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Hoy 5 de Enero de 2016 se escribe una nueva historia en Venezuela: es el fin de la Asamblea Nacional militarista y el renacimiento de una democrática. Los debates se van a reivindicar y dejarán de conmemorar el pasado chavista para iniciar una lucha por la recuperación de la dignidad de los Venezolanos! #elcambiocomienzahoy🇻🇪 Así toque derramar " lagrimas sudor y sangre " Venezuela tendrá Libertad!
25 OBJECIONES AL ACUERDO SOBRE JUSTICIA ENTRE EL GOBIERNO Y LAS FARC EN COLOMBIA
Por:
Alfredo Rangel, Senador de la República de Colombia.
| Fecha: 23/12/2015Exclusivo para FCPPC
El acuerdo garantiza impunidad para crímenes de lesa humanidad. En su aparte de Sanciones establece que basta con que el sindicado reconozca la comisión de esos delitos para que no tenga castigo de cárcel. En su lugar, tendrá sanciones "restaurativas", como arreglar parques o proteger el medio ambiente, y se restringirá durante un tiempo su libertad de residencia y de movimiento. A todas luces este es un remedo de justicia, pues las sanciones no son proporcionales a la gravedad de los delitos. Como ha señalado la Fiscal de la Corte Penal Internacional " una condena que sea groseramente o manifiestamente inadecuada (…) invalidaría la autenticidad del proceso judicial".
No es verdad que por primera vez en un acuerdo de paz en Colombia se logra justicia, como señala el gobierno. La Ley de Justicia y Paz que desmovilizó a los paramilitares ha impuesto penas de hasta 8 años de cárcel a centenares de sus integrantes, incluida su cúpula, condenados por delitos de lesa humanidad. Con relación a esa Ley, el presente acuerdo es un retroceso.
El Artículo 77 del Estatuto de Roma establece penas de hasta 30 años de cárcel para castigar delitos de lesa humanidad, e incluso contempla la cadena perpetua para algunos casos. Los tribunales internacionales que han juzgado los casos de Yugoslavia y Rwanda, han impuesto penas de cárcel para crímenes atroces. Colombia es signataria de ese Estatuto y está obligada a penalizar con cárcel los delitos de lesa humanidad. El acuerdo no cumple con esa obligación.
En la Justicia Transicional la confesión del crimen y las acciones restaurativas son el complemento de la sanción adecuada a la gravedad del delito. En el Acuerdo la confesión y la restauración sustituyen el castigo, que queda totalmente ausente. La consecuencia es la impunidad.
Los delitos de lesa humanidad deben ser castigados con penas de confinamiento, de privación de la libertad, así sean penas disminuidas si el sindicado cuenta la verdad, se arrepiente, repara a las víctimas y ofrece garantías de no repetición. Este es el consenso de la humanidad y no es un capricho. Es la condición para que la Justicia Transicional consolide un sistema social justo, satisfaga a las víctimas y contribuya a neutralizar la repetición de esos crímenes. La impunidad, por el contrario, desmoraliza a la sociedad, burla a las víctimas y propicia el surgimiento de nuevos ciclos de violencia.
El Artículo 36 del Acuerdo garantiza la participación en política de todos los condenados por delitos atroces, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Podrán ser elegidos a corporaciones públicas y a cargos de elección popular. Esto va en contravía de la legislación nacional que inhabilita para estos efectos a quienes hayan sido condenados por conductas criminales. Según la Fiscalía de la Corte Penal Internacional, la suspensión de los derechos políticos debe ser parte del castigo para quienes han cometido delitos de lesa humanidad. Para el filósofo español Fernando Savater, es inmoral que quienes han ofendido a la sociedad de manera grave con la ejecución de crímenes atroces, sean después los que hagan las leyes para esa sociedad victimizada y ofendida.
Según el Artículo 39 del Acuerdo, el narcotráfico será un delito conexo con el delito político y por tanto será objeto de amnistía. Esto es una ofensa para la sociedad colombiana y para los pueblos del mundo que han tenido que sufrir las consecuencias de crimen, corrupción y desintegración social ocasionados por el flagelo del narcotráfico, máxime teniendo en cuenta que las FARC son el principal cartel de la cocaína a nivel mundial. Consideramos que el narcotráfico, en lugar de ser considerado conexo al delito político, debe ser señalado como conexo con crímenes atroces y de lesa humanidad, pues es en procura de sus ganancias que se han cometido crímenes atroces y es utilizando sus dineros ilícitos como se ha financiado la criminalidad a gran escala de la organización terrorista de las FARC.
El Artículo 59 del Acuerdo señala que los mandos de las FARC que establecieron como políticas de la organización las masacres, el secuestro, el reclutamiento de menores, el aborto forzoso, el fusilamiento a las mujeres que se negaban a abortar, el desplazamiento forzoso, etc., no serán responsables como determinadores de esas conductas sistemáticas y masivas de la organización terrorista. Su responsabilidad se limita a cuando tuvieron el control efectivo de cada uno de los hechos. De esta manera se garantiza la impunidad de los máximos responsables de miles de crímenes de lesa humanidad, y se carga la responsabilidad exclusivamente en los mandos medios y en la base de esa organización criminal.
El Artículo 38 establece que los asesinatos de soldados y policías en combate son amnistiables. De esta manera se está legitimando el uso de la fuerza y la violencia letal bajo el pretexto de que es con fines políticos. En otras palabras, se le está dando legitimidad al discurso de las FARC según el cual el derecho a la rebelión armada es un derecho fundamental que legitima el crimen contra el Estado y contra la sociedad.
Según el Artículo 72, después de la firma del acuerdo de paz definitivo, la extradición no se aplicará en ningún caso a los miembros de las FARC. Consideramos que es un error que el Estado renuncie a este instrumento legal que debería mantenerse como garantía del cumplimiento de los acuerdos y de neutralización de la reincidencia en el crimen, de tal forma que quienes después de la firma de un eventual acuerdo de paz continúen desarrollando acciones criminales, puedan ser extraditados si son requeridos para ello.
El Acuerdo mete en un solo saco e iguala a las Fuerzas Militares y de Policía del Estado, legítimas y legales, con el grupo terrorista de las FARC, ilegítimo y criminal. Esta igualación ofende la dignidad y desmoraliza a los integrantes de la Fuerza Pública. La Fuerza Pública ya tiene su propia jurisdicción y sus jueces naturales que deberían ser respetados. Eventuales beneficios jurídicos para la Fuerza Pública deben ser tramitados y acordados dentro de la institucionalidad democrática y no concertados con el terrorismo.
Los civiles también deberían ser excluidos de esta Jurisdicción Especial para la Paz, que tendría que ser solamente para juzgar los crímenes cometidos por los grupos terroristas que aún no se han desmovilizado. Los terroristas han sido los enemigos y los verdugos de la sociedad colombiana durante décadas y no es con ellos con quienes se debe concertar y acordar el procesamiento judicial de los civiles en Colombia. Este es un tema de la institucionalidad democrática.
Según el Artículo 33 del Acuerdo, la Jurisdicción Especial para la Paz establecida en dicho Acuerdo, prevalecerá sobre las actuaciones penales, disciplinarias y administrativas de todas las conductas relacionadas con el "conflicto armado", y absorberá la competencia exclusiva sobre dichas conductas. Desaparece así como por ensalmo la Justicia Penal Militar, la justicia ordinaria y el poder disciplinario y fiscal ante una jurisdicción todopoderosa, inapelable y sin control.
Según el Artículo 35 del Acuerdo, el Tribunal para la Paz podrá extinguir, revisar y anular las sanciones, investigaciones y sentencias impuestas a ONG´s afines al terrorismo. Se extiende la impunidad.
El Artículo 5, numeral 5.1.1.1.5, le otorga al grupo terrorista de las FARC la potestad para determinar la conformación de la Comisión de la Verdad y, por esta vía, imponer su "verdad histórica" sobre la violencia terrorista en Colombia.
En ninguna parte del Acuerdo se establece de manera clara y perentoria la obligación de las FARC de entregar sus dineros ilícitos para la reparación de las víctimas de sus crímenes. A lo largo del texto queda implícita la obligación exclusiva del Estado de financiar todas las acciones de reparación de las víctimas.
El Acuerdo tampoco obliga a las FARC a devolver a sus legítimos dueños las centenares de miles de hectáreas que le han usurpado a los campesinos en muchas regiones del país. Esta acción de reparar a sus víctimas mediante la restitución de sus tierras despojadas por el terrorismo está ausente del Acuerdo. La responsabilidad de la restitución de tierras es otro componente de reparación que recae exclusivamente en el Estado.
Se revierten los tímidos avances que ha realizado el Estado contra la Farc-política. El Artículo 42 establece que se extinguirán las investigaciones y sanciones disciplinarias por faltas relacionadas con el terrorismo. Parlamentarios sancionados por Farc-política podrán volver al Congreso.
En ningún caso la sociedad será posible reponer o apelar una resolución de amnistía o indulto, según el Artículo 52. Se consagra la impunidad.
Según el Artículo 72 los familiares de integrantes de las FARC en segundo grado de consanguinidad y primero de afinidad, no podrán ser extraditados. El testaferrato también queda blindado y quedará impune.
En los casos de reconocimiento colectivo de la verdad, serán las mismas FARC las que supervisen el cumplimiento de la sanción. Es decir, no solo escogerán la forma y el lugar donde pagarán su sanción, sino que además los mismos terroristas verificarán el cumplimiento de esos remedos de castigo.
En el Artículo 40 se dice que no serán objeto de amnistía ni de indulto "los graves crímenes de guerra". Esta categoría no existe en el derecho internacional que se refiere únicamente a los crímenes de guerra. Se abre aquí la puerta para que los jueces del Tribunal amnistíen los crímenes de guerra que no consideren como "graves".
La Comisión de la Verdad tendrá como parte de su mandato esclarecer y promover las responsabilidades colectivas del Estado, incluyendo el Gobierno y los demás poderes públicos. Esto es inadmisible pues en la justicia democrática las responsabilidades siempre son individuales. Señalar responsabilidades colectivas es deslegitimar al Estado y a sus instituciones, avalando así el discurso terrorista que le endilga al Estado la principal responsabilidad en el origen y la prolongación del mal denominado "conflicto interno".
En el Artículo 39 se consagra como conexo al delito político, y por tanto como amnistiable, el secuestro de militares y policías en desarrollo de actos terroristas. El Gobierno legitima de nuevo el discurso terrorista que intenta validar la violencia como ingrediente lícito del supuesto derecho a la rebelión armada.
El Acuerdo sobre Justicia consagra la impunidad de los delitos de lesa humanidad y al no suministrar justicia no ofrece garantías de no repetición. La impunidad allí consagrada puede ser el germen de nuevos ciclos de violencia, pues traslada a las nuevas generaciones los sentimientos de ira, resentimiento, venganza y propensión a hacer justicia por mano propia, como desafortunadamente se ha visto en otros momentos de nuestra historia.
Entrevista con el periodista Sergio Garcia para el canal Telecaribe. 2015.
Mucha gente fracasa por que se rinden la primera vez que caen.
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Colombia en el contexto mundial. LA VERDADERA PAZ CÓMO FIN ÚLTIMO Por: Stephanie Schütt Ch. En pleno siglo XXI la paz no puede ser entendida como la mera ausencia de la guerra ; la paz transciende el statu quo y los Colombianos, lo debemos tener claro. Actualmente, el país atraviesa por un acontecimiento que para algunos es ¨histórico ¨y para otros ¨el desconocimiento del pasado y la condena a repetirlo ¨. A lo que nos referimos es pues, a los diálogos de paz con las FARC en la Habana Cuba, proceso el cual, está aumentando la brecha ideológica en la opinión pública. La verdadera paz debe estar fundamentada en acciones que evidencien la voluntad de dejar de apelar a las armas para imponerse y en atributos perceptibles por los actores del proceso y en nuestro caso , especialmente, por los ciudadanos del común y las victimas del conflicto armado. El nivel de percepción debe ser proporcional a los resultados para que pueda generar confianza en el pueblo. Iniciar diálogos de paz en medio del ruido de los fusiles es caricaturesco. Si se pretende hablar de paz de debe manifestar gestos que acompañen la voluntad de paz. No se puede hacer creer que se llegará a un consenso entre los actores intervinientes en la mesa de negociación mientras las únicas voces que se escuchan son las de un pueblo doliente que sigue sufriendo de manera sistemática las consecuencias de acciones terrorista y beligerantes. Igualmente, no debemos olvidar aquel dicho de ¨¨es mejor no prometer, a prometer y no cumplir¨. Tanto el gobierno Nacional como las FARC han proclamado pliegos de promesas que se niegan a si mismas por medio de actos que obstruyen su eficacia. La credibilidad en el proceso de paz debe ser no solo un concepto de campaña publicitaria si no también un rema que honre la constitución y la soberanía Nacional Colombiana. No obstante y como si fuera poco, la polarización política que han causado las coaliciones de partidos a favor o en contra de dicho proceso, han fraccionado la percepción de legitimidad del intento por buscar un verdadero camino para la paz. La prioridad es clara; debe ser conseguir la paz como producto de una construcción social y una sujeción de las ambiciones ideológicas a los intereses superiores de la patria . Nosotros, los Colombianos, debemos luchar por la verdadera paz como fin último.
El populismo: engaño con astucia política.
as necesidades y expectativas de los colombianos siempre serán mayores que la capacidad del Estado para atenderlas. Acorde a la racionalidad económica, el Gobierno nacional es el encargado de administrar los limitados recursos para satisfacer las ilimitadas necesidades de los cuarenta y siete millones de ciudadanos. Su perenne deber es hacer más con menos.
El problema del país, que no dista mucho de lo que acontece en el resto de países de América Latina, es que la mayoría de los colombianos carecen de cualificación paracomprender los asuntos relacionados con la política y el funcionamiento del Estado de acuerdo a sus fines y principios.
Lastimosamente el grueso de la sociedad se mantiene a la expectativa principalmente de la atención gubernamental de las ingentes necesidades materiales; por el contrario, asuntos como las libertades y derechos individuales, la igualdad ante la ley, la soberanía, división de poderes, libertad de prensa, libertad de organización, la movilidad social y el libre mercado, pasan a ser cuestiones marginales en cuanto valores inmateriales. La demanda de seguridad constituye la principal excepción.
No es un asunto menor, pues ello ha volcado a otros países del continente a preferir la senda que trazan líderes populistas que se erigen mediante discursos demagogos edificados sobre la base de la exacerbación de los contradicciones socialespara prometer efímerajusticia socialde carácter material, pisoteando sin reparo las instituciones republicanas y la democracia. El Estado de derecho constituye una camisa de fuerza para sus aspiraciones. Basta llegar al poder para desecharlo.
No hay razones para justificar la evidente incompetencia del Estado colombiano, particularmente en asuntos como la inseguridad y la inmensa brecha de desigualdad social; sin embargo, afectar y desprestigiar el andamiaje constitucionalcon la pretensión de generar el ambientepara promover una constituyentees un riesgo latente que en estos momentos el país tiene que reconocer, considerar y enfrentar.
Organizaciones de izquierda asociadas a la Coordinación de Organizaciones y Movimientos Sociales de Colombia (Comosocol), entre ellas Marcha Patriótica y el Congreso de los Pueblos,se alinearon desde ya para promover con mayor intensidad en los próximos cuatro años lo que llaman el Proceso Constituyente, dividido en siete etapas que encuentran su momento cumbre en la realización de la Asamblea Nacional Constituyente.
El principal mecanismo del que se valen es la fastuosa demagogia populista en favor de los “marginados” y los “excluidos”; ese es su nicho. Discursos engañosos que se revisten de ser justos y legítimos, buscando sumar el apoyo delosmuchos desprevenidos que no entienden el trasfondo de la causa; o acaso quién no siente solidaridad frente a la pobreza extrema, las víctimas de la violencia y los damnificados por desastres naturales. A su vez, las vías de hecho nunca están descartadas dentro de sus planes como medios efectivos para obtener los objetivos previstos.
Aunque requiere talento, ser populista es sencillo, pues consiste en limitarse a decirle al pueblo lo que quiere escuchar y ofrecerle lo que añora tener, que no es más que vivienda gratis, empleo, subsidios al transporte, alimentos, servicios públicos, y mucho mas. El paternalismo y asistencialismo son su estilo preferido, pues así logran emplear el erario público en función de sus intereses personales o de grupo, a la mejor manera de los autócratas medievales. Para el populista no existe regla fiscal que valga.
El engaño consiste en que los líderes de corte populista quieren canjear subrepticiamente con su potencial clientelamayor asistencia estatal a cambio de la libertad individual y el control del Estado. Transacción que a simple vista resulta ventajosa para gran parte de la población con necesidades materiales desatendidas en la medida que puede hacerse, por ejemplo, a vivienda de manera gratuita o acceder más fácilmente a los subsidios del Estado.
Siendo sensatos, al cuestionarnos cuántas personas en Colombia estarían dispuestas a acceder a dicho intercambio,podemos darnos cuenta que existe un potencial electoral significativo para las causas populistas, lo que pone en evidencia quela democracia en Colombia noestá del todo a salvo.
Lo que debe estar claro ante todo el país es que para acceder a los beneficios del Estado los colombianos no tienen porque renunciar ni asus libertades ni a la democracia. Lo que interesadamente les ofrece el populismo, en particular el de corte neocomunista, lo pueden obtener a través del Estado Social de Derecho, basta con exigir a los dirigentes políticos el cumplimiento de las disposicionesconsagradas en la Constitución de 1991,las cuales se enfocan con énfasis en la atención de las necesidades materiales de los colombianos. Lo pueden hacer través de los diversos mecanismos de participación y control político, así como otros de gran poder como la censura moral conversa en castigo electoral.
Mientras el Estado y los principales sectores políticos sigan negándose a trabajar por fortalecer la cultura política y los valores liberales de los colombianos, millones de ciudadanos seguirán siendo potencialpresa del populismo. De ello ya se han dado cuenta desde hace años algunos siniestros personajes, por lo que se mantienen al acecho esperando el momento oportuno para el asalto. No vaya a ser que algún día no muy lejano logren su cometido.
FCPPC.
En democracia ningún actor tiene jamás en sus manos todo el poder por un período de tiempo indefinido ni tiene nunca la oportunidad de ejercerlo sin control ni contrapesos.
La política es el arte de dialogar para construir consensos.
Lo que verdaderamente cuenta al final de la vida.Bobbio.