Zafar de La Vela Puerca, del álbum A Contraluz (2004)
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Zafar de La Vela Puerca, del álbum A Contraluz (2004)
Fito & Fitipaldis - A contraluz (Videoclip Oficial)
rachel cusk, a contraluz
“pero resultaba que a mí ya no me interesaba la literatura como forma de esnobismo, ni siquiera como forma de autodefinición; no tenía ningunas ganas de demostrar que un libro era mejor que otro: de hecho, cuando leía algo que despertaba mi admiración, me sentía cada vez menos inclinada a comentarlo. lo que la experiencia propia me dictaba como cierto parecía no guardar ya relación alguna con el proceso de convencer a los demás. yo ya no quería convencer a nadie de nada”
“ya nos habíamos abrochado los cinturones, como nos había pedido la voz del intercomunicador, y mientras descendíamos entre balanceos y temblores vi un enorme bosque de luces que subía y bajaba misteriosamente en la oscuridad”
“llevábamos ya un rato en mar abierto cuando mi vecino puso una marcha distinta que hizo que, de repente, el barco diera un brinco hacia delante con tanta fuerza que, sin que él me viera, estuve a punto de caerme de espaldas. el estruendo del motor desplazó al instante cualquier otra cosa que pudiera oír o ver. agarré la barandilla que recorría un lado del barco y me aferré bien a ella mientras cruzábamos la bahía con un ruido atronador, la proa levantándose y desplomándose sobre el agua con un golpe seco y el roción abriéndose como un abanico a ambos lados del casco”
“sentí entonces que podría internarme durante kilómetros en el mar: un deseo de libertad y un impulso de avanzar tiraban de mí como un hilo que llevara amarrado al pecho. ese impulso lo conocía bien, y ya había aprendido que, al contrario de lo que antaño solía parecerme, no era la llamada de un mundo más vasto. se trataba, simplemente, del deseo de escapar de lo que ya tenía. ese hilo no llevaba a ningún sitio, tan solo conducía a la infinita inmensidad del anonimato. si lo que quería era ahogarme, podía adentrarme en el mar tanto como quisiera. pero ese impulso, ese deseo de libertad, seguía siendo irresistible: aún creía en él, a saber por qué a pesar de haber demostrado que no era más que una ilusión”
“y esta vez, cuando el barco, de un brinco, aceleró entre el ensordecedor ruido del motor, la sensación me pareció reconfortante y me descubrí conciliando un sueño ligero. abría los ojos de vez en cuando, veía esa tela extraña delante de mí y después volvía a cerrarlos; y al sentir mi cuerpo que, a ciegas, avanzaba transportado por el espacio, tuve la impresión de que todo en mi vida se había atomizado, todos sus elementos se había separado como si una explosión los hubiera hecho saltar por los aires alejándolos del núcleo en distintas direcciones”
“me asaltó el recuerdo, extraordinariamente nítido, de cuando, de niña, iba medio dormida en el asiento trasero del coche de mis padres, acostada durante el interminable y tortuoso viaje de vuelta a casa desde la playa, adonde, en verano, solíamos ir a pasar el día. como no existía una vía directa entre esos dos lugares, sino tan solo una laberíntica red de carreteras secundarias que, sobre el mapa, recordaban a las enmarañadas ilustraciones de venas y capitales en un libro de texto, no importaba demasiado qué camino tomaras siempre que, en líneas generales, fueras en la dirección correcta. con todo, mi padre tenía una ruta preferida, la que le parecía un poquito más directa que las demás, y, por tanto, siempre cogíamos el mismo camino, cruzando y volviendo a cruzar las carreteras alternativas y dejando atrás indicaciones a lugares que, o ya habíamos dejado atrás o nunca llegaríamos a ver, pues la idea del viaje de mi padre había acabado erigiéndose, con el tiempo, en una realidad insalvable, tanto que pasar por esos pueblos desconocidos habría parecido un error, aunque, en realidad, no habría cambiado las cosas en absoluto”
“llegado un momento dado, oscurecía, pero, por lo demás, las noches carecían, eso era muy curioso, de sentido de progresión: no eran más frescas ni más silenciosas ni menos concurridas que el día; el estruendo de risas y conversaciones llegaba incontrolado desde las deslumbrantes terrazas de los restaurantes, el tráfico era un atestado río de luces desbordante de bocinazos, los niños pequeños iban en bici por las aceras bajo los faroles color bilis. a pesar de la oscuridad, el día era eterno: las palomas seguían entregadas a sus escaramuzas bajo la luz de neón de las plazas, los quioscos seguían abiertos en las esquinas y el olor a masa seguía impregnando el exánime aire que flotaba alrededor de las panaderías”
“pero con el drama de la lluvia debí coger un desvío equivocado, porque en vez de llevarnos a la autopista, la carretera fue haciéndose cada vez más empinada y cada vez más estrecha, y las colinas, cada vez más desiertas, hasta que me di cuenta de que estábamos en una auténtica cordillera, con pendientes altísimas y vertiginosas a lado y lado de la vía e inmensos cúmulos de nubes alrededor de las cimas. con la tormenta, rebaños de cabras y jabalíes corrían como locos por las laderas cruzando de vez en cuando la carretera justo delante del coche, todos en tropel”
“me parecía que, mientras la opinión que cada uno tenía del otro no cambiara, la situación no tendría salida. tenía la sensación —continuó—, sensación que conservo desde entonces y que se agudiza cada vez que discutimos, de estar atrapada con él en una red de palabras, los dos enredados entre nudos y cuerdas, convencidos de que podríamos decir algo para liberarnos, pero cuantas más palabras pronunciábamos, más enredos y nudos había. me descubro acordándome de lo sencillos que eran esos tiempos en los que todavía no habíamos cruzado una sola palabra: ese es el momento al que me gustaría volver, justo antes de que abriéramos la boca para hablar”
¿Acaso no te hacía mejor escritor carecer de una identidad a la que recurrir? Escribe Rachel Cusk en A contraluz. Y me hace pensar en una frase de Tana Oshima: «si les interesa a las culturas correspondientes, pero yo no me siento reclamada por ninguna cultura. En España no soy española, en Japón, por tener sangre occidental, no me consideran japonesa.»
La escritora y artista visual platica sobre los procesos de traducción del japonés al español de ‘Agujero’ y ‘Territorio de luz’, además de
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Pero resultaba que a mí ya no me interesaba la literatura como forma de esnobismo, ni siquiera como forma de autodefinición; no tenía ningunas ganas de demostrar que un libro era mejor que otro: de hecho, cuando leía algo que despertaba mi admiración, me sentía cada vez menos inclinada a comentarlo. Lo que la experiencia propia me dictaba como cierto parecía no guardar ya relación alguna con el proceso de convencer a los demás. Yo ya no quería convencer a nadie de nada.
A contraluz
Pero si quieres encontrar algo, tu única esperanza consiste en quedarte exactamente donde estás, en el lugar acordado. Solo es cuestión de cuánto puedes aguantar allí.
Rachel Cusk, A contraluz.
y hoy asume lo que venga sea para bien o todo mal, y aunque pierda lo que tenga se va a morder para aguantar...