Uno de los placeres que me ha dado esta edición de La disputa por el soldado Grischa es la fotografía de la portada. Hombres de la gran guerra que ya no se encuentran entre nosotros. Observo los uniformes y me pregunto si las guerreras fueron lo suficientemente cálidas para cubrirlos durante el invierno o se les ensopaban de sudor en el verano. Me pregunto si estos hombres habrán sobrevivido a las heladas o acaecido por las olas de calor y la disentería. Los miro de a uno en uno y a todos les pienso una historia que comprende a una mujer con críos esperando el fin del suplicio y el retorno del amado esposo. Entre ellos se halla un chaparrón de bigotitos superlativos, que seguramente se los dejó crecer y pellizcó para contrarrestar el chiste de circo que detona su persona. Me lo imagino en los cabarets exclusivos para los soldados del imperio, entre calores ahogados y exhumaciones. Me lo imagino sentando a las putas en sus piernas y metiendo su nariz entre los senos, con aquellos bigotitos que ejercen un alcance tentacular. Y lo ubico también provocando los sentimientos de los soldados con su violín en juego hasta conseguir lágrimas y añoranzas por el hogar. Aunque puede que su temperamento fuese todo lo contrario y solamente haya conseguido ganar el corazón de sus camaradas sinfónicos. Es difícil saberlo. Pero haciéndolo a un lado, el detalle mayúsculo de la fotografía no es la eternidad plasmada de quienes ya no existen, sino el fantasma de la fisgonería. Al fondo, a través de una ventana, se descubre un mirón anónimo, uno de aquellos marginales de las capturas, seres de todas las épocas que no tienen otra cosa mejor que hacer salvo colarse donde no fueron invitados, y que tienden a causarnos a nosotros, los fervorosos de la curiosidad, un misterio quisquilloso. En el caso de la portada de Una disputa por el soldado Grischa, a pesar de la nebulosidad y de la rigurosidad de la época, alcanza a distinguirse la mirada metiche, indeleble al tiempo y a la conducta humana, de un individuo que se supone debería encontrarse al margen de una tarea marcial. Pero no. El sujeto tuvo tiempo de sobra para detenerse y asomar su carota huesuda. Un mirón. Un espía in fraganti que desde su cobijado acecho invade a rasgo tétrico la celebración de un instante de efímero reposo. Basta estudiarle para zozobrar en la imaginación.














