El vocabulario de los perros.
Vivimos tiempos interesantes para definir las fronteras de lo humano. Mientras surgen argumentos para decir que no todo ser vivo individual merece entrar en la categoría humana, porque lo humano tiene que ver con una cierta forma de entrada en la cultura; también surgen voces que encuentran en otros seres vivos, particularmente en los animales, verdaderos pares y amigos, capaces de establecer vínculos afectivos y duraderos. Nunca antes la frontera de lo humano había sido tan líquida. Y en medio de esa incerteza respecto de qué significa ser genuinamente humano, uno de los puntos de referencia habituales es el lenguaje: la capacidad de producirlo, de comprenderlo, de habitarlo.
Pero el lenguaje no es una sola cosa. No se trata solo de las palabras que usamos, con definiciones precisas, que pueden ponerse por escrito y preservan un significado más o menos estable al interior de una cultura, independiente de quién las diga y bajo qué circunstancias. El lenguaje tiene también una componente melódica que llamamos “entonación”, capaz de transmitir información respecto del hablante: es hombre o mujer, grande o pequeño, está tranquilo o excitado, cuál es su estado emocional, su edad, su gentilicio. Mientras las palabras son fuertemente dependientes de la decodificación simbólica y contextual, de la cultura en que se dicen, y por lo tanto requieren un notable desarrollo interpretativo por parte de quien las escucha; las entonaciones son fáciles de decodificar y muchos animales parecen ser sensibles a las mismas reglas que nosotros.
Se nos ha dicho que las guaguas muy chicas (y también los fetos en gestación) no entienden las palabras, pero si la entonación y su contenido emocional. Y ese mito va cayendo por pedazos. Hace un par de años, el trabajo del Dr. Eino Partanen de la Universidad de Helsinki terminaba de convencernos de que antes de nacer los humanos ya son sensibles no solo a la voz de la madre y sus inflexiones, sino también al contenido de un cuento leído durante la gestación, de manera que su cerebro responde distinto cuando se les lee el cuento “conocido” o un cuento similar en composición sonora, pero desconocido. Hace menos de un mes, el grupo del Dr. Attila Andics reporta que también los perros son capaces de procesar por separado tanto la entonación como las palabras de un mensaje, permitiéndoles integrar de forma diversa las palabras dependiendo de quién las dice o bajo qué contexto emocional. Si bien los animales no parecen capaces de producir un lenguaje simbólicamente tan rico como el nuestro, todo indica que la exposición a nuestro lenguaje basta para que su propio cerebro se adapte a este tipo de estímulos mediante básicamente los mismos circuitos que en nosotros.
De algún modo, entonces, los animales que conviven cotidianamente con nosotros son capaces de participar de nuestra cultura, del contenido simbólico de nuestras conversaciones, ya no solo mediado por nuestra transferencia de estados emocionales a través de la entonación, sino también a partir del idioma que hablamos y del particular repertorio léxico de nuestra localidad. ¿Dónde está la barrera que hace a unos animales y no a otros sujetos de especial dignidad, protección y derechos?, ¿cómo estas ideas afectan los debates que tienen que ver con estatuto ético de los embriones humanos, de los comatosos, de los cerebralmente dañados?
Cítalo: Andics, A. et al. (2016). “Neural mechanisms for lexical processing in dogs”. 10.1126/science.aaf3777.
Un artículo de Scientific American que pone este hallazgo en el contexto de otras preguntas similares sobre el procesamiento de lenguaje humano en perros: http://blogs.scientificamerican.com/dog-spies/dogs-process-language-like-us-but-what-do-they-understand/
Una nota en la revista Science, sobre el reconocimiento de lenguaje in utero: http://www.sciencemag.org/news/2013/08/babies-learn-recognize-words-womb
La conversación se expande: Conversamos de este tema en el programa #RINOCERONCE de Radio Rinoceronte.FM, hoy martes 13 de septiembre.