Amada.
Otra vez soñé contigo, dónde me torturas con tus encantos.
Estás ahí con tu carita de ángel, tu sonrisa endiablada y tu cuerpo de Corradini.
Yo no puedo alcanzarte, estás ahí, muy cerca de mí, pero solo tú puedes romper el hechizo que me mantiene inmóvil.
Te apiadas luego de verme retorcerme por ti, bajas de donde estás y te subes encima mío.
Tu manzana de Adán, que ahora fácil me puede hacer pecar a mí, está sobre mí frotándose en lo que me identifica como hombre, no lo resisto y empiezo a gemir lentamente, tengo mojado hasta el alma, tú controlas todo.
Poco a poco te vas dejando llevar y nuestras manos van al ritmo del corazón, tocando todo, como ciegos viendo por primera vez.
Yo me estaciono en tus montañas, examinando suavemente las puntas de tus volcanes, te retuerces y al oído me empiezas a gemir y ferozmente tus manos se convierten en garras que exploran mi espalda.
La excitación es muy grande y ninguno de los dos tiene el control, solo la lujuria, el placer y el amor; te miro, me miras, sonreímos inocentemente y nos empezamos a besar alocadamente, cuando nos tocamos, nos besamos y me preparo para unirnos y ser uno solo...
Despierto y ahí me doy cuenta que a pesar de todo este tiempo sin saber de ti, quizá sigo extrañando--te.
-alejandro ocando.







