Llevaba casi todo el día en la biblioteca, había descubierto que las personas no solían ir allí. Pudo encontrar la paz y soledad que necesitaba para encontrarse con sus pensamientos, y escribirlos en su cuaderno. Pero llegó un momento en la que su cabeza ya explotaba, decidió recostarse en un pequeño sillón; dejó el cuaderno en una mesita frente a ella y se relajó, cerrando los ojos. Escuchó a alguien acercarse, más no volvió a abrir los ojos ya que no le importaba mucho. “A las personas no le suelen gustar que revisen sus cosas. Y no soy la excepción.” Se quejó con un tono calmado, aún sin abrir los ojos, al sentir el ruido de las hojas de su cuaderno moverse.











