Asume pagar un precio …
Confía en el proceso, me repetía una y otra vez, sin mucha certeza, pero con muchas ganas de que eso me bastara para no detener mis pasos. Respiraba como si mis pulmones necesitaran acabarse el oxígeno del planeta para darle paz a mi sistema nervioso. Sentía ese nudo en el corazón que lo va estrujando, inundando los ojos, comprimiendo el estómago, con temblor en las manos.
Mi campo energético estaba casi agotado, como si me rogara: ¡ríndete, por favor! Ya no se trataba de una cuestión de voluntad; no tenía más recursos para sostener… Con toda mi alma quería, pero en este punto el riesgo implicaba ya ni siquiera poder sostenerme a mí.
No me había hecho consciente de que estaba intentando sostener mucho más de lo que me correspondía: sostener resultados corporativos completamente fuera de mi espectro de acción, atribución y responsabilidad. Sostener vínculos de cariño buscando coincidir en un sobreesfuerzo de tiempo y energía para acortar distancias.
Traté de buscar “la forma”, repasar de nuevo: ¿qué pude haber hecho o dicho distinto? En primera instancia me super culpé por sentirme “invisible”, “insuficiente”. ¿Debí ser más clara? ¿Debí hacer que pasara? ¿No hice todo lo posible?… Llegó también esa pregunta: ¿es mutuo, de verdad? ¿Cuántas veces, si no lo pido, sucede? ¿Cuántas veces, aun cuando lo pido, hay que ser reiterativa para que importe?
La emoción se hizo presente; parecía enojada… ¡en realidad no! Estaba sin energía, muy triste, agotada. Pocas sensaciones son tan abrasivas como sentir que tu presencia da igual. No creo en los juegos de “ponerte poco disponible”, ni en caer en juegos de señales que confunden para construir interés, pero una y otra vez compruebo que solemos “perseguir” lo que sentimos que se aleja: la atención que no tenemos, despreciando la mirada que no solo nos encuentra, sino que nos valora y nos enaltece.
Suelo expresar que todo absolutamente tiene un precio que pagar. En mi afán de comprender el contexto, la situación, el estado emocional del otro, estaba pagando el precio de mi propia energía, extrañándome a mí misma. No, no es mi poder ni mi responsabilidad tener que pedir mil veces el espacio en agenda, poner mi tiempo, dinero, atención y pasión para que consideres, en tu mirada, que vale la pena compartir conmigo… Asumir ese precio era pagar con mi paz, transgrediéndome a mí misma.
Es verdad que sentir la distancia, la ausencia, no lograr realizar la construcción que imaginé con alguien genera mucha decepción, tristeza y nostalgia. ¡Claro que se rompe el corazón! Pero es aún más caro si, aun haciendo todo con el fin de que suceda, parece no ser suficiente, porque no logramos ver que simplemente estamos evitando aceptar que esa ausencia existe porque la otra parte no consideró valioso ser clara en decir sí o no.
Sí, claro que voy a asumir el precio que me corresponde pagar, y ese es el no “hacer que las cosas pasen”, el no dar quinientas opciones para coincidir. La reciprocidad es fundamental. No, no voy a asumir ninguna responsabilidad que no sea mía. El amor no regatea ni tiempo ni espacio; sabe existir en todo su espacio.


















