Querida Mort,
Te mando un saludo lejano, aunque sé que en algún momento te veré.
Has intentado visitarme pegándote a seres queridos, aunque no te he dejado entrar. Debo decirlo: eres una presencia non grata.
No me gusta verte, no me gusta pensarte, no quiero entenderte ni conocerte a fondo. Me gustaría que fueras un concepto del que pudiera escapar. No te acepto, no te quiero y no me agrada tu cercanía.
Me quitas el aire, me enciendes el rostro, haces que el cuerpo me arda y que desee no haberte conocido jamás.
Quisiera poder controlarte, quisiera evitarte —para mí, para mis amigos, para mi familia—. Sé que es egoísta pedir ese trato especial, pero si existiera algo que pudiera hacer para mantenerte lejos, lo haría sin dudar.
Intento repetirme que eres algo natural, que no me daré cuenta cuando llegues, que tal vez eres más amable de lo que pareces; que es mi cultura la que te demoniza. Pero mi mente no logra aceptarte del todo.
Supongo que eres una de esas cosas a las que solo queda resignarse. Sin embargo, no puedo hacerlo sin sentir tristeza, sin perder el propósito, sin sentir que me acechas y que el tiempo se acorta. Eres un recordatorio hostil de todo lo que tengo que hacer y de todo lo que jamás haré.
Espero que cuando llegues yo sea más sabia, más paciente, menos terca. Y espero, de verdad, que falte muchísimo, muchísimo tiempo para ese encuentro.













