✸ Magia y dinero ✸ (relato lgbt)
"—Que pena que no haya asesinatos, ni gente desaparecida, ni nada por el estilo, ¿verdad?
— Pues sí, de eso estoy hablando.”
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La oscuridad le rodeaba, las vegetación a su alrededor no hacían más que dificultar su orientación. No podía estar seguro de que algo siguiera detrás de él, así que continuó avanzando, intentando caminar rápido, sin morir de dolor por su pierna, y no hacer ruido al mismo tiempo. Decidió girar a la izquierda entre los arbustos. Sabía que daba igual por donde fuera si no tenía ni idea de en qué punto se encontraba, la salida podía estar en cualquier sentido. Su única solución era apartar ramas y hojas para abrirse camino. Una vez y otra, en un sendero sin final y con la tensión de lo que podía tener detrás de él. Cuando tocó algo que no era vegetal espero un segundo. Un muro, la salida estaba más cerca.
Miró hacia arriba, la Luna menguante apenas iluminaba nada, lo justo para hacerse una idea de la altura. No podía escalar por él y ninguna de las plantas a su alrededor tenía las ramas lo suficientemente fuertes como para aguantar su peso. Quería salir de allí. No sabía si un simple muro pararía los pies a lo que le estaba siguiendo, pero quería salir de allí ya. Fue avanzando con una mano apoyada en la piedra. su única opción era seguirla hasta encontrar una puerta. Le fastidió tener que frenar más su avance por culpa de las raíces y ramas que se pegaban a la piedra, y más de una vez se enganchó un pie y estuvo a punto de caer. La pierna derecha cada vez le dolía más y eso le preocupaba. Pero a la vez el muro le daba esperanzas después de… No sabía cuánto tiempo, ¿horas? ¿minutos?
Un paso. Otro paso. Las hojas moviéndose a su alrededor rozándole y algunas ramas arañándole al pasar. Estaba cansado, muy cansado, intentó acelerar, la salía debía estar delante de él en algún punto, le daba igual la velocidad, le daba igual el ruido.
¿Qué era otro crujido de una rama romperse? Ya había perdido la cuenta de cuantas se habían roto a su paso.
Pero.
¿Esa había sido a su paso?
··········
Eva estaba recostada en uno de los divanes de la biblioteca. Todavía en camisón y el batín a pesar de que acababan de dar las diez y media de la mañana en el reloj de la pared. Su cabello rubio esparcido suelto y sin peinar bajando por sus hombros, las puntas llegando a los cojines. Delante de ella había una mesita baja con la bandeja de plata del desayuno a medias. En las manos, Eva tenía el periódico de esa mañana y un pedazo de pan mojado en mermelada en dirección a su boca.
—Últimamente no pasa nada… —dijo con un suspiro al tiempo que pasaba la página.
Dian estaba sentada en el otro extremo de la biblioteca en un escritorio lleno de documentos y libros de cuentas, una enorme ventana detrás que iluminaba toda la habitación. Ella ya iba vestida con un vestido de calle verde, a pesar de tampoco haber salido de casa. El cabello negro sí que lo llevaba recogido, pero por pura comodidad con un prendedor, algunos mechones escapándose por momentos. Alzó sus ojos rasgados de los documentos que había estado fingiendo mirar segundos antes para que Eva no se diera importancia.
—Que pena que no haya asesinatos, ni gente desaparecida, ni nada por el estilo, ¿verdad?
—Pues sí, de eso estoy hablando—señaló a Dian con el pan—. No te hagas la inocente conmigo. Cuando se incendió la fábrica Herbert a tu negocio le vino bien. Siempre hay alguien que se beneficia de las desgracias ajenas y eso no es malo.
—En la Herbert no murió nadie.
—Las funerarias y cementerios se lucran de que la gente se muera y nadie tiene nada en contra de ellas.
—Touché. Supongo —una sonrisa todavía en los labios porque, de algún modo macabro, le encantaba esa faceta sin moral y práctica de Eva.
Su esposa alzó una ceja y curvó los labios en una sonrisa de superioridad. Incluso el movimiento de llevarse otro pedazo de pan con mermelada en la punta a la boca tenía restos de ello.
Dian volvió a sus documentos. Tenía a varias personas contratadas para que hicieran los números e informes, pero le gustaba revisarlos ella misma. El apellido de su familia, desde hacía años solo el suyo, era el que aparecía en su fábrica, almacén de confección y galería comercial, al fin y al cabo.
—¿Hoy me acompañaras? —preguntó más por formalismo que por otra cosa.
—Sí… —Eva se encogió de hombros con desgana —No pasa nada en el mundo.
Dian puso los ojos en blanco sin salirse de su página de números, el dramatismo de cada día.
—No se preocupe, señora —la voz de Cloe llegó desde la puerta —. Puede que traiga la solución a eso.
Avanzó hasta Eva con una de sus manos en alto, en ella un sobre que iba agitando suavemente. Eva se incorporó tan rápido de su postura de “no pasa nada en el mundo” que Dian estuvo segura de que llegó a marearse.
—¡Ven! —Eva encogió las piernas para dejarle sitio a su amplia falda negra en el diván. Con una mano tomó la carta y la otra la dejó unos segundo tomando la de Cloe —¿Quieres desayuno? Yo ya estoy bien.
Se hizo el silencio durante los cinco segundos que Eva tardó en leer la carta. Después llevó la vista a Dian con ojos decididos.
—Vamos a ganar dinero a costa de muertes ajenas, querida.
··········
—¿Quieres que busque a alguien que pueda poner música a ese baile misterioso que parece que tienes ganas de bailar?
Eva, con la mano todavía en el llamador de la casa, la miró con una expresión indiferente que rozaba la ofensa. El pequeño sombrero granate puesto de lado sobre su cabeza le y los diez centímetros que separaban en altura la una de la otra servían para darle un aire todavía altivo
—Se llama ilusión, es sano exteriorizar los sentimientos —sonrió con superioridad —. Lo siento si tú no sientes ilusión por tú trabajo.
Dian iba a contestar, pero en ese momento se abrió la puerta. La sonrisa de Eva había desaparecido de su rostro para dar paso a la expresión profesional. Al otro lado se encontraba una mujer de mediana edad vestida de negro, con un cuello blanco asomando debajo del vestido, un cinturón y un enorme manojo de llaves colgando de él.
—Buenos días —habló Eva antes de que pudiera hacerlo la mujer —. Somos Evangeline Beryl y Dian Wu —le ofreció una tarjeta de visita —. ¿Creo que Dafne Argyris nos está esperando?
La señora asintió y se apartó de la puerta.
—Pasen y esperen aquí un momento, por favor.
Se quedaron esperando en el vestíbulo y Dian aprovechó para mirar a su alrededor mientras se quitaba el abrigo. Era un vestíbulo cualquiera: una mesa, un jarrón con flores, varios cuadros en las paredes y papel pintado con motivos vegetales en las paredes.
—Pues su casa tampoco me impresiona tanto.
—¿Por qué iban a hacerlo? Son gente con dinero, sin más.
—Como me dijiste que eran la familia más conocida dentro de la gente aficionada al esoterismo me imaginaba la casa más… ¿llena de cosas? Y por ahora su casa se parece a la mía.
—Ese no es que sea un buen ejemplo.
—Sabes lo que quiero decir.
Un dedo se alzó ante su rostro, prácticamente tocando sus labios.
—No sabes apreciar las cosas buenas cosas de la vida. ¿Ves esas flores? Son de curcuma y sirven de protección. Encima de la puerta por la que acabamos de pasar hay ruda para evitar peligros, además de que la puerta es de madera de... ¿Almendro? Para atraer el dinero —suspiró —. El picaporte no estoy segura, pero el llamador puedo asegurarte que es de hierro, por razones obvias, así que voy a asumir lo mismo, porque esta gente no es estúpida. En ese cuadro, en el fondo, tienes el símbolo… En realidad te da igual, símbolos mágicos. Así que, dime, querida, ¿qué “más” esperabas? —miró a su alrededor pareciendo un poco impresionada —Al menos esta gente parece saber para qué sirven las cosas y no es un simple decir “uuuhh cosas que hacen magia”.
Dian se mordió el labio para no dejar escapar una sonrisa y deseó estar en casa en ese preciso instante. Eva sonrió de medio lado, barbilla en alto, claramente leyéndole el pensamiento.
—Ya pueden pasar.
Eva se volvió hacia la ama de llaves, una vez más la expresión profesional recuperada en un segundo. Los años de práctica hubiera dicho ella. Le posó el abrigo en el brazo después de Dian, debajo un vestido granate con las puntillas negras.
—Muchas gracias.
Subieron las escaleras que tenían en frente y llegaron a otro recibidor. La señora las llevó a un salón secundario donde un sofá y dos sillones rodeaban una chimenea, tapada por un panel con flores. Eva las señaló para Dian y movió los labios diciendo algo. Dian no entendió nada pero asumió que era el nombre de la flor y para lo que servía, asintió para darle el gusto.
La mujer, que se encontraba sentada en uno de los sillones cuando llegaron, se levanto con una mano extendida hacia ellas. Parecía más o menos de la misma estatura y complexión que Eva, piel rosada, cabello castaño oscuro rizado recogido en la nuca con un broche que conservaba detalles rosas claro, haciendo juego con su vestido. Su rostro redondo mostraba una expresión segura, así como sus ojos grandes y marrones, con una pequeña sonrisa educada bajo su nariz redonda.
—Gracias por venir, soy Dafne Argyris, la hija mayor de la familia —estrecho la mano con firmeza primero a una y luego a otra —. Por favor, siéntense.
Dian se sentó en el sofá y Eva con ella. Tras una mirada a su señora, una criada les sirvió el té y les paso las tazas.
—Bien —empezó Eva, ya que tras dos sorbos nadie decía nada —. Desde un principio sepa que voy a necesitar todos los detalles que tenga en su conocimiento. Ocultarme cosas solo va a servir para dificultar mi investigación y que todo esto se alargue más, con lo que, en consecuencia, tendría que pagarme más—lo dijo como si esas dos cosas resultasen un problema, cuando Dian sabía que el único era que se frustraría porque habría algo que no tendría sentido en todo el puzzle.
La expresión de Dafne cambió una milésima de segundo antes de volver a ser la de anfitriona, no debía estar acostumbrada a que alguien que iba a pagar le tratase así.
—Me parece correcto.
—Entonces cuéntenos.
—Ayer por la noche el servicio oyó un grito procedente del jardín en la casa de campo que tenemos. Toda mi familia está fuera de la ciudad por negocios y, a esas horas, todo el servicio ya estaba dentro de la casa y no habíamos invitado a nadie durante ese día. Sé que se pasaron buscando durante horas, pero esa noche no encontraron nada. Hoy al amanecer han encontrado manchas de sangre en uno de los muros, también un rastro, y lo están siguiendo mientras hablamos.
—¿Usted no lo ha visto?
—No.
—¿Y por qué llamar a Evangeline y no a las autoridades? —intervino Dian.
—De esta o la otra casa no entra ni sale nadie sin permiso de alguien de la familia. No tenemos ni idea de que quién es ni la razón del ataque. Me da igual si es un caso sobrenatural o no, la quiero a usted por precaución, señorita Beryl, sería la única en reconocer las pistas en el caso de que lo fuera.
—Bien. No voy a molestarme en decirle mis honorarios. Asumo que a alguien como usted le dará igual, los pagará y ya está, sobretodo teniendo en cuenta el asunto a tratar. Pero sepa que sí que me tiene que pagar un adelanto. Puede pedirme que cada día le haga llegar un informe, que se lo haga llegar cuando ya esté todo solucionado o ninguno en absoluto, que le informe sobre el final y ya está.
—Únicamente me interesa el resultado —Dafne Argyris, como el resto de su familia era una mujer ocupada, tenía cosas mejores que andar leyendo informes.
—De acuerdo —Eva se levantó—. Pues ya nos vamos a poner manos a la obra. ¿Podría dejarnos a alguien del servicio para que nos hiciera de guía en la casa de campo?
—Si, Betsy las acompañará.
Eva asintió con la cabeza como señal de agradecimiento y despedida. Dian espero a que Dafne le diera instrucciones a la criada que había estado con ellas en la habitación sobre que avisaran a Betsy para levantarse y dirigirse a la salida con Eva. Asumió que en esa casa ya habían instalado teléfono.
Cloe las llevó a la casa de campo de la familia Argyris en un coche de gasolina que Dian había comprado hacia pocos meses. En la hora que tardaron en llegar Cloe y Eva se aliaron para intentar convencer a Dian de que les dejara ir más deprisa y para criticar a la gente que tenía dinero y se creía superior al resto.
—No usted, señora.
—Por supuesto que tú no, amor.
—Eso espero, porque tú vives de ese dinero.
Eva le dio un beso en la mejilla antes de seguir con una anécdota de cuando era pequeña y había tenido que trabajar de ayudante de una modista.
Cuando llegaron a la reja de la entrada de la casa, ya había un chico esperandolas. Iba vestido sencillo, con camisa blanca y pantalón marrón, un poco manchado de tierra, asumieron que era un jardinero. Hizo una leve inclinación de cabeza después de abrir la puerta y dejarlas pasar.
En las escaleras de entrada encontraron a Betsy, como las criadas que habían visto en la casa de la ciudad, llevaba un vestido negro encima de una camisola blanca y un mandil blanco encima de este, con el pelo recogido en una cofia.
—Me han dicho que les tengo que hacer de guía, señoras. Me llamo Betsy.
—Sí, gracias —dijo Dian, Eva todavía seguía mirando a su alrededor, esta vez con un aire más crítico y de recoger datos —. Lo que vamos a querer es que nos enseñes la mancha de sangre
—Siganme, por favor.
Las guió por el exterior de la casa cruzando el jardín, que era totalmente diferente a los que Dian había visto en las casas de campo. Todo eran árboles y arbustos, casi sin separación entre ellos. Eva fue recitándole a Dian lo que era todas las plantas que reconocía, esta vez sin decirle para qué servía, pero Dian ya estaba cogiendo la idea.
Las manchas estaban a unos 50 metros de la puerta principal de la finca. Estaban a distintas alturas y los chorretones se alzaban casi hasta arriba del todo del muro. Dian abrió el bolso que se había colgado del brazo al bajar de su coche para sacar la cámara de fotos que había en su interior. A pesar de haber ido comprando cada modelo nuevo que salía, a Dian le seguía pareciendo un poco grande para llevar con ella por ahí, aunque mil veces mejor que las dos primeras que tuvieron con sus patas molestando todo el tiempo. Se colocó lo suficientemente lejos como para que saliera toda la sangre en una foto y disparó.
—¿Se sabe ya a dónde lleva este rastro? —pregunto Eva, mirándolo durante unos segundos antes de volverse hacia la mancha. Del final de uno de los mitones negros hasta el antebrazo que llevaba sacó un lápiz minúsculo que siempre llevaba con ella y tocó la pared ensangrentada. Buenamente podía tocarla con la mano, en opinión de Dian, no sabía cómo podía seguir escribiendo con eso.
—No estoy segura... No habían vuelto cuando ustedes llegaron, pero sé en qué dirección fueron.
Volvieron por donde habían venido y recorrieron un sendero que pasaba al lado de la casa. Esta era, al menos el doble de grande que la casa de los Argyris en la ciudad y más antigua. Mientras que la de la ciudad estaba cubierta la fachada por azulejos marrón claro y naranja con formas geométricas y las ventanas ricamente decoradas con relieves; esa era simple piedra, con algún detalle adorando en los alféizares de las ventanas y únicamente dos pisos, el resto de su espacio ocupado horizontalmente. Betsy las condujo hasta unas grandes puertas que resultaron ser las cocheras, les pidió que la esperaran a la puerta mientras ella iba a por el coche.
—La persona va a estar muy muerta —Dian la miró esperando más explicación —. ¿Has visto la cantidad de sangre? Incluso hay una de las manchas que definitivamente es de sangre del cuello.
A Dian le habían parecido todas iguales, o ella más bien lo hubiera denominado una enorme mancha de sangre.
Betsy apareció conduciendo un coche de gasolina y se detuvo delante de ellas. Se bajó para abrirles las puertas y, una vez que estuvieron todas acomodadas, se pusieron en marcha.
Los terrenos de la familia Argyris eran lo suficientemente extensos como para que la mejor forma de desplazarse fuera un transporte. Vivian de las rentas de sus tierras, además de tener otros negocios de la ciudad que habían ido adquiriendo y juntando con las distintas generaciones. Asi que fueron cruzando rebaños y cosechas.
—¿No quieres parar y mirar el rastro? —pregunto Dian.
—¿Para qué? Han pisado por encima y por ahí —señalo al que tenían delante — con el coche. Lo que pudiera haber sacado de ello ya lo habrán fastidiado. Vamos a alcanzarles, a ver que conseguimos sacar.
Desde lejos Dian ya vio hacia donde las estaba llevando Betsy. Los lindes de un bosque se abrían ante ellas, en ese terreno plano no se podía averiguar muy bien hasta donde llegaba o el tipo de vegetación. Lo siguiente que llamaba la atención era el coche vacío detenido y las dos figuras detenidas, un hombre y una mujer, al lado de un bulto blanco de tamaño humano.
Al llegar les saludaron, el bulto blanco que había a su lado era algo tapado con una sábana. Dian ya se imaginaba lo que había debajo de la sabana y sabía que Eva también.
—¿Cuantos kilometros hay desde el muro hasta aquí? —pregunto Dian cuando se hubo bajado del coche, seguida por Eva.
—Unos treinta, señora —dijo el hombre.
Mientras tanto Eva había ido avanzando hasta la sabana, para levantarla por una de las esquinas. El hombre y la mujer apartaron la vista, pero su cara de repugnancia, como si igualmente recordaran lo que había debajo fue lo que dio a Dian la curiosidad.
—¿Que han averiguado? —pregunto Eva, sus ojos examinando el cuerpo cuando Dian llegó a su lado.
—Es un animal lo que lo ha traído hasta aquí —dijo la mujer.
Bajo la sábana se encontraba el cuerpo de un hombre. Tenía gran parte de las piernas comidas, así como uno de los brazos y parte del cuello y la mandíbula.
—Si, por las heridas diría lo mismo —se volvió hacia Dian —¿Podrías traer la cámara, por favor? —esta volvió al asiento trasero del coche a por ella — ¿Alguna idea de lo que es?
—No del todo—Dian se puso a hacer fotos al cuerpo mientras seguía la explicación—. En estas tierras a veces se cuelan lobos o zorros, incluso perros salvajes, pero no atacan así. Menos aún a una persona.
—Sobre la víctima, ¿tienen alguna idea?
El hombre y la mujer se miraron durante un segundo, muy rápido. Dian lo percibió por pura práctica y supo que Eva también.
—Se parece a alguien que en ocasiones venía a la casa de invitado.
—¿Creéis que vuestra señora lo reconocería?
—¿Si?
—Bien —sus ojos llevaban unos segundos viajando por su alrededor —, a partir de aquí nos encargamos del rastreo nosotras, gracias. Si podemos decirnos dónde encontrasteis el cuerpo —el hombre asintió y comenzó a andar hacia el interior del bosque con Eva detrás.
—Y si podéis encargaros de llevar el cuerpo para que la señorita Argyris lo identifique y decida qué hacer con él—añadió Dian antes de seguir a Eva, Betsy y la otra mujer asintieron.
Unos diez minutos después llegaron a la orilla de un río y el hombre no tuvo que señalar susurrando "ahí" para que supieran donde había estado el cuerpo, el terreno un poco removido, las huellas que se habían creado al sacar el cuerpo del bosque y que en ese punto había más sangre, lo dejaba muy claro.
—Gracias —le dijo Eva al hombre —, ya puede ir a ayudar con el cuerpo. Dígale a Betsy que se quede con uno de los coches.
—De acuerdo, señora —se giró y se fue.
Eva comenzó a pasearse mirándolo todo: la tierra, las hojas la sangre. Eva había aprendido con los años que lo mejor en esos momentos era dejarla estar y ella ya volvería a decirle algo en el momento que creyera oportuno.
Pero vio como Eva se seguía alejando y seguía en silencio analizandolo todo y ella misma empezó a desesperarse un poco.
—Dian —su voz no tenía tono, no sabía si era algo bueno o malo y ni siquiera llegaba a verla.
Dian tuvo que seguir la voz. Encontró a Eva agachada junto a un arbusto, unas hojas entre sus dedos. Le puso una mano en el hombro y se inclinó para tener un mejor perspectiva de lo que Eva estaba viendo.
—Es un caso de los nuestros —dijo Eva, en sus dedos unas hojas verdes con manchas negras. Como si algo las hubiera teñido al tocarlas—. Esto es comino —siguió explicando sin esperar a que Dian preguntara —. Ciertos seres mágicos no los soportan.
—Entonces, ¿tenemos que buscar algo en todo el terreno! Por esta parte, que hay bosque?—Eva asintió —. ¿te das cuenta de que es enorme?
Eva se incorporó, al girarse Dian vio que tenía una sonrisa en el rostro.
—Tu esposa tiene sus trucos. Igual que hay plantas que repelen a los seres mágicos, también hay plantas que los atraen. Solo tenemos que buscar una zona donde haya de esas.
Algo debió traicionar la expresión de Dian, porque Eva se rió.
—No te preocupes, me hago una idea de dónde podrían estar las que necesitamos. Al menos en eso no tardaremos mucho y podrás volver pronto a tus cosas de dueña de empresas y ganar dinero.
—Esto también es ganar dinero.
—Es cierto, pero es mío.
Dian puso los ojos en blanco con una sonrisa en los labios.
Decidieron volver al coche a por una cuerda, en la que hicieron un nudo de lazada. Era muy difícil que fueran a atrapar a algo así, pero mejor eso que nada.
Comenzaron a avanzar por el bosque en silencio, dejando a Betsy otra vez donde el coche. Eva iba mirando a todos lados, buscando. Dian iba admirando el bosque a su alrededor, intentando, como mucho, ver en la distancia algún animal grande. Por mucho que hubiera preguntado por la planta no habría sabido reconocerla.
En algún punto del camino, con los pájaros cantando a su alrededor, el sol moviendose por el paso de tiempo, sus faldas manchandose al rozar el suelo y las hojas por cada paso que daban, entrelazaron los dedos.
Dian perdió el sentido del tiempo y el lugar. Seguramente Eva habría sabido decirle la hora mirando el Sol y donde estaban mirando a su alrededor y la orientación de todo. Ella no, ella era números y organización. Cada una de sus familias les había enseñado para lo que creían que querían que se dedicasen en el futuro. Ambas habían cogido eso y lo habían transformado en algo suyo.
Eva se detuvo en seco, Dian con ella. Se quedó quieta, mirando alrededor pero esperando instrucciones.
—¿Ves algo? —preguntó. Sus ojos viajando por un mar de helechos.
—No, pero si está debería ser aquí.
Eva las hizo avanzar un par de pasos más, con cuidado. Llevándolas hasta la frontera con los helechos. Se agachó despacio, Dian únicamente le veía la nuca, pero sabía que sus ojos no paraban de buscar, ella estaba haciendo lo mismo.
—Ven —Eva estiró la mano que tenían entrelazada y se la pasó por debajo de una de las hojas de helecho —. No estoy segura, pero con suerte así no se pondrá tan violento con nosotras.
Hizo que tocara el anverso del helecho también con la otra mano y después paso las suyas por su cara y cuello. Hizo lo mismo con ella misma.
—Así, que parezca que nos hemos rebozado un poco por aquí y que venimos en son de paz.
Una vez listas siguieron avanzando por la masa de helechos. Dian avanzó un paso más rápido para estar a la altura del oído de Eva.
—Me parece maravilloso que nosotras intentemos ir en son de paz, pero… ¿si la criatura no viene en son de paz?
—Tengo el revólver, ¿con quien crees que vas?
—De acuerdo, de acuerdo. Era para asegurarme.
Eva suspiró fingiendo ofensa y negó con la cabeza. Pero su pulgar acarició el anverso de la mano de Dian. Sonrió.
Dos pasos después Eva se detuvo en seco, todo su cuerpo tensandose, Dian notó el suyo hacerlo también por inercia
—Allí —Eva señaló con el dedo.
—No veo nada.
—Algo se ha movido y hay helechos aplastados. Está ahí seguro.
Pasaron un par de segundos en silencio.
—¿Puedes sacar el revólver, por favor? —susurró Dian. Habían empezado a oír una especie de gruñido y hojas moverse suavemente.
Eva subió la mano que no tenía unida a la de Dian, ahí estaba el revólver.
—¿Tienes la cuerda?
Dian asintió. dieron un paso.
—Esto no va a salir. Tengo miedo.
—Nos peleamos contra un troll que era el doble que las dos juntas por todas partes.
—Sí, y también tenía miedo entonces.
Otro paso.
—No te preocupes.
—Voy a querer parte del dinero que te paguen. Yo también estoy trabajando.
Oyó a Eva reír suavemente.
—Está bien, está bien.
Acarició una vez más los dedos de Dian antes de soltar su mano.
—Espera —le pareció a Dian que decía.
Las dos manos en el revólver y avanzó un paso con sumo cuidado. Todavía no veían a la criatura, pero debía de estar a unos cinco metros.
Dian se quedó quieta viendo a Eva avanzar lentamente. Su única defensa era una cuerda con un nudo de lazo. Daba igual con qué criaturas hubieran peleado, la suerte siempre había estado de su parte. Para no morir, heridas sí que habían salido y mucho. Dian pidió al mundo que, como máximo esa vez salieran heridas.
Todo pasó muy rápido. Eva dio un paso, el sonido de las hojas de los helechos acarició su falda, un gruñido algo diferente al resto pero muy bajo como para ser de advertencia. Un movimiento de helechos que Dian no supo distinguir de dónde venía y una mancha saltando con un ladrido que sonó como un perro. El sonido de las balas dejando el revólver de golpe, luego una respiración agitada como único sonido para llenar el silencio.
Fue pasados unos segundo cuando Dian se dio cuenta de que había cerrado los ojos. Dudó otro segundo más sobre si abrirlos o no, pero el mundo iba a seguir su curso independientemente de si ella los abría o no, así que separó los párpados no sabiendo muy bien qué esperar.
Su esposa seguía ahí de pie ante ella, era la que estaba respirando por la boca para dejar escapar los nervios. Sus miradas se encontraron un segundo, preguntándose mutuamente si estaban bien. No hizo falta ningún movimiento para darse a entender que sí y solo entonces ambas movieron los ojos hacia la figura que estaba en el suelo.
Era grande como un lobo. Blanca, de un blanco extraño y fantasmagórico, su pelo corto y fisionomía le daban una figura esquelética. Se notaban sus costillas subir y bajar, el hocico alargado y las orejas altas eran rojo oscuro que se iba degradando. El ser las miraba con el único ojo que tenía a la vista en ese momento. Su ojos negro atravesandolas, pero sin parecer que se fuese a mover. Dian busco las heridas o sangre saliendo de su carne, pero no encontró nada.
El ser pestañeo, muy pausadamente. Ellas no se movieron.
Volvió a hacerlo. Pero esta vez no abrió el ojo de nuevo. Eva a su lado respiró por fin, Dian todavía no se atrevió a moverse porque seguía viendo como su tórax subía y bajaba.
—¿Va... Va a morir?
–No. Las balas son para dormir.
—Oh –silencio—. ¿Qué quieres hacer con él?
—Pues averiguar exactamente que es y por que esa aquí.
—¿Y si siempre ha estado aquí?
—Entonces asumo que la señorita Argyris me habría avisado y no me habría contratado. ¿Tienes la cuerda? –Dian se la enseñó y Eva estiró el brazo para se la acercara.
Con cuidado, a pesar de que seguía dormido, hicieron un arnés para poder llevarla atada lo más cómodamente posible sin hacerle daño.
El camino de vuelta fue despacio de nuevo, parándose por momentos para recuperar el aliento o recuperar la fuerza de las manos porque, incluso entre dos, la criatura pesaba.
Cuando aparecieron ante el coche claramente Betsy las vio primero a ellas y luego lo que llevaban arrastrando. Por cómo cambió la expresión de su cara y todo su cuerpo pasó de ir a ayudarlas tras horas desaparecidas a quedarse helada.
—¿E-Está muerto? ¿La-Las ayudo de algún modo?
—No, no. Tú solo ve arrancando el motor.
La chica asintió y se puso manos a la obra corriendo, escogiendo hasta el coche que más se alejaba de la criatura.
Abriendo la puerta trasera, metieron entre las dos a la criatura en el asiento trasero, Eva se sentó a su lado, con lo que Dian se quedó con el asiento del copiloto mientras volvían a la casa. Esta vez mucho más deprisa, con Betsy pisando, consciente o inconscientemente, el acelerador.
—Déjanos en las cocheras —pidió Eva cuando solo les quedaban un par de kilómetros.
Allí era donde estaba su propio coche, con Cloe esperando sentada en el asiento trasero leyendo un libro. Al acercarse el coche alzó la vista.
—¿Ya están, señoras? ¿Qué traen ahí?
Eva saltó al suelo para dirigirse al maletero de su coche.
—Buena pregunta. ¿Tenemos la sabana del disimulo?
Llamada así por todas las novelas y relatos en los que a Eva le había salido que ese era un buen modo de disimular cosas para que nadie sospechara. Después de hoy seguía convencida que era un método de mierda pero ¿porque no llevar una en el maletero?
—Sí, señora. No conseguimos quitarle todas las manchas en casa, pero ahí está.
Entre las tres envolvieron a la criatura en ella y la cargaron en el asiento trasero, Eva volvió a sentarse a su lado y Dian delante, mientras Cloe arrancaba el coche.
—¡Se me olvidaba! Tengo información para ustedes. El hombre era Joshua Maverick, a veces lo invitaban.
—¿Te suena? —preguntó Dian.
—No, pero ya lo hará.
Betsy las había estado mirando sin saber qué hacer. Su cuerpo y expresión todo el tiempo con una mezcla de querer ayudar y no querer acercarse en absoluto. Volvió a atreverse a hacer algo cuando vio que se iban a ir de verdad.
—¿No… No deberían avisar a la señorita de lo que han encontrado?
—La señorita me dijo que solo le interesaba el final, así que no. Si quiere saber algo te puede preguntar a ti.
Cloe, que había estado esperando a que terminara de hablar, arrancó.
En casa encerraron a la criatura, que ya había empezado a recuperar muy despacio el sentido, en una jaula en la habitación de invitados que se había traído con ella Eva al ir a vivir allí. Nunca la habían usado y Eva nunca contaba cómo la había conseguido. Allí la criatura cabía bien pero no le dejaba espacio para caminar.
Le quitaron todas las ataduras, Eva le curó las pequeñas heridas de los dardos y le pusieron comida y agua. Tras eso Eva fue a su estudio y Dian a la biblioteca, cada una a seguir con su trabajo y comiendo allí. Durante horas se escucharon ruidos por la casa de los golpes de la criatura dando contra los barrotes o aullando. Cuando por fin se calmó, Dian sintió la puerta de Eva abrirse, seguramente para ir a mirar si estaba bien.
—Es un sabueso de Annwn.
Dian alzó la vista de su cena, había estado sola en el comedor hasta ese momento.
—¿Perdona?
—Un sabueso de las hadas. Gracias —añadió cuando Biel le sirvió la cena a ella también— O de la Cacería Salvaje, hadas también —Dian asintió agradeciendo el recordatorio, aunque en ese caso sí se acordaba —. Pero no se sabe exactamente cuando vienen al mundo humano, algunos libros dicen que unos días en concreto, otros que los días de tormenta —se encogió de hombros —, cuando les da la gana…
—¿Y qué hay que hacer con él?
—Averiguar porqué está aquí él solo y como llegó. El sabueso es solo el arma homicida, ahora nos queda el resto.
A la mañana siguiente Dian se despertó sola en la cama y se sorprendió. Una cosa era que Eva se levantara más temprano cuando tenía trabajo y otra muy diferente era que se levantara antes que ella.
Tras ponerse la bata sobre el camisón se asomó a su estudio, estaba vacío. Aunque todos los libros de Eva estaban en su estudio, probó en la biblioteca. Vacía también. El siguiente lugar fue la cocina, había ocasiones en que iba a mendigar comida a Cloe y Biel si todavía no habían servido el desayuno.
—Está con el sabueso, señora.
Dian asintió, ya se lo imaginaba.
La encontró sentada a los pies de la cama abrazándose las rodillas. Todavía en camisón y una manta por encima, todo su cuerpo en dirección a la jaula, excepto su mirada, que en ese momento se dirigía hacia ella. El sabueso, que había estado echado, también se volvió rápidamente hacia Dian y comenzó a gruñirle.
—Había conseguido que se calmara —dijo Eva cuando Dian se sentó a su lado.
—Si quieres me voy y no me interpongo entre vuestra conexión.
Eva entrelazó los dedos con los suyos con una mano y le acarició el dorso con la otra.
—Se llama Sirio.
—¿Por qué?
—Porque Sirio es la estrella más brillante de la constelación de Canis Major.
—Eso ya lo sé, lo que pregunto es por qué de repente tiene nombre.
—No le vamos a llamar “el sabueso de Annwn” todo el tiempo.
—¿O si?
Eva se volvió hacia ella durante un segundo y puso los ojos en blanco negando con la cabeza.
—No me voy a quedar con Sirio, lo más probable es que las hadas lo quieran de vuelta o necesite cuidados especiales. Solo que…
—Quieres una mascota temporal.
Eva se encogió de hombros mirándola inocentemente.
—¿Yo pagaré sus gastos?
—Eso da igual —dijo Dian sonriendo.
—Como agradecimiento te llevo a una fiesta.
Dian alzó una ceja.
—Sí, conozco tus “agradecimientos” llevándome a sitios.
—Sé que preferirías otros y, no te preocupes Dian, el día es largo y todavía hay tiempo —añadió con una sonrisa lasciva —. Pero esta fiesta te gustará, o por lo menos la encontrarás curiosa.
Del otro lado al que estaba sentada Dian, Eva sacó un sobre abierto. Encima de él una invitación a una “Reunión Sidererus” extendida por Marina Ágave, una antigua clienta, para Evangeline Beryl y acompañante.
—¡Oh! Nunca hemos ido a esta.
Tampoco es que hubieran ido a más de una.
—Que sepas que Marina “espera que sepamos comportarnos”.
Dian alzó la vista a los ojos pícaros de Eva.
—Porque me cae bien —dijo —, sino ya iba yo a enseñar a Marina “cómo sabemos comportarnos”.
—¿Verdad?
—¿Cuándo es?
—El viernes.
—¿Qué vas a hacer hasta entonces?
—Averiguar todo lo que pueda de Maverick y Sirio, cuanto llevaba en los terrenos de los Argyris, cómo es posible que llegara…
—Si necesitas el coche cógelo sin problema, yo ya me las arreglaré.
—Ya —respondió con chulería.
Un segundo después sonrió pícara e inclinó la cabeza hacia Dian pidiendo un beso. Dian le hizo esperar un segundo más de lo normal pero luego fue a sus labios.
Los tres días que quedaban hasta el viernes Dian prácticamente no coincidió con Eva para nada. Si estaba en casa, había trasladado momentáneamente su estudio al cuarto de invitados, porque mover la jaula de Sirio a su estudio hubiera sido mucho más complicado. Dian empezó a dejar la puerta de la biblioteca abierta para verla pasar de un lado a otro cuando necesitaba ir a por otro libro a su estudio. Recibiendo un saludo o una sonrisa cara vez que Eva pasaba por delante de la puerta.
Pero eso era unas horas al día, el resto se lo pasaba por ahí con el coche, llegaba cuando Dian ya estaba en la cama medio dormida y se levantaba antes que ella para volver a iniciar el día.
Al segundo día ella misma se descubrió pasando unas horas leyendo en la habitación de invitados y, al segundo día, Sirio ya se echó en su presencia y hasta cerró los ojos.
Cuando volvieron a coincidir durante horas fue al prepararse para la fiesta.
—¿Estás lista?— preguntó Eva asomándose al vestidor de Dian.
Llevaba el pelo en un recogido de trenzas que se mezclaba con cintas negras de raso. El vestido, también negro, dejaba ver sus clavículas y antebrazos con unas mangas sueltas. Lo recorrían detalles plateados en los bordes de las mangas. a la altura de la cintura, en el escote y al final de la falda. En las manos unos mitones de rejilla.
Dian poniéndose el segundo de unos pequeños pendientes de gorriones y mirando al espejo, sonrió.
—Pensaba que sí, pero no sabía que teníamos que maquillarnos como si de verdad fuéramos a participar en alguno de los ritos.
Eva puso sus ojos sombreados en negro en blanco y avanzó unos paso, acercandole a Biel una horquilla para el recogido de Dian.
—Primero; no, no hace falta, parece que no me conoces. Y segundo; sinceramente, sabes que seguramente acabaría en un ritual.
—Sí —suspiró haciéndose la exasperada —, lo sé. Te esperaré donde las bebidas. No invoques nada peligroso de lo que no puedas hacerte responsable.
Biel dio por concluido su trabajo y, tras una última sonrisa a ambas, las dejo solas. Eva se acercó un poco más y acarició con el reverso de los dedos el final del cuello de Dian.
—Sabes que no lo haría.
A la reunión las llevó Cloe en el coche. No es que estuviera muy escondida, era en una de las casas del centro de la ciudad.
—¿Me vas a contar lo que has averiguado estos días o es demasiado “secreto profesional”?
Eva la miró sonriendo divertida y con un deje altivo.
—Ya me parecía a mí que estabas tardando mucho tiempo en preguntarme.
—Pues resulta que Joshua Maverick se dedica a la compra y venta de objetos esotéricos, esculturas, obras de arte y ese tipo de cosas, para gente que quiere comprarlas.
—¿La familia Argyris también?
—Eso es lo que hay que averiguar. Con lo petulantes que son y el dinero que tienen seguro que tienen más cosas de lo que hemos visto en la casa a simple vista. Una colección privada o algo así, para enseñar a sus amistades.
—Tu también tienes cosas mágicas por casa, que yo recuerde.
—¡Pero tienen una función! No están ahí para decir "mira que bonito, me gaste X dinero en ello".
—Cuando fuimos la primera vez a ver su casa...
Dian vio un dedo amenazante delante de su cara y puso los ojos en blanco sonriendo.
—Vale, vale. Punto uno: averiguar quien compraba a Maverick, ¿no?
—Si, también si alguien le vendía, porque en las oficinas de la frontera me dijeron que entraba cargado pero también salía cargado.
—Entendido. Pero Dafne dijo que no había nadie en la casa esa noche.
—Solo el servicio.
—Solo el servicio, es cierto. Pero si estaba allí para comprar algo, ¿Crees que alguien que no fuera de la familia hubiera hecho la transacción?
—Yo no lo habría hecho y me parece que, al menos Dafne, tampoco. Además, volví para preguntarle a la gente que trabajaba en los territorios si les sonaba haber visto a más animales, o algo, muerto. Al parecer esa mañana, mientras estábamos por ahí, encontraron una oveja y un pavo muertos. Así que Sirio debió llegar esa misma noche.
—¿Tal vez Sirio iba a ser parte de su colección y se escapó?
—¿Puede ser? Espero que no, la verdad.
—Porque entonces Dafne nos habría mentido.
—Si, y no tiene sentido porque le daría igual nuestra opinión.
—Y querría a Sirio de vuelta.
—Por ahora averigüemos lo que podamos de Maverick y luego ya seguiré pensando en las razones de Dafne.
Cloe las dejo a la puerta tras cruzar el jardín, después de una pequeña espera detrás de otros coches y carruajes. La casa era grande, de dos pisos, un balcón en la segunda planta que Dian supuso que sería del salón principal, por toda la gente que había asomada. Era blanca, todo curvas y ninguna esquina, eso incluía las columnas que había tanto en el primer piso como en el segundo, decoradas con distintos motivos vegetales. Presentaron la invitación en la puerta y entraron.
—Espero que no esée lleno de una cantidad enorme de gente... —dijo Eva cuando ya estaban subiendo la enorme escalera que daba al salón principal.
—Se que planeas estar hasta el amanecer igualmente.
Eva sonrió picara y se encogió de un hombro.
—Esperame donde las bebidas —señaló hacia una esquina —. Están allí.
—Yo también sé trabajar, pero mejor con una copa en la mano. Ahora vuelvo.
La mesa de las bebidas estaba a unos diez metros de ellas. En el tiempo que tardó en recorrerlo vio a personas de todo tipo, entre las que estaba segura de que se encontraban más que seres humanos. Esa reunión ya iba a merecer más la pena que la otra a las que habían ido.
—¿Algún avance? —preguntó a Eva al volver con ella y ofrecerle una copa — ¿Algo interesante?
Eva asintió distraída y señalo a un hombre alto a poco más de un metro de ella de ojos rasgados, tez morena y traje de colores llamativos.
—Ese brujo me seduce.
Dian no pregunto como sabia que era un brujo.
—Pues ve a ver si es reciproco.
—No hay que mezclar el trabajo con el placer —dijo Eva con el borde de la copa en los labios.
—¿Ah, no? —Dian sonrío. Eva no dejo de beber pero la miró alzando una ceja—¿Trabajamos?
Eva posó su copa vacía en la bandeja de una camarera que pasó a su lado.
—Si.
—¿Yo humanos y tu no humanos?
Eva la miro, algo brillaba en sus ojos y Dian sintió el roce de sus dedos.
—¡Como echaba de menos esto!
Le dio un ultimó apretón a su mano y se dio la vuelta para perderse entre la multitud. Dian termino su propia copa mientras paseaba entre la gente. Aunque tras varios años con Eva una aprendía quien estaba de algún modo en ese mundo, ya fuera porque la habían contratado o habían tenido que ir a hablar con esa persona por un caso, la infinidad de caras nuevas y desconocidas siempre sorprendía a Dian. En su mundo de los negocios la mayoría de las caras se reducían a las mismas a lo largo de los años, pocas veces aparecía gente nueva y, si lo hacía solían ser familia de alguien con quien ya había tratado entonces tenían cierto parecido.
Habló con varias personas, fingiendo ser alguien que pretendía empezar a comprar objetos mágicos. A veces fingiendo solo haber oído el nombre de Maverick, otras ni siquiera y otras se presentaba como en medio de una transacción. Lo que sacó en claro era que todo el mundo le conocía.
Avanzando encontró otra mesa con comida y bebida, utilizó eso como excusa para pararse y decidir a quién ir a abordar de la gente que conocía. Una camarera le fue poniendo en un plato lo que ella le iba pidiendo, una mezcla de pastelitos dulces y salados con distintos rellenos y formas. Cuando lo tuvo en las manos se dio cuenta que los platos parecían tener motivos mágicos.
—¿Los platos también?—pregunto para si misma.
No se dio cuenta de la altura de su tono de voz hasta que una mujer que estaba a su lado se volvió hacia ella. Dian le calculo unos diez años más que ella, tenía la tez morena y una expresión calmada, el principio de una sonrisa divertida cuando se dirigió a Dian, los labios pintados de rojo llamando más la atención sobre su boca. El cabello, negro intenso, recogido en un moño y su vestido naranja. Era algo más alta que Dian, pero al final casi todo el mundo lo era, así que ya ni se extraño.
—¿Le pasa algo a mis platos?
—Nada en absoluto —por si acaso Dian formó una sonrisa conciliadora —. Es que me ha sorprendido que también estuvieran...
—¿Decorados? —Dian asintió, la señora suspiró —. Fueron un regalo, "una broma". A pesar de todo, nada de lo que aparece en ellos está mal, así que los usó en algunas ocasiones.
—Ya veo —silencio —. Así que usted es la anfitriona de esta reunión.
—Así es —extendió una mano, Dian se la estrecho —. Amber Patil.
—Dian Wu.
—No me suena su nombre. ¿Es la primera vez que viene?
—Asi es. Mi esposa es una gran aficionada a todo esto.
—¿Usted no? ¿Quien es su esposa?
Por instinto se volvió para buscarla, Amber siguió su mirada. Ambas la encontraron hablando con una chica muy pálida de sonrisa afilada.
—¡Oh! Evangeline Beryl, ¿no es así?
—¿Es famosa?
—No tanto como eso —sonrío suavemente —. Todo el mundo que tiene que conocerla la conoce —Dian alzó una ceja ante esa contestación, todavía con la mirada en Eva —. Es más que me pareció curioso que, después de años, sea ahora cuando me piden una invitación para ella.
—Tenia que terminar pasando.
—Supongo... ¿Están aquí por trabajo o placer? —ahí Dian si que noto como el tono cambiaba sutilmente, como diciendo "cuidado con lo que responder", lo iba a tener igualmente.
—Placer. Nos pareció el momento apropiado para unirnos.
—¿Puedo preguntarle la razón?
—Bueno —Dian sonrió con modestia—, creíamos que ya era el momento de unirnos. Además —iba a probar una cosa arriesgada —, nos lo recomendaron —Amber la miro inquiriendo —. Joshua Maverik, no se si lo conoce.
—Si, le conozco. Se me hace un poco extraño que les hiciera esa clase de recomendación, nunca se ha pasado mucho por aquí — Dian no fue capaz de leer del todo la expresión de Amber mientras decía eso.
—Nos dijo que era un buen sitio para conocer gente.
—A estas alturas, ¿su esposa no conoce ya a todo el mundo?
—No, no a todo el mundo. Pero según tengo entendido Maverick sí —Amber se limitó a asentir —. Sin embargo, no se si tengo la misma opinión que el resto de sus compradores. Hace días que no se de él y nuestra transacción todavía no ha finalizado.
—No me diga. Yo hace años que no trato ni me intereso en el, lo siento. Por aquí todo el mundo sabemos que hemos tenido negocios con él, pero nunca el momento exacto, ¿sabe?
—¿Que quiere decir?
Amber la miró con cierta compasión.
—En ocasiones hay cierta competición con quién consigue qué y una especie de subasta encubierta. Hay mucha gente que tiene un mal perder —dio un trago a su copa.
—¿En que grado?
Amber únicamente se encogió de hombros.
—Ya veo, andaré con cuidado. Muchas gracias.
Amber asintió con la cabeza y, tras una última sonrisa, fue a saludar a más gente.
Mientras terminaba su plato fue desarrollando una idea que le había surgido a medida que avanzaba la conversación con Amber. Hacía un año o dos habían tenido un caso de robo que habían estado a punto de coger, pero Eva había renunciando tras la primera entrevista. La señora Labriola se había negado a darles ningún tipo de información, ni qué objeto era, donde había estado colocado en la casa o las personas que habían pasado por allí los últimos días.
Eva, educadamente, le había dicho que probara con una bruja, aunque dudaba que alguien pudiera hacer cualquier cosa con tan poca información. La señora la llamó poco profesional y se fueron.
Dian dejó el plato vacío de comida y cogió otra copa, bebiéndosela de tres tragos. Inconscientemente busco a Eva con la mirada . Tras un minutos de sus ojos dar vueltas, la encontró hablando con el brujo de antes y sonrío. Siguió moviendo los ojos por la habitación hasta dar con la señora Labriola. Esta se estaba metiendo en la boca el último pedazo de un pastelito, sus dedos buscaron durante un segundo por su plato vacío, pero no encontró nada. Dian se volvió a la camarera y le pidió otro plato, cuando lo tuvo se volvió a poner en marcha.
La mujer no la vio venir, en un principio, cuando ya se dio cuenta de quien era y sus intenciones trató de darse la vuelta, Dian se lo impidió acelerando los últimos pasos y poniéndose ante ella. La oferta de paz era la comida entre las dos. Dian estiro un poco más el brazo para que la señora se diera cuenta, sus ojos bajaron y tomó el plato con una mano.
—¿Por que intuyo que esto es un pago por adelantado de algo que no voy a querer responder?
—Si no quiere responder, no responda. No creo estar amenazandola con nada.
La señora Labriola dudo un par de segundos con los ojos entrecerrados y al final tomó el plato de las manos de Dian.
—¿Usted a tratado con Maverick?
La mujer se tensó ligeramente y al segundo volvió a la normalidad.
—¿Por que esa pregunta?
—Estoy en medio de una transacción con él y quería saber si es de fiar.
—No puede andar preguntando eso por ahí.
—¿Por que?
—No sabe en conocimiento de quien podrían terminar sus palabras.
—Tratándose de usted tengo bastantes esperanzas de que en boca de nadie.
—Tal vez por eso mismo debería saber que no voy a responder nada, por muchos pastelitos con los que me quiera comprar. ¿Donde sabré donde podrían terminar mis palabras?
—Tiene razón, pero no perdía nada por intentarlo.
Se quedaron en silencio. La señora Labriola parecía no atreverse a tomar otro pastelito del plato, como si ello fuera algún modo de ceder ante Dian. Esta simplemente se le quedó mirando, esperando que hiciera algo a continuación. Parecía una mujer nerviosa, ya se lo había parecido cuando la conoció por primera vez, pero el recuerdo se había disipado con el tiempo.
Los ojos de la mujer intentaban soportar los de Dian, aunque no podía por momentos. Pensó que sería la primera en hablar, pero eso si que lo estaba soportando. En realidad era mejor que ella hablara primero.
—¿Recuerda cuando se puso en contacto con Evangeline? Imagino que hizo eso porque se sintió dolida. Había pagado por algo y era suyo, podría hasta asegurar que había desarrollado un lado emocional con lo que fuera que le robaran. Recuerda el sentimiento, ¿verdad? —hizo una pausa para tomar aire por simple dramatismo, lo había aprendido de Eva —. Bien, mis preguntas vienen al caso de que no me gustaría que ni mi esposa ni yo tuviéramos que sentir eso. ¿Puede culparme? —otra cosa que había aprendido de Eva, "recurre a la pena para conseguir pistas".
La señora Labriola guardó silencio, llenándolo con el sonido de su boca moviéndose al masticar un pastelito.
—He tratado con Maverick.
Dian quiso sonreír triunfante pero no lo hizo.
—¿En qué ámbito?
—Le compre unos objetos y también le vendí otros.
—¿Y todo bien?
La señora Labriola volvió a guardar silencio, un pastelito en su boca.
—¿Señora Labriola? —pregunto Dian. Tenía que ser rápida y no dejarle pensar para que se volviera a acobardar.
—Él debe seguir pensando que no me di cuenta, pero vio mi colección y hubo... Un objeto que miro con más interés que los que los otros. No era el que estaba en venta y... Algo en sus ojos le delató.
—¿Era el que robaron?
—Si.
—¿Cuanto después fue?
Pensó durante unos segundos.
—Unos cinco meses después.
—¿Ya pensaba esto cuando habló con nosotras?
—Si...
—¿Y por qué no dijo nada?
—Porque había cosas que quería que solo Maverick podía conseguir, no podía culparle de robo.
—¿Cosas que quería incluso aunque fueran robadas?
Guardó silencio de nuevo.
—Si.
—Por eso no nos dejó ver la colección. Tenia miedo de que más tarde alguien nos contratara para buscar algo que había robado.
La señora Labriola volvió a guardar silencio.
—¿Aun a costa de no volver a encontrar lo que le habían robado a usted?
Silencio de nuevo.
—Muchas gracias.
Se dio la vuelta, tomó otra copa de las manos de la camarera que pasaba a su lado y se fue a buscar a Eva. Tuvo que recorrer varias estancias, pero finalmente la encontró hablando animadamente con un grupo de cinco personas. Iban vestidas como si fueran de distintas épocas, mezclando complementos. Eso mezclado con la sensación que le dio a Dian de ver algo diferente a lo que estaba viendo en medio del pestañeo, le dio la clave sobre las criaturas que eran.
Por su parte Eva no se dio cuenta de que estaba ahí hasta que prácticamente se introdujo en el círculo.
—¡Dian! —todo el grupo se volvió hacia ella —. Es mi esposa.
Varios labios se curvaron un poco hacia arriba y algunas manos hicieron un ligero gesto saludando.
—Hola —todo el grupo continuó en silencio —. ¿Todo bien?
—Si. Tengo una buena y una mala noticia, ¿cual quieres oír primero?
Dian se preguntó si Eva estaba chispa de verdad o solo se lo estaba haciendo.
—No lo sé. ¿Me da igual?
—¡No le quites la gracia! Empezaré por la buena entonces: esta gente tan maja me ha dicho cómo cuidar a Sirio y es como cuidar a un perro normal.
—Ah. ¿Y esa es la buena noticia porque? —ya sabía la respuesta, en realidad.
—Porque, aunque no es habitual que humanos tengan sabuesos de Annwn, en ocasiones ha pasado. No les importa y nos los podemos quedar.
—Maravilloso.
—Os dije que le haría ilusión —dijo Eva subiendo su copa.
—Sí... Si me disculpáis voy a ir a por otra copa.
Dian volvió a la mesa donde estaban las copas y la comida. Sabía porque Eva se había quedado con Sirio desde el primer día,lo que no sabía era que opinaba ella de toda la situación. Lo que le pasaba en ese momento era que tenía miedo; de que alguien saliera herido, de que no pudieran tener a Sirio fuera de la jaula. Porque eso no seria vida para él.
—Hey —se volvió instintivamente al reconocer la voz —. Podemos no quedarnoslo, entiendo que no soy la única que decide en esa casa.
Dian suspiro.
—Ya hablaremos en otro momento. No hemos venido a eso.
Eva asintió, sus ojos todavía en Dian. Obviamente su mente no había dejado del todo el tema.
—¿Tienes que volver con las hadas?
—No, en realidad creo que hacía rato que se habían cansado de mi. ¿Tú ya estás?
—Creo que si. ¿No te quieres quedar hasta el amanecer?
Eva sonrió suavemente.
—No... No van a ser tan estúpidos como para hacer un ritual.
—Eso me parecía.
En el hall de entrada Eva dijo su nombre a un chico que estaba en la puerta y este mandó a otro en busca de su coche.
—¿Todo bien, señoras? —preguntó Cloe al llegar hasta ellas —. ¿No hay rituales?
Eva negó con la cabeza soltando un bufido fastidiado, utilizando su dramatismo para intentar romper el hielo entre su esposa y ella. Cloe sonrío y Dian sintió que el hielo un poco se ablandaba.
Volviendo a casa Dian le contó a Eva lo que le había dicho la señora Labriola.
—¿En serio Maverick no ganaba lo suficiente que tenia que robar? —preguntó Cloe, que había tenido el oído puesto durante toda la historia.
—Ojos en la carretera, querida —dijo Eva —. Seguramente todo lo que trae ya será robado. Robado o comprado a gente de pueblo por mucho menos de lo que él consigue. Así que no me parece tan extraño que, si le ofrecen la suma adecuada, se arriesgue a robar a sus clientes.
—Pero será arriesgado entrar en esas casas. —intervino Dian.
—No todas las personas son tan escépticas como la familia Argyris. Igualmente, era un profesional, sabía en qué mundo estaba haciendo negocios.
—¿Entonces?
—Hay que volver a la casa de campo de los Argyris.
—Espero que esta vez no se marchen de aquí sin ningún tipo de aviso
—No se preocupe, señorita Argyris.
Las habían reunido en un salón distinto al de la vez anterior. Igualmente el té estaba preparado y listo para servir, menos el de Dafne, que ya estaba tomándolo cuando llegaron.
—¿Qué es lo que quieren esa vez?
—Queremos ver su colección.
Dafne se atragantó.
—¿Disculpen?
—Su colección de objetos esotéricos o mágicos —Eva continuó antes de que Dafne pudiera decir algo —. No me diga que no tiene una porque todo el mundo en la fiesta de ayer tenia una y sé que estuvo. Seguramente nosotras no habíamos sido invitadas antes porque no tenemos una —Dafne separó los labios de nuevo para ir a hablar, expresión defensiva. Eva se interpuso de nuevo —. Tenemos sospechas de que Maverick podría haber intentado entrar a robar algo.
—No lo hizo.
Eva alzó una ceja, labios apretados.
—Así que ya sabía porque Maverick estaba aquí.
—Tenía mis teorías.
—Y no le pareció conveniente decírnoslo, ¿porque?
—Porque no consiguió robar nada. Quería saber lo que había pasado, cómo había acabado en ese estado y si yo o alguien a mi servicio corría peligro. Encontraron a la criatura y se soluciono el asunto —con la mano que aún sujetaba la taza señaló a un sobre la mesa —. En ese sobre tienen el cheque por sus servicios. Me he tomado la libertad de calcular sus horas trabajas.
Eva tensó más la mandíbula. Lo otro había sido un poco acto, esto ya era enfado real. Un caso no se acababa hasta que ella lo decía. A Dian le diría que por dinero, pero no era la verdad.
—¿Se ha solucionado el asunto? ¿Tiene alguna idea de dónde ha salido "la criatura"?
Dafne se encogió de hombros con desinterés.
—Es un sabueso de Annwn, únicamente pueden venir a este plano si son invocados. Teniendo en cuenta que apareció en su finca por primera vez la noche que estuvo aquí Maverick, asumiría que fueron ustedes. Sin embargo, no me lo pidió de vuelta cuando me lo lleve, así que asumo que no sabía de su existencia, con lo cual, otro miembro de su familia tuvo que ser quien lo invocara. Si lo invocó para ser parte de su colección(algo que voy a asumir porque, ¿qué había mejor que eso? Al parecer es muy difícil de conseguir, y solo una de entre millones funciona, o eso me han dicho), estaría en algún sitio cerca de donde guardan su colección. Así que necesitamos verla.
A medida que había ido avanzando el relato, Dafne se había ido tensando más y mas, los dedos que rodeaban el asa de su taza encrispados.
—¿Como se que no es un viaje de reconocimiento para intentar robar algo? ¿O que otra persona os ha contratado?
—Porque solo robaría algo para tener un caso y resolverlo. Todos esos objetos son para usarlos por personas que saben, no para tenerlos guardados porque si.
Dian no sabía si era porque llevaba mucho tiempo sin aceptar un caso, si ahora que no necesitaba el dinero se callaba menos cosas o cuál era la razón de que estuviera aguantándose menos cosas.
—¿Porque cree que voy a dejarle verla después de ser tan irrespetuosa conmigo?
—¿No tiene usted curiosidad sobre todo este asunto? —intervino Dian —. ¿De dónde ha salido el sabueso y si en verdad alguien de su familia lo invoco?
—Si alguien de nuestra familia lo invoco es nuestro —vio en sus ojos el brillo de la codicia.
—Es cierto. Lo que les hace responsables de la muerte de un hombre. Un hombre, por alguna razón, apreciado en sus círculos.
—¿Que me está diciendo?
—Que no se quedaran el sabueso o iremos a las autoridades.
—No pueden probarlo.
—Tenemos fotos del cuerpo —esta vez fue Eva —. Me parece bastante, para empezar.
Dafne la miró con desprecio.
—Mi familia tiene mucho dinero.
—Yo también.
Dian espero. Postura relajada con las manos en el regazo y los ojos aguantando la mirada de Dafne. No supo cuantos segundos llegaron a pasar, pero al final Dafne apartó la mirada para levantarse.
—Solo un vistazo.
Dian volvió sus ojos hacia Eva antes de levantarse. En cualquier otra situación sabía que, como había actuado le hubiera servido para ganarse un gesto lascivo de aprobación por su parte, en esa ocasión ya se sorprendió con encontrarse con una pequeña sonrisa.
—Sí, si no les damos a Sirio significa que nos lo quedamos —ambas se habían levantado y empezado a seguir a Dafne, que iba unos metros por delante.
—Te quiero.
Dian puso los ojos en blanco, pero una sonrisa no dejó de formarse en sus labios.
—Solo cuando te conviene.
—No. Siempre —hizo una pausa, pero Dian saíia que era momentánea —. Puedo intentar buscarle otro lugar, en serio. Las hadas me dejaron quedarmelo porque les hice un bebida que les gusto. Aun tengo el contacto del brujo atractivo, puedo ponerme en contacto con las hadas y devolvérselo.
—¿Crees que lo cuidarían bien?
—No, lo usarían de perro de caza.
—Pues entonces nos lo quedamos.
Habían vuelto a alcanzar a Dafne, que las estaba esperando ante una puerta cerrada. Eva volvió a articular un "te quiero" con los labios antes de volverse con una expresión fría hacia Dafne. Cuando estuvieron a su lado abrió la puerta y descendieron por las escaleras. Al final de esta había otra puerta con varias cerraduras, y un color extraño, como si estuviera hecha de varios metales. Al pasar a través de ella, después de que Dafne la abriera, Dian, vio que era el doble de ancha de lo normal y que cubriendola había pequeños símbolos grabados.
Detrás de la puerta había una habitación enorme llena de estanterías y objetos expuestos. Eva empezó a pasearse por ella sin esperar permiso de su anfitriona, algo brillando en sus ojos. A pesar de todo lo que había protestado sobre esas colecciones si que debía sentir cierta envidia y enfado porque esa fuera su única forma de estar viendo en ese momento alguna de esas cosas.
Dian se quedó unos momentos en silencio al lado de Dafne, esperando que esta le dijera algún tipo de frase para seguir el ejemplo de Eva, pero no lo hizo, así que Dian también empezó a pasearse por ella.
Había esculturas, guadañas, libros, piedras, arena, plumas... Incluso pedazos de animales y Dian se alegró de no ser Eva y saber cuál era su forma original.
Desde otro punto de la enorme habitación le llegó un ruido, se volvió en su busca. En la penumbra que daban las lámparas eléctricas de las paredes Dian se encontró a Eva intentando abrir una puerta a empujones. Al quinto, que Dian supiera, con Dafne protestando detrás de ella sobre cómo se atrevía, se abrió. Eso silencio a Dafne al instante.
—Esa puerta debía estar cerrada.
—Mucho tiempo llevaba cerrada, seguro —dijo Eva entrando y cubriéndose la boca con una manga del vestido granate que llevaba.
Dian entendió segundos después el porqué. Del interior de la habitación llegaba un olor terriblemente fuerte que no conseguía distinguir más allá de que era un olor que conseguía marearla.
—¿Qué nadie de la familia lo había invocado? A mi eso me parece mierda de perro. De nuestro perro, más concretamente.
Dian por fin se mentalizó para entrar. Al igual que Dafne había sacado un pañuelo para cubrirse la boca y la nariz, como si eso hiciera algo.
Dentro, la habitación parecía completamente cubierta de hierro. El suelo estaba cubierto de excrementos que podrían parecerse a los de Sirio, pero era difícil saberlo por lo esparcidos y desechos que estaban por todas partes. Dian se pudo hacer a la idea de algunos llevaban allí bastante tiempo al secas muy secos. También le llegó el olor a orín y algo mas que no supo identificar hasta que bajó los ojos para alzar parte de su vestido. También estaba seco y era marrón, pero parecía mucho más líquido que los excrementos, parecía...
—Es sangre —dijo Eva.
—¿De Maverick?
—No, fijate en la cantidad. Entonces hubiera quedado un rastro fuera y no creo que hubiera llegado al muro. Además, esta parece llevar mas tiempo.
Eva se agacho, teniendo que quedarse en una postura que parecía muy incómoda para no arrastrar la falda. Entre sus dedos tenía el lápiz que siempre llevaba con ella y Dian se alegró de haberle obligado a cambiarlo por uno que midiera más de 3 cm cuando vio lo que hizo a continuación: lo metió entre los excrementos y se puso a rebuscar, como buscando algo.
—¡¿Que está haciendo?!
Dian hacía tiempo que había aprendido a no preguntar.
—Hay colores extraños aquí —levantó el lápiz hacia ellas con algo clavado en la punta —.¿Que os parece que es esto?
Dafne lo único que hizo fue mover los ojos hacia Dian, escandalizada. Pero esta sí que avanzó hacia Eva.
—Parece... ¿Un... Trozo de tela?
—¿Verdad? —volvió a bajar el lápiz y a removerlo entre los excrementos y señalando otros —. Y hay más por ahí. También diría que eso blanco es parte de un hueso, que ya sabemos que Sirio no les hace ascos.
Dafne inspiro.
—¿Que quiere decir?
—Que alguien de su familia invoco al sabueso y, teniendo en cuenta lo que hemos encontrado me aventuraria a decir que Sirio se lo comió.
Eva siempre tan delicada para las noticias.
—Eso es imposible. En mi familia todo el mundo lleva joyas de plata como protección, es imposible que ese bicho haya atacado a alguien.
—Entonces "ese bicho" no podrá atacar esa parte del cuerpo protegida, pero si el resto —dijo Dian.
Dafne dejó escapar un gemido, Eva se incorporó y se encamino a la puerta.
—Ahora, si me disculpa, esto es lo máximo que voy a trabajar gratis. A partir de aquí ya se encarga usted de confirmar que miembro de su familia es.
··········
—"Edward Argyris ha fallecido". Eso es el titular. "La familia Argyris no ha dado más detalles y lo único que se sabe es que hacía unos meses había dejado el país para encargarse de unos negocios. Hasta ahora que su familia anúncia su misteriosa muerte". Luego empieza a hablar de él y de su familia y que, uuuuh, no sabía que su afición por el esoterismo era de dominio público. Bueno, ya no hay nada más interesante, puedes seguir con lo tuyo.
—Gracias por el permiso —dijo Dian desde el escritorio.
—De nada.
No había levantado los ojos en todo ese rato porque estaba más que acostumbrada a seguir con las cosas del trabajo mientras Eva le hablaba, pero para mirarla alzando una ceja si lo hizo.
Eva ya no la estaba mirando. Le estaba ofreciendo a Sirio, que estaba cómodamente tirando a los pies del diván, un pedazo de manzana.
—Sé que con Dafne querías quedar de misteriosa porque fue condescendiente contigo,no te pagó todo el trabajo y necesitarías un tiempo para atar todos los cabos pero, ¿a mí me vas a contar tu versión?
Eva tardó más de un segundo en contestar y Dian alzó los ojos, para encontrarla mirando con superioridad.
—A lo mejor a ti también te hago pagarme.
—Vale, pues entonces devuélveme el dinero del desayuno.
—Qué empresaria tan materialista,,, tal vez no estaba hablando de dinero.
—Oh —Dios sintió algo cálido dentro —. Bueno, vale.
Eva río traviesa.
—Mi teoría es simple, tampoco he perdido tiempo en corroborarla porque tendría que volver a esa casa y, si no me van a pagar, no me aparece discutir con Dafne. Creo que Edward consiguió invocar a Sirio hace unos meses, cuando aún era pequeño. Lo metió allí y le iría llevando comida y agua. Lo que no sé es porqué no se lo digo al resto de su familia. Pero bueno, no sé cómo le traería —bajó una mano y las puntas de sus dedos acariciaron la cabeza de Sirio, que la había alzado en busca del contacto al sentir el movimiento —, aunque creo que en algún momento le atacó y terminó matándole y convirtiendose en comida. Si todo esto coincidió en un momento que se suponía que Edward de viaje y si en la familia no contactan entre sí —se encogió de hombros.
—Lo que me extraña es que hayan tardado tanto en anunciarlo.
Eva se encogió de un hombro.
—Habrán intentado escribir a donde creían que estaba Edward para asegurarse.
—Después de parte de un dedo con el anillo de plata todo cubierto de mierda, no se que tenían que asegurar.
—Vamos, tú hubieras hecho lo mismo.
—Probablemente.
Volvió a sus números.
—No te sientas mal por ellos. El mundo a perdido a un gilipollas y nosotras hemos ganado un perrito y dinero.
—Un perrito que ocupa más que las dos en la cama.
—Un perrito.
FIN
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Gracias :)










