Ser altamente sensible en un mundo sobre-estimulante
No siempre me es fácil explicar lo que me pasa. Sólo a los 27 comprendí en qué forma era diferente y qué tanto. Tengo un temperamento altamente sensible.
Antes me tenía que conformar con etiquetas como: eres una llorona, exagerada, ya no hagas drama, te tomas todo demasiado a pecho, pero si ni duele, no sé por qué te quejas tanto. Y mis ocasionales retiros de fin de semana, sola en un hostalito alejado, parecían a ojos ajenos, un capricho novelesco.
Debido a mi extroversión y mi disposición generalmente alegre, me costaba trabajo aceptarme como “melancólica”, según la clasificación de temperamentos de Hipócrates.
Hasta que un día, me topé con la descripción de las Personas Altamente Sensibles (PAS). De pronto, todo tuvo sentido. Había encontrado mi tribu. Me sentí como la niña del video “No rain” de Blind Melon, bailando alocadamente al encontrarse con la gente abeja.
Es un tipo de temperamento del que solo comenzó a hablarse a finales de los noventa, con el libro de Elaine N. Aron, “La persona altamente sensible”. Aún hoy, dos décadas después, hay pocos materiales al respecto en español.
Los estudios más recientes apuntan a que las PAS procesan los estímulos sensoriales, incluso aquellos muy sutiles, con mayor profundidad debido a una diferencia biológica en el sistema nervioso. Que el cableado interno es diferente, vaya.
El paquete es muy completo. Por un lado podemos leer las emociones de las personas que nos rodean, aún si las conocemos poco, lo que nos da un nivel de empatía sobresaliente. Como dice Rue Hass, “Queremos arreglar al mundo, para poder sentirnos a salvo en él”. El arte nos toca muy fuerte y tenemos un alto potencial creativo. Ponemos mucho esfuerzo en complacer a otras personas. Captamos las sutilezas y reflexionamos detenidamente sobre ellas, de forma que el perfeccionismo nos es un rasgo muy común.
Por otro lado, las emociones y los estímulos sensoriales intensos –sonidos, movimiento, imágenes- pueden resultar abrumadores. Tendemos a ser más sensibles al dolor físico y un estrés prolongado puede hacernos colapsar de un momento a otro. En México tenemos un verbo muy coloquial para expresar cuando nos aturde el contacto con muchas personas: “engentarse”; algo así como “llenarse de gente”. Pues las PAS nos engentamos más fácilmente y tardamos un poco más en recuperarnos.
Escribo esto porque a alguien puede servirle. A mí me habría encantado saber esto antes, para comprender y explicar que mi desbordada emocionalidad adolescente, no se debía a una sobredosis de poesía (hormonas + alta sensibilidad, ustedes hagan las cuentas). Tal vez así me habría tomado en serio lo de ser escritora mucho antes, sin temor a un fatal destino de heroína romántica.
Ahora comprendo que debo cuidarme del exceso de estímulos, vigilar con qué alimento mi mente, retirarme más seguido para recuperar el balance. Decir NO a tiempo, a pesar de mis deseos de complacer. Algo que me reportó gran alivio, fue aprender a ser empática sin igualar el estado anímico de otros y distinguir que lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Esto me tomó algunos años.
También reconozco que no todas las personas sienten con la misma intensidad que yo, y no porque no les importe, sino que en verdad perciben de forma distinta.
Con esto no quiero decir que ya lo tengo totalmente resuelto. A veces noto muy tarde que me he sobrepasado, pero al menos entiendo lo que está pasando y qué puedo hacer para reponerme.
Si tú o alguien cercano es PAS, ahora tienes una forma de explicarlo. Es una cualidad biológica innata, no un rollo mental o puras ganas de hacer drama. Se calcula que una quinta parte de la humanidad pertenece a este grupo (así que no somos tan inusuales después de todo) y debe haber buenas razones para ello.