El tiempo transcurre flotando sobre el paso fresco de las personas justo frente a mi taza de café, no observo a nadie en particular, mi mente no se encuentra ahí, se da un descanso de sí, y tampoco le importa no pensar en nada, se entrega a la magia de no saberse presente en ningún sitio. El tiempo es un vouyerista que atrinchera tu lengua en la raíz de mi boca sin otra intención que sellar cada imagen nuestra con la música de tu cuerpo enhiesto, al tiempo la tiene sin cuidado nuestra "no cita", devenida naufragio con el paso de las horas: derrumbe categórico de silencios, y no es que se halle cansado de nosotros o indolente, la razón es que sabe bien cuál es su lugar, lo que tiene permitido opinar y lo que debe callar aunque mastique sus propios dientes. Hace algunos minutos el tiempo y yo tuvimos uno de esos intercambios acalorados, nos citamos en el sofá antes de merendar, sin previo aviso el almendro también acudió a la charla, intuyo que fue el tiempo quien lo invitó porque alcancé a verlo, por milésimas de segundos un poquitito turbado, en el fondo sé que el tiempo se repliega sobre sí cuando habla de ti, conmigo, de “eso”, de mis miedos, de tu indolencia frente a lo nuestro; el almendro y yo tenemos otro tipo de cercanía, una perspectiva menos tendenciosa sobre la vida ¿o será que, me confío más de él y su palabra sosegada? Al almendro le gusta como a mí el olor de tu cabello sobrepuesto en mi suspiro, antes, durante y después del hallazgo. Le gusta que batee a diestra y siniestra a cuanto simio se me acerca, dice que soy una mujer con un encanto que, la mayoría de ellos ni siquiera percibe: racionalizar los actos, las respuestas, las palabras, los gestos, las intenciones…, la entrega cuando existe, sí, también lo de ser congruente…, Como sea, el resultado de la reunión no fue el esperado, el tiempo se exasperó, derramó su chocolate sobre mi pierna izquierda y salió del departamento echando pestes, alcancé a escucharle un: “no deberías volver a verlo”. El almendro y yo destapamos una botella de vino y nos la bebimos al calor de los planes recientes. Él también sugiere que me lleve este asunto con mucha clama y piense si en realidad tienes algo que me complemente, y sea capaz de clarificar si puedo hacerte algún bien, me gusta que el almendro me escuche y hable con prudencia, me agrada tenerlo como amigo en estos momentos donde las cosas no están en su lugar habitual. En la punta de la madrugada dijo algo que llamó mi atención: ¿pregúntale qué quiere?, mientras lo decía no le di gran importancia, pero conforme pasaron los minutos esa pregunta fue imponiéndose como un pulpo con tentáculos abarcadores, luego de algunas horas he concluido echarlo al olvido, confiar en el azar como suelo y olvidarme de todo.