| Conversación de Cellbit y Pepito.
Pepito dio una deslumbrante sonrisa y asintió energéticamente, con el conejo blanco de peluche agarrado en un brazo, se levantó con sus cortas piernas y corrió hacia Cellbit, tomó su mano en un fuerte apretón y miró hacia arriba.
—Soy feliz porque conocí a todos mis apas y ama. Apa Roier volvió feliz como lo deseé y te conocí, apa Cellbit.
Cellbit con la cabeza agachada, se obligó a darle una sonrisa, en su cabeza se grabó aquella imagen; un Pepito chiquito, agarrándolo fuertemente, pero perdiéndose entre su enorme mano, sus ojos a través de los lentes brillaban al observarlo con mucha ilusión ante la vida y aquella tierna sonrisa le hacía doler el corazón porque temía que un día fuera borrada, que fuera borrada esa dulce inocencia que poseía.
Su corazón se calentaba cada vez que hablaba con Pepito porque todavía era un niño que miraba el mundo con ingenuidad e inocencia. Y siempre que lo miraba, se preguntaba sí él fue así alguna vez.
Había tanta sangre derramada en sus manos, que incluso su mente fue ensuciada, las memorias de su niñez estaban tintadas de rojos que era difícil siquiera extraer algún momento vívido.
Sólo podía dejarse guiar por la imaginación con el libro que adquirió sobre su infancia.
—¿De verdad eres feliz, Pepito? —inquirió nuevamente, como si quisiera que se lo confirmaran una y otra vez.
Pepito ladeó la cabeza y parpadeó con confusión, pero volvió a sonreír, a él no le importaba repetir hasta que su apa entendiera lo que quería decir. Mucho menos cuando verdaderamente era feliz de tener a su familia junta.
—¡Lo soy, apa! —gritó eufórico y mostró todos sus dientes.
Pero esa confirmación le dolió en lo profundo de su corazón, le invadieron las ganas de llorar, pero se contuvo, se arrodilló y atrajo a Pepito en un cálido abrazo, Cellbit lo cubría completamente, y Pepito gustoso lo abrazó fuertemente cerrando sus ojitos.
—Que seas muy feliz, Pepito, por siempre —susurró.
Pepito se rió dulcemente y asintió.
—Tú también, apa. Seremos muy felices, mucho más porque tenemos a nito Richas.
Cellbit lo abrazó más, teniendo cuidado de no lastimarlo.
—Sí... lo seremos —murmuró distraído, porque justamente a la distancia venían Roier y Richas conversando animadamente.
—¡Pai! —gritó Richarlyson nada más verlos.
Y eso fue como un gatillo para Pepito, él se alejó del abrazo oso de Cellbit y se giró hacia la voz de Richarlyson, sonrió mucho más y corrió a su encuentro.
Y Cellbit aún arrodillado, contempló la escena de sus ahora tres tesoros de su vida.
Sin embargo, lo que debía ser una escena feliz, para él no lo era.
Su semblante estaba serio cuando sus ojos se fijaron en su amado esposo, era su rostro, su sonrisa, su cuerpo, pero... esos ojos.
Cellbit sonrió dulcemente cuando Roier lo miró a lo lejos y agitó la mano en saludo. Le correspondió de manera lenta.
Le dolía el corazón por Pepito porque estaba viviendo en una dulce burbuja de familia feliz.
Le dolía por Richarlyson porque creía vivir con normalidad cómo solían ser, entre bromas y aventuras.
Y le dolía para sí mismo porque su amado esposo estaba lejos, y él no sabía en dónde.
Porque al mirar a esos ojos...
—Hola Gatinho —saludó Roier cuando por fin llegaron a donde estaba Cellbit.
Cellbit se levantó y volvió a mirar a los ojos castaños que estaba tan acostumbrado a ver.
Porque al mirar a esos ojos, él podía leerlo, él podía saber que...
Que ese no era su Guapito.