Carta al olvido.
He aprendido a caminar con una piedra en el pecho,
como si el corazón fuese un cuarto vacío
donde el eco repite nombres que ya no responden.
Las paredes guardan retratos sin rostro,
promesas que se oxidaron bajo la lluvia
de un invierno que nunca termina.
A veces la madrugada me encuentra despierto,
mirando el techo como quien mira un cielo sin estrellas,
preguntándome en qué rincón del día
se me quedó la esperanza extraviada.
No es que la herida sangre,
es que no cicatriza;
late, respira,
y me acompaña como sombra fiel.
Hay días en que sonrío por costumbre,
como quien firma un documento que no leyó.
El mundo sigue girando, indiferente y exacto,
mientras yo recojo los pedazos
de una fe que cruje entre los dedos.
No pido milagros,
ni siquiera descanso;
solo espero que el mundo no se detenga,
aunque yo camine más lento,
aunque el vacío me nombre en voz baja
y me invite a quedarme quieto.
Estoy cansado de conversar con la ausencia,
de fingir que el silencio no pesa,
de sostener la noche con las manos abiertas.
Pero aún respiro,
como quien guarda una última chispa
en medio del viento.














