“Podría decirle al mundo y a todos mis conocidos que he cambiado bastante y me siento orgulloso de la persona que soy, que he pulido a base de errores, que he sanado a base de amarme, que he conocido a base de tolerarme, que he ha cambiado tanto con los golpes de la vida más que con los años que he vivido. Pero con darme cuenta yo mismo es suficiente. Una disculpa a todos los seres que en el camino lastime sin querer y aquellos se quedaron con una mala impresión de mí. Pero en especial me disculpo conmigo mismo por ser tan ciego en aquél tiempo y descubrir que ahora soy otro, no me reconocerían. Tal vez avanzar es aceptar que todos cometemos errores y estancarse es vivir con una impresión equivocada el resto de sus vidas. Ya no me da miedo el pasado ni el presente ni el futuro. A lo que se debe temer es a nunca aprender a reflexionar sobre nuestros pasos o sobre cada persona que se ha cruzado por nuestro camino. Ya no temo a las críticas, a las malas lenguas, a los señaladores, a los que intentan destruirme o hacerme quedar mal el resto de mis días. A lo único que temo ahora es a no seguir los consejos de mi padre sobre el respeto a cada ser vivo o las enseñanzas sobre el amor de mi madre, a seguir siendo este niño que jamás envejece y mantiene su corazón firme en derramarse en palabras llenas de valor. Creo que la madurez nunca se alcanza, tampoco el éxito absoluto, creo que vivimos en la incertidumbre de nunca saberlo todo sobre nosotros ni sobre este mundo. Creo que equivocarse siempre será un paso hacia la claridad. Abuela, eres mi lugar favorito cuando la realidad me aplasta o el mundo se me viene encima y fingen conocerme o saber absolutamente todo sobre mi. Sigo creyendo que mi voz te alcanza hasta donde estás y que no hacen falta llamadas por cobrar para que sientas mi afecto. No es que hagas falta, es que mi corazón te reclama aquí. Me basta con saber que estas orgullosa del hombre en que me he convertido, esto lo escribo para mí pero es más tuyo que mío. Me duele tu ausencia para terminar convirtiéndote en la presencia más arrolladora sobre todos los que te conocimos y te amamos. No quiero más que llegar a habitar en tantos corazones como tú lo hiciste. Creo habitar en quienes se han atrevido a penetrar en mi alma o verse en el fondo de mis letras. Te extraño como se extrañan los primeros encuentros con el amor o con el arte, como la primera idea de la que me sentí orgulloso. Cuídate mucho, abrígate, no sé sí haga frío haya donde habitas y que sepan que tenerte en vivo es un privilegio del que pocos gozan. Así como cuando yo te recitaba en privado y me decías tu poetita o el mago, riéndome de que me dijeras que llegaría lejos en este oficio. Abuela, me acordé de tu último regaño: “Deja de poner atención a lo que otros piensen de ti, dedícate a amarte a ti mismo y a crear arte. Los que te odian o desprecian sin razón no van a entender tu alma. Pero el mundo de allá afuera, la gente que no te juzga ni pretende comprarte, ellos sí podrán ver la magia que llevas dentro. Además no estas en edad para andarte derrumbando, nunca se tiene la edad para querer abandonarse, se viene para dejar huella o que nos la dejen.” Ahora sólo te mantengo inmortal en mi corazón y entre mis letras, apareces sin ser nombrada y te nombras cuando todos lo notan por mi sonrisa, sólo quería que supieras que sigo siendo el mismo niño que te sacaba canas verdes del coraje y suspiros profundos al escucharme. Supongo que lo único que ha cambiado con el tiempo es mi voluntad frente al mundo y mi firmeza en descomponer a la máquina de escribir con mis ideas. Te quiere, tu poetita o el mago de la palabra. La vida es el mejor maestro y uno jamás deja de ser su alumno.”