“¿Entonces dices que no reconoces mi voz? Teryck, Teryck Blauvelt. El que estaba contigo en lo de la puerta cuando decorábamos por Halloween.” Había exclamado, aún manteniendo una sonrisa en su rostro. Debía haber estado loco cuando aceptó aquellos retos, porque Sarah le parecía una jovencita que valía mucho más de lo que él pudiera ofrecer. Quizá hasta ni le iba a salir, pero también era cierto que le chocaba cuando apelaban a su faceta de conquistador y representaban a alguien lejos de su alcance. Su mente realmente le insistía que podía terminar todo en un fiasco porque era una mala idea ponerse a seguir esos juegos, pero… ¿Qué pasaba si Sarah resultaba ser una joven mucho más inteligente de lo que ya había demostrado ser y lograba hacer las cosas mucho más sencillas sin necesidad de que todo se volviera tan incómodo por un tonto juego? “Sólo quería saber si podíamos vernos un instante, en el patio de la Academia. Es… digamos que algo importante.”
Calló, durante eternos segundos, aquella tan esperada respuesta por la que él aguardaba; las palabras que él quería oír no eran precisamente las que ella tenía para decir. No, no recuerdo tu voz, le habría dicho; pero sonaba demasiado áspero, demasiado cruel incluso para ella misma. “Ah, Teryck,” pronunció su nombre, suavemente, aferrándose a el como a los vagos recuerdos que regresaban lentamente a su memoria. Aquel día, hace algunas semanas atrás, volvía a verse a sí misma, abrumada por la inseguridad. Quizás, involuntariamente, había borrado el suceso con la intención de deshacerse de la ansiedad que tanto la había atormentado. Quizás, por esa razón, la voz del joven le sonaba tan extraña, como si fuera la primera vez que la oía. Y rechazaba cualquier invitación para abandonar su refugio perfecto, mas la seguridad que le brindaban las cuatro paredes de su dormitorio era irreemplazable. No, no puedo encontrarme contigo, le habría dicho; pero era la humildad que aún existía dentro de ella la culpable de que aceptara, la responsable de que bajara la cabeza y callara. “¿Algo importante? ¿Te encuentras bien?” repentina preocupación teñía sus facciones, y tal vez sorpresa, porque todavía existía una pregunta sin respuesta. ¿Por qué, de todas las personas, la llamaba a ella? Era meramente una conocida, un rostro que cualquiera olvidaría rápidamente. No era nadie, para nadie. No le diría, pero a duras penas si recibía llamadas en el mes, y sus padres no encabezaban la lista. “Estaré allí en algunos minutos, ¿necesitas algo?” ah, cómo dolía, nunca poder dejar de ser la misma de siempre, nunca poder convertirse en alguien más por y para siempre. Ilusa, se preocupaba por los demás, cuando nadie nunca demostraba el mínimo interés en su bienestar. Ilusa, se repetía.