre, mientras su corte de no-muertos bailaba y hacía fiesta sobre las cenizas de sus víctimas, celebrando el nacimiento de su nuevo feudo.
Acto VIII: El vals de la carne y el fuego de las máscaras
El festín en la casa de neón rojo concluyó bajo una estricta disciplina coreografiada. Siguiendo el mandato de su princesa gótica, los Condenados no dejaron un solo cabo suelto. Megan, con la frialdad de quien organiza un desfile de modas, ordenó filetear minuciosamente los cuerpos de las prostitutas, los proxenetas, los cocineros, el personal de limpieza y los guardias de seguridad. El sillar del burdel absorbió la sangre sobrante mientras la corte recolectaba cada billete, alhaja y pieza de valor susceptible de ser vendida en el mercado negro de la capital. Cuando la neblina de la madrugada se disipó a los siete kilómetros de Nueva Prusia, el local lucía abandonado, vacío y limpio de huellas dactilares. Una desaparición perfecta que no dejó rastros de muerte, sumiendo a los investigadores regionales en el más absoluto desconcierto.
Las semanas transcurrieron en una calma tensa y sepulcral, hasta que el calendario marcó la noche de Halloween en el atribulado pueblo. La comunidad de almas, buscando un refugio contra la paranoia, intentó recuperar la normalidad celebrando una fiesta de disfraces. Entre el tumulto de telas, risas nerviosas y melodías de la época, Megan y sus siervos se infiltraron con sigilo, mimetizándose gracias a las máscaras y los trajes oscuros. Eran monstruos reales jugando a ser humanos disfrazados de monstruos.
La fachada colapsó cuando la sed venció a la razón. Uno de los Condenados más jóvenes, incapaz de contener el rugido de su estómago podrido, se abalanzó sobre una muchacha en medio de la pista de baile, clavándole los colmillos en el cuello. El grito de horror fracturó la música.
—¡Quítense las máscaras! ¡Que todos se quiten las máscaras ahora mismo! —bramó el jefe de la seguridad local, desenfundando su arma.
El caos se desató en un parpadeo. Una balacera infernal cruzó el salón; el plomo perforaba las paredes de sillar y los cuerpos sin vida de los Condenados que, inmunes al dolor común, respondían con zarpazos y ferocidad animal. Tras un sangriento intercambio táctico, las fuerzas del pueblo lograron neutralizar y someter a ocho de las criaturas. Siguiendo los decretos del Alcalde, los prisioneros fueron arrastrados a rastras hacia la plaza, justo frente a las escalinatas de la iglesia amurallada.
Allí, el fuego reclamó su papel de purificador. Los aldeanos apilaron madera, rociaron gasolina y encendieron las hogueras. Las llamas lamieron el cielo con un rugido anaranjado y cruel, transformando la noche de Halloween en un tribunal de la Santa Inquisición en pleno año 1987.
Entre el gentío armado con rifles y antorchas, una madre del pueblo se abrió paso, atraída por un lamento que le perforó el vientre. Sus ojos, nublados por el llanto de meses de búsqueda, se fijaron en uno de los rostros que se retorcían bajo el abrazo del fuego. Era su hijo. Aquel muchacho rebelde que había desaparecido semanas atrás, el único que, cegado por el amor de la «brujita gótica», se había ofrecido voluntariamente a Megan para ser convertido y escapar de la miseria rural.
La mujer cayó de rodillas sobre la tierra seca, desgarrándose el alma al ver a su propio niño —a quien creía muerto y sepultado— ser devorado vivo por la pira, quemado con el mismo desprecio con el que se ejecutaba a las brujas medievales en las crónicas antiguas. El fuego no distinguía el amor de la maldición; fundía el encaje negro, los granos de maíz incrustados y los recuerdos de infancia en una sola columna de humo amargo. La madre lloró, con un aullido que apagó por un instante las llamas, contemplando el destino final de la estirpe que Megan Grey había sembrado en las entrañas de Nueva Prusia.
A lo lejos, guarecida por la oscuridad de los pinos y con las notas tristes de su violín resonando únicamente en su memoria, la bella Megan observó la ejecución de sus ocho vasallos. Sus ojos reflejaron el resplandor de la hoguera, calculando el precio de su inmortalidad.
Acto IX: La carnicería de Nueva Prusia y el fin del sillar
Megan Grey contempló las cenizas de la hoguera de Halloween con una frialdad matemática. Había perdido ocho peones, pero el veneno ya corría por las venas de Nueva Prusia; la fiesta había dejado decenas de aldeanos mordidos que debieron ser sacrificados de inmediato por sus propios vecinos. La respuesta de los vivos fue implacable: armados con sabuesos y antorchas, iniciaron una cacería feroz que rastreó cada escondite. En pocas jornadas, bajo la luz que los aturdía, ejecutaron a dos Condenados por la tarde y a diez durante el día.
A la princesa gótica solo le quedaban 20 peones, pero el número le bastaba para desatar el final. Sin importarle la pérdida de sus súbditos, Megan ordenó una ofensiva total. Lo que siguió fue una masacre indiscriminada, una carnicería donde la piedad fue desterrada. Consciente de que el ejército se demoraba demasiado en llegar por el sabotaje de las comunicaciones, Megan decretó la muerte absoluta: ya no reclutaría a nadie más; los vivos eran solo estorbo o comida.
Los 20 no-muertos avanzaron bajo una lluvia de balas y proyectiles que perforaba sus ropas oscuras sin detenerlos. De las almas originales del pueblo, solo 50 ciudadanos sobrevivientes lograron replegarse, ensangrentados, tras los muros benditos de la iglesia de sillar. Fue en ese clímax de desesperación cuando el contingente del ejército que irrumpió en la plaza. Creyendo enfrentarse a una célula terrorista o a una secta satánica fuertemente armada, los militares abrieron fuego de guerra. Sin embargo, la estrategia convencional falló y el pequeño ejército comenzó a ser despedazado por la fuerza animal de la horda.
En medio del caos, un soldado al borde del colapso notó un patrón anatómico: los impactos directos en el corazón no los destruían, pero sí ralentizaban drásticamente sus movimientos. Al mismo tiempo, observó el pánico instintivo que las criaturas le tenían a las antorchas de la barricada.
—¡El corazón los frena! ¡Usen el fuego! —bramó el oficial.
Otro infante reaccionó de inmediato: vació una ráfaga en el pecho de un Condenado, tomó su botella de alcohol de campaña, la encendió y la arrojó sobre el monstruo. El cuerpo ardió en segundos, emitiendo un alarido agónico hasta quedar reducido a cenizas reales. Con la táctica descubierta, los soldados sobrevivientes y los 21 ciudadanos más aptos unieron fuerzas en una contraofensiva brutal. Al llegar el amanecer de 1987, arrastraron a los no-muertos capturados y los quemaron a todos en la plaza de sillar.
Acto X: La cepa del mensajero y el llanto en el barro
Megan, herida y diezmada, logró romper el cerco. Mientras huía por los desfiladeros de la Unión, un soldado fue despachado a toda velocidad hacia la capital para exigir apoyo masivo. Lo que nadie sabía era que ese mensajero ocultaba una mordedura en el torso. En el trayecto, el terror psicológico, el aferrarse desesperadamente a la vida y el pensamiento constante en su prometida aceleraron la mutación de la condena en su sangre.
El contingente militar remanente se quedó en el pueblo ayudando a los sobrevivientes, pero las tropas que custodiaban la ruta del infectado pronto fueron emboscadas desde dentro. Los soldados contagiados murieron en cuestión de horas y regresaron a la vida convertidos. Aquí se manifestó la regla más perturbadora del "efecto Megan": los reclutas que eran vírgenes mantenían intacta su cordura y razonamiento al transformarse, mientras que aquellos que no lo eran regresaban a la vida como condenados comunes, bestias sin mente de ojos rojos, colmillos ferices y gemidos guturales que terminaron por erradicar cualquier rastro de vida en los alrededores.
Mientras tanto, Megan Grey caía de rodillas en el barro de la carretera. Perseguida de cerca por los rastreadores, sin tiempo biológico para regenerar los destrozos causados por la lluvia de balas, vio llegar su final. El orgullo y la altivez se derritieron bajo el frío de la muerte inminente. Rompiendo a llorar sobre la tierra seca, despojada de su corona de sangre, la adolescente de quince años suplicó al cielo:
—Mamá... papá... perdón... perdón por lo que hice...
Los faros de una camioneta antigua rompieron la neblina del cañón. Las puertas se abrieron y la figura impecable de Nataniel emergió de la penumbra. Sin decir una palabra, Natan la levantó del suelo y la introdujo en el compartimento de una maleta de viaje, donde ella, con una flexibilidad contorsionista nacida de su naturaleza modificada, se ocultó por completo justo antes de que las patrullas barrieran la zona.
Las tropas de apoyo que llegaron finalmente a Nueva Prusia se encontraron con un campo habitado solo por monstruos guturales. Siguiendo las instrucciones del alto mando, los militares ejecutaron a las bestias y utilizaron lanzallamas para reducir el pueblo a escombros calcinados. Capturaron a un solo poseído con cordura para interrogarlo ante los generales en la capital; tras comprobar que la anomalía biológica era real, mataron al sujeto, lo incineraron y ordenaron la destrucción total de los archivos oficiales. Nueva Prusia fue borrada de la historia para evitar un conflicto diplomático con los gobiernos alemán y neozelandés. Los registros de Megan se salvaron únicamente porque ella no había nacido en el pueblo, sino en la "Ciudad Blanca" de Arequipa, un día de agosto en que su madre viajo a la ciudad a comprar semillas , herramientas y suministros para los animales de la granja.
Epílogo: El secreto de la eternidad en los bosques de Francia
Natan, haciendo uso de su ciudadanía francesa, se comunicó con sus tíos en Europa bajo la farsa de que sus padres habían perecido en un accidente en la cordillera de América del sur. Con el camino libre, abordó un transatlántico llevando consigo el equipaje donde descansaba la princesa de los condenados.
Instalados en una antigua propiedad campestre en Francia, lejos del polvo de la Unión, la pareja contrajo matrimonio por la iglesia civil para legalizar el estatus de Megan . La vida eterna los transformó mediante una simbiosis asombrosa. Al inicio, Megan seguía confinada a la dieta estricta de carne cruda y sangre, pero tras probar la sangre evolucionada de Natan, su propio cuerpo experimentó una mutación final: asimiló las habilidades de su esposo, desarrollando la capacidad de alimentarse tanto de carne y sangre como de comida normal, permitiéndole asistir a cenas y banquetes sin levantar sospechas en la sociedad francesa.
Debido al sello estéril de sus cuerpos inmortales, la pareja nunca pudo concebir hijos. Para renovar sus papeles ante las autoridades burocráticas del siglo XXI, debieron casarse por segunda vez bajo identidades completamente diferentes, ya que el tiempo parecía haberse detenido para ellos: en veinte años de vida compartida, ninguno de los dos envejeció un solo día. La obsesiva y el reservado terminaron por fusionar sus naturalezas; ya no había acoso ni rechazo, solo una complicidad silenciosa que consumaban los fines de semana en la intimidad de su alcoba, donde compartían el placer y el secreto de una inmortalidad que nació en las cenizas de un pueblo olvidado.
Aunque respeto lector quizás te hayas percatado que Natan acepto a Megan solo para esa bella damisela no genere caos y pánico por segunda vez.