I. Coming out? Not for me
summary: dónde Alexy decide salir del closet con Armin (o lo intenta)
Cuando el despertador sonó ese viernes, Alexy sintió que se preparaba para el fin del mundo.
Abrió los ojos sin mover ni un músculo, y durante varios segundos, se quedó mirando el techo, tratando de recordar por qué despertarse le pesaba tanto últimamente.
A su lado dormía Armin, su hermano gemelo, estaban compartiendo habitación mientras reparaban el techo de la suya e instalaban sus nuevas luces. La alarma no pareció perturbarlo en lo más mínimo; apenas frunció el ceño antes de girarse y abrazar el viejo oso de peluche que lo acompañaba desde hacía años. El oso había sido un regalo de la abuela Michelle. Armin lo recibió el día que debutó en el teatro escolar con Little Shop of Horrors, una comedia absurda sobre un empleado de floristería a punto de ser despedido, salvado por una planta carnívora que trae más clientes a la tienda y en secreto, se alimenta de sangre humana.
Su hermano realmente no estaba interesado en unirse al club de teatro. Él estaba más contento cantando y repitiendo diálogos en la libertad de su casa, sin la competencia por el foco. Pero cuando se anunció una producción que no era de Shakespeare, fue el primero en levantar la mano… Claro, también quería ver la famosa planta de utilería robótica de la que todos hablaban.
Para sorpresa de nadie —incluyéndose a él mismo— obtuvo el papel. Ante la falta de candidatos “decentes”, el profesor L’Aire aceptó un trato: si lograba un sold out y una buena función, se llevaría la planta a casa. Después de dos buenas semanas, la familia Keenan tuvo que acostumbrarse a que, por las noches, una planta falsa se moviera sola y emitiera ruidos extraños en el pasillo o tirara humo.
El oso, que alguna vez fue de un suave color lavanda, ahora estaba deslavado, remendado en varias partes y flácido por la pérdida de relleno, uno de los ojos era un botón de camisa mal cosido que no combinaba con el otro ni en color ni en tamaño. Ese peluche ya no tenía forma, pero vivía en la cama de su gemelo. Él se negaba a tirarlo, de hecho, podía percibir cómo su corazón se aceleraba y las manos le sudaban cada vez que su madre lo tomaba para lavarlo. Ella solía hacerlo mientras ellos estaban en la escuela, pero no siempre alcanzaba el tiempo, y entonces Alexy debía acompañar a su hermano en la tortura de ver girar su posesión más preciada girar dentro de la secadora.
En la escuela, nadie sabía del peluche. Era el secreto más grande de Armin, uno de los muchos que compartían entre ellos dos y nadie más. No porque su hermano fuese alguien que necesitaba cuidar de su reputación, al contrario. Aunque era considerado un niño físicamente lindo, su personalidad friki ya lo tenía etiquetado como un chico más raro que encantador, y para la mente colectiva, eso era suficiente para opacar lo demás. Pero él muchas veces había dejado en claro que no necesitaba ser entendido, le bastaba con tener su espacio y a Alex, o al menos eso decía cada vez que le preguntaba si no se aburría de sentarse con él en el recreo. Él solo le sonreía y soltaba alguna tontería con voz de Yoda, o repetía alguna frase, pero siempre era honesto.
Entonces, Alex pensó que no había nada, absolutamente nada, que no compartiera con Armin.
Desde aquella bóveda llamada útero hasta la sangre que los mantuvo latiendo al unísono durante nueve meses. Tenían los mismos ojos, el mismo cabello oscuro, la misma nariz ligeramente respingada, los mismos labios y la misma piel pálida. Sí, Armin tenía más lunares en el rostro y se dejaba crecer el cabello como un personaje cuyo nombre Alexy siempre olvidaba, pero si lo miraba fijamente, era como mirarse al espejo.
El hueco en su estómago se hizo más notorio y el nudo en la garganta volvió a dificultar tragar. Eran iguales, sí, pero también distintos. A diferencia de Armin, Alexy sí le había ocultado cosas, muy importantes, de hecho. Y eso lo hacía sentirse más ajeno de lo que ya se había sentido en las últimas semanas porque entonces sí había algo más que separaba sus caminos, algo más allá de que Armin fuera un friki con talento y ansiedad.
Durante los ensayos de la última obra, Alexy se encontró mirándolo demasiado. A él. Timothée. Un chico de un grado mayor que iba a protagonizar West Side Story en ese año, era el último antes de graduarse y el club quería concederle ese honor. Armin se apuntó en iluminación como una forma “sutil” de huir del escenario. Le gustaban las canciones, pero no lo suficiente como para audicionar y menos si el papel implicaba besar a la molesta Renée. Alexy, en cambio, se integró al equipo de vestuario y escenografía, su parte favorita. Le encantaba tener las manos metidas en cada rincón del proceso creativo. Según él, nadie tenía ese ojo que le permitía imaginar cómo debía verse una historia.
Lo de Timothee fue algo leve al principio, solo distracción y cosquilleo gracioso cuando lo miraba llegar con su sonrisa torcida y el pelo revuelto, pero el cosquilleo creció con la velocidad alarmante de una fiebre hasta convertirse en una cosa visceral, incómoda, hirviente. Timothée tenía esa forma de caminar como si no pisara el suelo. Era delgado, con ojos verdes y una chaqueta de mezclilla que usaba todos los días. La primera vez que lo vio, pensó que le gustaba su estilo. La segunda vez, pensó que quería imitarlo. La tercera, ya no podía pensar.
Ese día, él llegó tarde para que le tomaran las medidas. Alexy se había quedado solo en el aula con la cinta métrica colgando de su cuello y un cuaderno de notas en las manos. No supo si fue por la luz del sol o porque el tono de su chaqueta combinaba perfecto con sus ojos, pero internamente, sintió que se estaba desarmando. Como si su cuerpo se volviera de vidrio y alguien le hubiese dado un golpecito justo en la base del esternón para hacerlo estallar en pedazos.
Le temblaban las manos mientras lo medía. El cuello, los hombros, la cintura. El roce de la cinta en su piel le pareció obsceno. El silencio entre ambos era denso, como si el aire se hubiera solidificado. Y aunque Timothée no pareció notarlo, Alexy sintió que estaba gritando por dentro. Como si su mente, su corazón, su cuerpo entero dijeran «mírame, notame, ¿qué es esto que me pasa?».
No era la primera vez que se sentía así. Ya antes había tenido pequeñas corazonadas, miradas que duraban más de lo necesario, sueños extraños que despertaban en él un vértigo sin nombre. Su mente era buena para eso: para fingir, para redirigir, para inventar motivos. Pero esta vez no. Esta vez no cooperaba y lo odiaba. La ansiedad se le colaba por los dedos, por la lengua, por las axilas. Todo su cuerpo rebosaba de desesperación por no comprender por qué de repente un idiota celoso de Armin le provocaba tanto.
En su casa, se hablaba libremente de sentimientos, de sexualidad, cambios. Sus padres no eran tradicionales, eran geniales. Su madre solía decir que el mundo ya tenía suficientes idiotas que pensaban con el pene como para criar dos más. Pero incluso en un hogar donde genuinamente se sentía seguro, Alexy no se atrevía a preguntar exactamente con quién se suponía que uno debía sentir ciertas cosas.
Armin, por ejemplo, les decía en la cena del día anterior que le gustaba Cosette, una pelirroja robusta con la que hablaba a veces sobre la última película de Batman. Su padre le había hecho una broma sobre declararse, pero Armin se había negado con un fuerte sonrojo. Y aunque Alex se rió bastante en la conversación, al final, lo dejó pensando más de lo que habría querido y una vez que comenzó a pensar, no supo cómo detenerse.
Así fue como terminó con dolor de cabeza durante días. Con las tripas enredadas en un nudo apretado que le pesaba como una bola de hierro. No por algo que hubiera comido, no por una enfermedad. Era otra cosa, algo menos visible, más denso. Había noches en las que despertaba sin saber por qué, con el cuerpo sudado y el corazón al galope. Se quedaba mirando el techo, escuchando a Armin respirar a su lado, preguntándose si acaso su hermano podía sentir su ansiedad y si batallaba con ella pensando que era la suya.
¿Armin sentiría su envidia porque, a diferencia de Alex, desde siempre sabía quién era y qué quería? ¿Qué le gustaba?
Alexy, en cambio, no podía con la idea de no saber. Se le colaba en la espalda, en los hombros, en el cuello, lo mantenía tenso, alerta, como si en cualquier momento fuera a sonar una alarma que solo él podía oír. Pensaba mucho. Demasiado. Imaginaba conversaciones que nunca sucederían, escenarios donde confesaba lo que sentía y la gente cambiaba de expresión, se alejaba, lo miraba distinto. En su mente, todo terminaba mal. Un teatro mental de catástrofes emocionales.
Durante el día fingía que no le importaba cuando Timothée lo saludaba. Fingía que no le temblaban las manos cuando lo tenía cerca, cuando sus dedos se rozaban por accidente al pasarle el libreto o al ajustarle la chaqueta. Fingía que podía respirar con normalidad cuando cantaba One hand, One heart bajo una luz de luna artificial.
Pero no era solo Timothée. Era lo que él representaba ahora, la única maldita diferencia que se instaló en lo que siempre pareció igual y que debía ser. El nombre que Alexy todavía no se atrevía a darle a lo que sentía. El silencio incómodo en medio de una familia que decía ser abierta pero que jamás había nombrado eso. No con todas sus letras. No con la crudeza que necesitaba.
Lo que sentía era una jaula sin barrotes, una sospecha que crecía como moho en las esquinas de la conciencia. Una palabra que flotaba, sin forma, pero con filo. Una palabra que ni siquiera se atrevía a pensar por completo. Porque si la pensaba, si la pronunciaba en la intimidad de su cabeza, entonces tendría que admitir que sí, que algo en él era distinto, que lo que le pasaba con Timothée no era una fase, ni una emoción cualquiera, ni una exageración adolescente.
Y eso lo asustaba. Más que cualquier otra cosa.
No porque estuviera mal y no porque lo creyera incorrecto sino porque no sabía qué significaba para él. Para su vida. Para Armin.
¿Cómo se lo iba a contar? ¿Cómo decirle a alguien que es tu otra mitad, que te mira y te entiende sin que tengas que explicar nada, que hay algo que no puede compartir con él? ¿Cómo enfrentar la idea de que esa diferencia, por mínima que fuera, podría separarles?
A veces, al mirarlo dormir, deseaba poder volverse él. Sentir esa ligereza y la certeza con la que él vivía tan tranquilo. Quería arrancarse la piel, cambiarse por la suya, dejar de ser este Alexy nervioso, contradictorio, confuso, que se le deshacía en las manos cada vez que intentaba definirse.
La ansiedad se le alojaba en el estómago como un animal dormido y cuando despertaba, lo hacía con garras. Se le subía al pecho, le comía el apetito, le arruinaba los recreos, le robaba el sueño. Le hablaba bajito, con la voz de todas las dudas que nunca había pronunciado en voz alta. ¿Y si no te entienden? ¿Y si te rechazan? ¿Y si no es lo que crees que es? ¿Y si sí lo es, y entonces qué?
Eso era lo que más lo asustaba. Lo que venía después del reconocimiento, después de saber y del probable silencio.
Incapaz de seguir en la cama, Alexy se levantó y encendió la luz. Armin se estiró como un gato, soltando un gruñido mientras se desperezaba entre las sábanas revueltas, su oso cayó al suelo con un leve golpe seco, pero no pareció importarle. Se frotó los ojos con los nudillos, bostezó largo, y miró a su hermano con los ojos entrecerrados, había reproche.
— ¿Por qué tan temprano? —preguntó Armin, su voz unas octavas más grave por el sueño.
— La alarma ya sonó, bobo, y hoy tenemos que llegar antes para el ensayo final. —respondió recogiendo su oso del suelo.
—Sí… Viernes. —la voz le salió con trabajo.
Armin se incorporó con torpeza, se rascó la cabeza y fue directo al clóset, donde comenzó a rebuscar por una camiseta prestada. Tenía el cabello revuelto como un nido de cuervos.
—Hoy se supone que veremos el supuesto beso, ¿no? El señor L’Aire dijo que quería probar la iluminación romántica, pero no sé cómo el cálido o frío le podría ayudar a Timothee y su cara de...
Alexy lo escuchaba, pero no respondía. No era que no quisiera contestar, pero la punzada dolorosa le atacó por la mención de la escena y le hizo difícil pensar en una respuesta en la que su voz no sonara como un gato estrangulado, ¿por qué tenía que mencionar esa en específico?
Salió de su pequeño trance con esa declaración y corrió detrás del pelinegro antes de que se le ocurriera encerrarse.
— ¡Armin, no! —se quejó al chocar contra la puerta y golpearla un par de veces—. ¡Me tocaba primero hoy!
— Sí, pero tú estás flotando y me levantaste feo.
Escuchó la regadera abrirse y solo le dio un último golpe a la puerta—no tan fuerte porque a su madre le enfadaba y enloquecía— antes de volver a su habitación para arreglar sus cosas. Ni siquiera tenía ganas de ir a la escuela y tenía ganas de llorar porque ahora no sabía cómo comportarse.
La puerta de la habitación se abrió unos minutos después, Armin llegó envuelto en su toalla azul, con gotas resbalándole por el cuello. Tarareaba una canción de la obra y caminaba descalzo, dejando huellas húmedas sobre el piso de madera, y cuando lo vio, le sacó la lengua para recalcar quien se había salido con la suya.
Por un segundo, quiso decirle todo. Abrir la boca y soltar el enjambre. Que Armin se sentara a su lado como cuando eran niños y uno lloraba por pesadillas, y el otro lo abrazaba sin preguntar. Decirle que no sabía qué le pasaba, pero que no podía seguir ocultando algo que cada vez le resultaba evidente. Que tenía miedo de que no lo viera igual, que ahora él fuera el bicho esto en su propia casa y ahora sí se quedará solo.
Solo fingió devolverle la mirada con molestia y fue a ducharse.
Cuando salieron de casa el cielo estaba nublado. Su padre les dejó frente a la entrada y solo tuvieron que echar carrera hasta el interior.
Alexy caminaba junto a su hermano, pero el cuerpo le pesaba como si lo arrastrara por dentro. Llevaba la mochila colgada de un solo hombro, sus manos estaban ocupadas con una caja. Armin hablaba de algo técnico con Bastien, otro de sus compañeros de club, pero no estaba haciéndoles mucho caso porque estaba más concentrado en prepararse mentalmente para la jornada.
Cuando llegaron Timothée estaba sentado en las escaleras de la escenografía, apoyado contra la baranda, con el libreto bajo el brazo. Llevaba la chaqueta color mostaza que utilizaba en la escena, y el cabello húmedo le caía sobre la frente de forma tan accidental que parecía estudiada. Estaba hablando con un grupo de amigos, riendo con esa media sonrisa que a Alexy le hacía sentir la tonta de María al encontrarse a Tony en el balcón.
—…y luego me dijo que podíamos probar con luces azules en vez de rojas, pero yo creo que le falta drama. O sea, si se están matando, ¿no debería parecer que se están matando? ¿tú qué piensas Alex?
Alexy asintió otra vez, con la mirada clavada en Timothée, que ahora se giraba ligeramente hacia ellos, sin verlos aún. Le sudaban las palmas. Tragó saliva. Quiso meterse la mano al pecho y calmar esa cosa que le martillaba desde adentro, esa voz que no sabía callar y que le decía que lo quería mirar, que lo quería escuchar, que quería estar más cerca.
— ¡Oye! Tierra llamando a Alex, aquí Armin Solo reportándose. —dijo Armin pasándole una mano por la cara.
Alexy parpadeó, como si lo sacaran de un sueño, desviando los ojos de inmediato.
—Estás raro desde el desayuno, como… ido.
Alexy se forzó a sonreír, la misma sonrisa torcida de siempre.
—Estoy bien, solo me duele un poco la panza desde el desayuno. Creo que fue demasiada crema batida hoy.
Armin lo miró con escepticismo, pero no insistió. Hizo una mueca, se encogió de hombros.
— Bueno, igual le diré a mamá que cambiemos los hot cakes por los waffles. No me gusta cuando estás en modo zombie.
Poco a poco el auditorio se fue llenando de gente y comenzó la acción. El señor L’Aire gritaba instrucciones, todos se movían a paso apresurado, pero Alexy no podía terminar de concentrarse. Demasiadas voces superpuestas, objetos que caían, pasos apresurados, risas nerviosas, los actores calentando. Una bocina chilló desde algún rincón. El foco principal parpadeaba con un zumbido agudo como de mosca atrapada. Los de su equipo se movían con prisa entre las cajas de utilería y las estructuras de escenografía aún a medio armar. Los cuerpos se cruzaban sin parar, como si todo el grupo estuviera atrapado en una coreografía descoordinada, pero nadie se detenía.
Alex se enloquecía tras bambalinas con los vestuarios, prácticamente corría detrás de Mona, la encargada principal, con el costurero y cinta en mano por si había un ajuste de último minuto antes del gran estreno. De vez en cuando, sentía una mirada en su espalda, y cada vez que se giraba, Armin lo observaba desde la consola con una expresión que parecía a medio camino entre la curiosidad y la preocupación, pero prefería ignorarlo.
—¡Alexy! —gritó Emilie, del equipo de peinados, desde el fondo—. ¡Las pelucas están enredadas otra vez! ¡Y no encuentro la bolsa de los pasadores!
Dio media vuelta, algo irritado por los gritos, y tropezó con una caja mal cerrada. El cartón cedió con un crujido, y decenas de retazos de tela salieron disparados en una lluvia de colores. Él se agachó, recogiendo torpemente lo que podía, sus mejillas ardían de vergüenza. Una carcajada se escapó de Timothée, quien lo miraba desde el centro del salón, con una botella de agua en una mano y un cuchillo falso en la otra.
—¿Se te movió el piso? —le preguntó, caminando un par de pasos hacia él.
Alexy se levantó tan rápido que casi se marea.
—Sí. Solo… ya sabes, Mona camina rápido. —respondió con una risa que no le salió del todo.
Timothée asintió, no preguntó más. Alexy se odió un poco por cómo no podía evitarle la mirada
—¡Alexis! —ahora era el profesor L’aire, agitando los brazos con furia, su voz retumbando como un trueno—. ¡Necesitamos el muro de la escena tres ya! ¡Y dile a Armin que revise esas luces ya! ¿Quién demonios cambió los colores? ¡No estamos haciendo Moulin Rouge!
Alex asintió en automático. Recogió a duras penas los retazos y los dejó sobre una de las mesas antes de echarse a correr para cumplir su siguiente tarea. Avanzó entre bastidores hasta la consola, Armin estaba sobre una escalera alta, tratando de ajustar uno de los focos mientras discutía con una chica de escenografía.
—¡Pero nos dijeron que era el azul frío, no rojo neón! —gritaba, frustrado.
— L’aire está como loco, me pidió que te dijera…
— Sí, ya me imagino que ha de querer ese pinche viejo. Pero te juro que no tuve la culpa, yo solamente puse los focos. —suspiró desde la escalera de aluminio. El sudor le caía por la frente, el calor era horrible ahí arriba—. ¿Tú como vas?
— Es horrendo, todos están como locos ahí abajo.
Armin resopló, pero una media sonrisa se le escapó. Bajó con cuidado un peldaño de la escalera y apoyó ambos pies en el entarimado. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se “limpió” en la camiseta de Alex para molestarlo.
— ¡Tu estás más asqueroso! Mira tu pantalón. —dijo señalándole las rodillas mugrientas por su caída.
Suspiró abatido y pateó una caja vacía.
— Ya estoy harto. Primero la tonta escenografía, luego Mona histérica y ahora…
No terminó la frase, se hizo bolita en cuclillas con los codos apoyados en las rodillas y las manos cubriéndole los ojos. Armin le miró por un segundo en silencio, meditando sus opciones.
—¿Quieres ir a las cabina de sonido? —preguntó al fin—. Theo va a tardar con el foco y ahí el tonto de L’aire esconde una mini nevera con Fanta.
Alexy asintió, apenas. Caminó detrás de su hermano sin decir palabra. Pasaron entre el desorden de cajas, instrumentos mal guardados, pelucas tiradas como animales vencidos y se escabulleron por la parte trasera hasta los asientos, de ahí llegaron a la cabina aislada.
Armin sacó del mini bar dos latas frías de refresco y se dejó caer sobre el sillon tapizado de cuero, palmeó el espacio a su lado. Alexy se sentó en silencio a su lado. No hablaron los primeros diez minutos, pero el silencio no era incómodo, solo se dedicaban a beber de su refresco y disfrutar de la calma.
—¿Entonces? —dijo Armin, sin mirarlo—. ¿Qué te pasa? A ti te gusta andar en el chisme y con los de vestuario.
— Sí eres, pero ese no es el punto aquí. ¿Te peleaste con alguien? ¿Te spoilearon el final de temporada de Game of Thrones?
Alexy rió, pero fue una risa pequeña, atrapada en la garganta.
—Lo sé, pero es la primera vez en dos semanas que más o menos te ríes. —contestó Armin, sin tono de reproche, estirando las piernas—. No me tienes que contar si no quieres. Pero si quieres, pues… aquí estoy.
Pasaron unos segundos largos en los que Alexy jugueteaba con el anillo de la lata. Respiró hondo, lavoz le salió casi inaudible cuando se atrevió a hablar.
—Creo que me gustan los chicos.
Armin no se sobresaltó. No hizo ninguna exclamación ni frunció el ceño. Simplemente soltó un leve resoplido por la nariz y lo escuchó reírse a su lado.
Alexy lo miró con las cejas levantadas, confundido.
— Sí, y la verdad, pensé que me ibas a decir otra cosa y estaba preocupado, pero si solo era eso pues me puedo relajar.
— ¿Cómo es que lo sabes y te quedas tan tranquilo?
— Pues es normal, Alex. No es como que lo tuvieras tatuado en la frente, pero… no sé, es como de esas cosas que solo se sienten y ya. Quizá es nuestra conexión paranormal de gemelos o una madre así, pero ajá.
Alexy se quedó callado, con la boca entreabierta. De pronto, no sabía si reír, llorar o pegarle.
— ¿Y por qué nunca me dijiste nada?
—¿Y tú querías que lo hiciera? —preguntó Armin, encogiéndose de hombros—. ¿Que viniera y te dijera: “oye, Alex, creo que te gustan los chicos, ¿verdad que Anakin es más guapo que Obi Wan?”? Nah, me pareció mejor esperar a que tú quisieras hablarlo y te sintieras seguro, como dijo mamá con lo de las chicas.
Los ojos de Alex comenzaron a aguarse, un suspiro de alivio se le escapó de los pulmones. Armin se incorporó del asiento.
— ¡No llores, no era mi intención!
— No es eso, solo que… Dios, yo tenía tanto miedo y tú me sales con tus tonterías. —confesó..
— Bueno, no siempre puedo ser el gemelo listo. —bromeó ganándose una mirada—. ¿Que? Es que, no entiendo por qué tenías miedo, no es como que te fuera a salir otro ojo o descubrieras que eres un mutante como los X-Men. Ahí si me hubiera enojado contigo por no decirme.
— Es que, Armin siempre hemos sido iguales… —empezó a decir, pero la voz se le quebró—. Los mismos ojos, la cara, cumpleaños, resfriados. No es que me moleste ser diferente, pero esto es la primera cosa donde no compartimos.
— Más o menos, tú tienes los ojos más grises que azules y nos vestimos diferente, a ti no te gustan los videojuegos —apuntó—, pero los dos estamos de acuerdo en que Zuko era el más cachondo de Avatar, ¿no?
Alexy estalló en una risa que le dolió en el estómago. Tapó su rostro con las manos.
— Tranquilo, creo que habla de que tienes buen gusto.
El silencio se llenó de algo cálido. Afuera, los gritos del profesor L’aire seguían rompiendo la escenografía como piedras contra un ventanal, pero ahí, en ese rincón desordenado del escenario, el mundo era otra cosa. Alexy se lanzó a abrazar a su hermano.
— No hace falta, yo te quiero así… Aunque seas un desastre con las pelucas y los pasadores.
— Oye, ¡eso no es culpa mía! Emilie las dejó todas…
— Sí, sí. Vamos, ya lloraste, ya confesaste, ahora toca volver a ser útil. —dijo Armin, levantándose con una sonrisa burlona y dándole una palmadita en la cabeza—. Oh, vamos alguien tiene que decirle al cara de moco de tu enamorado que afine antes de seguir rompiendo los focos.
Alexy se limpió la cara con la manga y lo siguió, el pecho más liviano ahora que lo había soltado todo. Hasta se sintió tonto preocupándose tanto sabiendo que si en el mundo alguien siempre lo iba a entender ese era el bobo de Armin.
— Por cierto, ¿le haremos un power point a nuestros padres?
— Podemos ponerlo como un gender reveal.
— Te teñimos el pelo de azul.
— Eso no suena tan mal, pero quizá un día.