Hay una historia que jamás se repetirá igual, una en que la princesa es la mejor de todas, y que de verdad es especial. Es la historia de la princesa que se olvidó del príncipe azul. Una princesa auténtica, no de las típicas princesas de plástico. Una, que se enamoró del lobo de la historia. Él no trataba de ser aquél que pudiese estar con todas y cada una. Tampoco gustaba de ser el centro de atención, prefería perderse en la belleza del bosque. Y como todos sabemos, la escuchaba mejor, la veía mejor, y la comía, mejor. La escuchaba mejor, prestaba toda su atención a sus pasiones y a sus problemas, a su vida, su pasado, sus miedos, sus sueños. La veía mejor, ya que era una belleza en todo sentido, su piel de terciopelo con mejillas rosadas, con mirada bondadosa y una sonrisa que brillaba como ninguna, y una voz que hipnotizaba, la observaba, era atento, era su inspiración. La comía mejor, porque no era “un revolcón y ya”, entregaban sus cuerpos y sus almas en el acto más hermoso y apasionado, subiendo a un nivel espiritual donde entregaban todo su amor y formaban un enlace eterno. Para ella, él era un Príncipe Lobo.