... Nunca me disculpé por ser y no ser, por estar y a la vez no, y regresar con excusas baratas que alargaran un poco más la espera y quitaran el peso innecesario de regresar a los días, de abordar la rutina y repetir conversaciones. Jamás me disculpé por no darte las buenas noches, por volver y aparentar que la vida tenía las mismas líneas, que aún seguías dispuesta a entregarme tu amor, y que soportabas una vez más mis pequeñas indiferencias. No pedí perdón por las noches a solas, por las madrugadas en pausa y las mañanas sin buenos días; por no charlar sobre tus gustos, ni preguntarte sobre la vida; sobre cómo estabas. Creo que tampoco me detuve a discutir sobre tus sueños, a poner un plan en marcha para apoyarte y que cogieras un avión de vuelta a mí; que quisieras recorrer el mundo desde mi regazo y compartir lo duro de la vida juntos.
Me parece que mis pausas fueron cada vez más largas y entre la ausencia y el desenfoque de la distancia, me empecé a perder tus letras; encontraste nuevos sentidos y me alejaste de ti. A la vez es egoísta pretender regresar, poner punto a parte y reclamarte por algo; colocar como muestra el pasado y cuestionar lo que es; suponer que el mundo es color de rosa y que el futuro siempre será motivo para volver a empezar. Es simple, jamás estuve, nunca fui lo que debía, ni demostré lo que decía; estuve sin estar y me quedé sólo con lo superficial de tu vida.