Cuenta la leyenda que si tocas tres veces la puerta de esta casa a las tres de la mañana no te pasa nada, diablo, pero si te ve una tía de esas que no pueden dormir, juro que llama a la poli y te prenden una guayabiza.
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Cuenta la leyenda que si tocas tres veces la puerta de esta casa a las tres de la mañana no te pasa nada, diablo, pero si te ve una tía de esas que no pueden dormir, juro que llama a la poli y te prenden una guayabiza.
¡Resucita ya!
Hay una casa en Eslovenia donde si entras un determinado día todos tus temores son resueltos y sales sintiéndote como nuevo. Pero también donde algo malvado puede ocurrir y en vez de sentirte mejor, sales peor que antes, trastornado, hecho un loco, la cara toda chueca y a los tantos días mueres. Lo acabo de leer en A través de la noche, la última novela del escritor noruego Stig Sæterbakken, quien se suicidó después de escribirla. En la historia que cuenta Karl, un marido poco expresivo pero infiel, su hijo mayor ha muerto y entonces un amigo le habla de la casa como sugerencia para lavar sus penas. ¿Qué clase de tormento habrá impulsado a Stig a escribir esta magnífica novela y después convecido de que esta vida ya no valía la pena vivirla? Tal vez A través de la noche es aquella casa y en vez de sentirse mejor después de escribirla, una fuerza terrible lo sofocó hasta la muerte. ¿Se atreverían a entrar en aquella casa (leer la novela)?
Yasha, un mago promiscuo, tiene amantes como un marinero en cada puerto. Algunas de ellas lo intuyen, las otras lo saben y se hacen de la vista gorda. La supervivencia de la mujer en una época en que se aproxima otra guerra mundial, así como su necesidad enconómica y el miedo a no ser abandonadas, viajan a lo largo de la novela junto al mago de Lublin, un hombre que las ha hechizado de amor y promesas platónicas para entonces retenerlas en la clase de calabozo de monstruo donde ninguna mujer quisiera terminar enjaulada. ¿Quién de ustedes sigue a un mago de Lublin? https://www.instagram.com/p/Bt9QteEnmS6/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=uzv2i4262do
En un cuento de Etgar Karet, un amigo discute con otro en un restaurante. Al final, cuando este se queda solo, el pescado servido en su fuente comienza a hablarle. Ahora, cada vez que me sirven pescado, espero a que me hable. De tal magnitud son las reminiscencias de los cuentos bien escritos. https://www.instagram.com/p/BtmoCvdnSh-/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=suhfm3y2da3s
Obrador no quiso invitarle a sus paisanos un bocao del puchero que presume en las redes sociales. https://www.instagram.com/p/BtPsdfUH8wZ/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=11eec3uohyjb7
Tercer libro del 2019. Fabio Morábito, narrador preciso, cirujano de la lengua escrita. Textos para que botanee el pensamiento, para que se te enriquezca la reflexión literaria que llevas dentro. Y si no, para que te nazca. https://www.instagram.com/p/BtIEQK5hugA/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=17gyi5aknp87n
En el 2013 dibujé este mamarracho. Fue una protesta secreta. En ese entonces estaba de moda el duck face y yo lo detestaba. Personas con la trompa parada y las mejillas sumidas presumiendo atracción, como un culo fruncido pero desinhibido y ávido por ganar una aceptación social que con los años no sirvió para nada. https://www.instagram.com/p/BsRr-pvhOnxl_4DDNYuEd5fsV4FabSZl1rBPM40/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=1np0yjcyvhndx
Al inmueble de la izquierda le llaman La casa de San José. A la casa de en medio Los diablillos. Y a la de la derecha El pequeño paraíso. Están en Michelen, Bélgica. ¿Es una alegoría? Observen: la de San José se ve terrenal, de proporciones concebibles para el hombre ordinario. Pero la de los diablillos... obsérvenla bien, ¡es espeluznante! No postraría mi cansada humanidad en ninguno de sus aposentos. El solo hedor de lo que se supone que allí habita le aplasta el corazón a cualquiera. Es como si continuara lloviendo en su interior y el verde de su fachada fuera el exhalo de las almas sufrientes. Sin embargo, basta con mirar al lado para componer el espíritu. Ahí está El pequeño paraíso, donde en su interior es de suponer que hay un hermoso salón de té, cálido y bien iluminado, con un menú premiado con el mayor número de estrellas Michelin, pues contiene exactamente lo que se les antoje comer. Y pues cómo no, si El pequeño paraíso es apenas una probadita del verdadero paraíso. Díganme si no darían lo que fuera por ser aceptados en su club, incluso un generoso diezmo, tan gordo como sus codiciadas ganas de vivir para toda la eternidad... o hasta que se empalaguen. toerisme.mechelen.be/en/haverwerf 📸 IG/eyes.of.kb
Tengo un amigo mojarra y no sé si es un masoquista lastimoso o un casanova experto. Su mayor afición es no dejar ir a las mujeres que nunca lo quisieron. Le hacen canalladas y él las conserva en frasquitos de vidrio sobre la repisa de la ventana por "mojarrosidad", es decir, para que se oreen, a ver si cambian de parecer y se acuerdan de él cuando lo necesiten. Mientras esto ocurre, mi amigo las contempla a distancia prudente, como se hace con los animales hermosos y peligrosos del zoológico.
Uno de los placeres que me ha dado esta edición de La disputa por el soldado Grischa es la fotografía de la portada. Hombres de la gran guerra que ya no se encuentran entre nosotros. Observo los uniformes y me pregunto si las guerreras fueron lo suficientemente cálidas para cubrirlos durante el invierno o se les ensopaban de sudor en el verano. Me pregunto si estos hombres habrán sobrevivido a las heladas o acaecido por las olas de calor y la disentería. Los miro de a uno en uno y a todos les pienso una historia que comprende a una mujer con críos esperando el fin del suplicio y el retorno del amado esposo. Entre ellos se halla un chaparrón de bigotitos superlativos, que seguramente se los dejó crecer y pellizcó para contrarrestar el chiste de circo que detona su persona. Me lo imagino en los cabarets exclusivos para los soldados del imperio, entre calores ahogados y exhumaciones. Me lo imagino sentando a las putas en sus piernas y metiendo su nariz entre los senos, con aquellos bigotitos que ejercen un alcance tentacular. Y lo ubico también provocando los sentimientos de los soldados con su violín en juego hasta conseguir lágrimas y añoranzas por el hogar. Aunque puede que su temperamento fuese todo lo contrario y solamente haya conseguido ganar el corazón de sus camaradas sinfónicos. Es difícil saberlo. Pero haciéndolo a un lado, el detalle mayúsculo de la fotografía no es la eternidad plasmada de quienes ya no existen, sino el fantasma de la fisgonería. Al fondo, a través de una ventana, se descubre un mirón anónimo, uno de aquellos marginales de las capturas, seres de todas las épocas que no tienen otra cosa mejor que hacer salvo colarse donde no fueron invitados, y que tienden a causarnos a nosotros, los fervorosos de la curiosidad, un misterio quisquilloso. En el caso de la portada de Una disputa por el soldado Grischa, a pesar de la nebulosidad y de la rigurosidad de la época, alcanza a distinguirse la mirada metiche, indeleble al tiempo y a la conducta humana, de un individuo que se supone debería encontrarse al margen de una tarea marcial. Pero no. El sujeto tuvo tiempo de sobra para detenerse y asomar su carota huesuda. Un mirón. Un espía in fraganti que desde su cobijado acecho invade a rasgo tétrico la celebración de un instante de efímero reposo. Basta estudiarle para zozobrar en la imaginación.
Si tu amiga te dice que sí va salir contigo pero nunca te define cuando, entonces eres un bobo escama, amigo del pobreteado hombre mojarra, que al igual que tú, siempre los dejan preñados. Lo siento. ¿Cuándo nace tu cría?
Le apestaba el pescado. No era fresco, aunque lo ofreciera como tal. Y culpaban al hombre mojarra. ¿Por qué son así?
La corrupción de un ángel
Hace días que vengo pensando en echarle un telefonazo a Vicente, para preguntarle de qué numen goza cuando escribe, pero ya es sabido que las musas no se alquilan en internet como las novias ucranianas, ni están a disposición de los desfavorecidos ni vienen anunciadas en catálogos de revistas; por lo contrario, son prodigios de la fortuna que van y vienen lo mismo que las estrellas fugaces y las pocas cosas buenas que nos suceden en la vida a los escritores. En tanto que algunos se estimulan la creatividad chingándose lo prohibido o bebiéndose la sobriedad, otros caen en manías y supersticiones curiosas: trabajan en calzoncillos; siguen minuciosos rituales del té que exasperan a sus esposas; cambian la silla de lugar; o simplemente se desparraman en la cama con el cenicero a un lado lleno de colillas retorcidas a esperar que la musa regrese como lo hizo la última vez en la que los encontró, hechos un trapo y no precisamente con los dedos picoteando sobre el teclado, porque una cosa es segura, las musas eligen a sus protegidos desde la natura, hacen mancuerna solamente con los talentosos, aunque sean efímeras y de vez en cuando se les dé por perderse sin retorno. No es el caso de Vicente Gómez Montero. Al parecer la musa que le acompañó en La enfermedad de la rosa, El aquelarre barroco, y demás obra previa, es la misma, pero reloaded, que le sopló al oído en La pandilla de la Musa, su novela más reciente, culmen y de célebre calibre literario, en la que hallamos a la música y a la poesía fungiendo como piezas elementales del engranaje.
Esta es la historia, el cuento (como reitera Vicente), de Azafel, un ángel de desobediente, fisgón y patas de perro que prefiere echarse a andar por ahí, entre las vicisitudes de los hombres y los escenarios atribulados de los dioses paganos, que cumplir con sus amparos. Una tras otra se le ve fracasar en sus misiones, tanto por sus descuidos y desmanes, como por una especie de salación que lo pone a prueba hasta el último de sus días y que más apunta a un irreparable problema de déficit de atención, del que no se puede desembarazar, que a una bobería involuntaria. Pan sin sal y gris, Azafel es el ordinario subordinado que pretende hacer lo que se le manda y nada le sale bien; un godínez alado y de conciencia mediana que se aprovecha de las fisuras del sistema celestial, para irse de pinta con las musas, agarrar el pedo con ellas y fornicar en grande. Así lo vemos deambular de una época a otra, disfrutando a las hijas de Apolo, admirando a Monteverdi y Mozart, lo mismo que a Wagner, Palestrina y Sor Juana Inés de la Cruz, pero también involucrándose en los excesos de la corrupción, mientras que el hechizo impuesto por un enemigo le va difuminando toda reminiscencia de que alguna vez fue un ángel del Señor. Algo que lo tiene sin cuidado, pues no le importa corromperse a cambio de un momento con los hombres y sus cosas raras y maravillosas; esas que inventan y ponen a celar a los dioses y son suspiros de musas; y porque, además, todo se vale en la lucha contra los enemigos de la poesía y la búsqueda de la felicidad, aunque la condena sea eterna y oscura como los abismos de las tinieblas.
Vicente lanza con La pandilla de la Musa una novela de esbozos de biografías importantes, su pluma siempre fina y ambiciosa para los amantes del uso del diccionario se desarrolla como una máquina del tiempo conducida por musas intrépidas y diseñada especialmente para melómanos nostálgicos con ganas de asomarse al pasado. Sin embargo hay quienes afirman que a Vicente le sobran recursos narrativos, porque él mismo es un numen disfrazado de hombre de museos y charlas grandilocuentes, por lo que sus obras no fueron secundadas por ningún ente de otro mundo; estas son producto genuino de su imaginación y del don envidiable de ser un humano extraordinario que simplemente sabe escribir bien. No hace falta levantar el teléfono para sacarle, aquí entre nos, el nombre de nadie ni suplicarle las coordenadas de aquel lugar donde las musas están cruzadas de piernas sobre un aposento, bebiendo cocteles moleculares mientras aguardan a los malos escritores, para que, por un precio inconcebible y en moneda extranjera, se compadezcan e influyan en lo que jamás habrá de ser escrito.
Yo prefiero pensar que las dos versiones son ciertas y que Vicente es una dualidad propulsora de historias. Llamarle sería como pedirle a una señora de casa la receta de su prestigiado horneado navideño, cuando se sabe de sobra que no es la fórmula sino la mano de la cocinera la que hace que los comensales se chupen los dedos.
¡Stsi, stsi, stsi! Glu, glu, glu.
Las mojarras son salameras y embrolladoras. Te entretienen el antojo con ojos de coquetería desde la freidora. Lo mismo que una sirena de la noche parada en una esquina sobre sus tacones de esponja marina, te sonríen ligero pero con el encanto de una complicidad entre dos amantes a punto de consumar el encuentro. Sus besos saben a mordiscos anfibios. A pescados de Venus. A pucha divina. Pero todo es una falacia. La mía me dijo:
—Quiero que lo nuestro sea serio. No quiero que juegues con mi carnita, glu, glu, glu.
—Oh, no. Eso nunca. Yo te quiero bien.
—Pero estoy fea, glu, glu, glu. No entiendo por qué te fijaste en mí. Hay otras mejores que yo. Por lo general prefieren a la coloradita. No lo entiendo, glu, glu, glu.
—No me importa lo que prefieran los demás. Eres la mejor.
La mojarra abre las branquias, que es la manera en que se sonrojan los peces y los batracios, pero enseguida se impone con incredulidad:
—Ay, eso dices ahora, pero después quien sabe. Además estoy fea. Mira mi rajada, está espantosa, glu, glu, glu.
Es una rajada de canal, realizada con destreza; a través de ella le vaciaron las vísceras bajo el grifo del fregadero.
—No está tan mal —le digo.
—¿Qué?, deja de burlarte, glu, glu, glu.
—No, de verdad, a mí me gusta.
—¿Es real?, glu, glu, glu.
—Sí, casi no se nota. Nunca había visto una rajada como la tuya. Eres única y tu rajada también lo es.
—¡Awww, qué lindo! Te amo, cómeme, glu, glu, glu.
Mi estomago gorgoritea.
—Con gusto. Pero, ¿será que pueda tocarte antes?
—No sé, no te vayas a quemar, glu glu glu.
—¡Qué va!, tengo dedos de cocinero. Después de veinte años en la cocina perdí la sensibilidad de las yemas de los dedos. Mis nervios están muertos.
—Ay, pobrecito!, glu, glu, glu.
—¿Entonces me dejas?
—Bueno, pero con cuidado.
Se la toco con la punta del índice, lo hundo en su vientre, como si introdujera mi lengua. La mojarra chirrea omega.
—Glu, glu, glu.
—¿Te estoy lastimando?
—No, estoy bien. De hecho, ya puedes darme la vuelta, glu glu glu. Colócame del otro lado, quiero estar crujiente para ti. Ándale así, así. Sí sabes cocinar pues, glu glu glu.
—No es gran cosa.
Se escucha el chisporroteo de su ventrecha, el reventar de los granos de sal.
—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?, glu glu, glu.
—Sí, claro, pregúntame lo que quieras.
—¿Cuántas te has aventado al plato?, glu glu glu.
—¿Cuántas qué?
—Pues mojaras, ¿en qué estabas pensando?, glu, glu, glu.
—Ah, eso…
No sé qué decirle. Entonces se ríe como se ríen las mojarras fritas y destripadas:
—Stsi, stsi, stsi! Glu, glu, glu.¡Stsi, stsi, stsi! Glu, glu, glu. Ay ya, no pongas esa carota. ¡Stsi, stsi, stsi! Glu glu glu.
—Te pasas —le digo por decir algo.
—¿Me paso de qué? ¡Stsi, stsi, stsi! Glu glu glu. ¿Te da pena? Tan grandote y te da pena. ¡Stsi, stsi, stsi! Glu, glu, glu.
—Anda, sigue riéndote.
—Stsi, stsi, stsi! Glu, glu, glu.
No para de reír, lo está disfrutando.
—Voy a retirarte de la freidora, para de reírte o puede que te deje caer.
—¿Serías capaz, malvado?, glu, glu, glu.
—No te muevas.
Es una mojarra de buen tamaño, para que no se quiebre necesito ayudarme de una pinza, mientras que con la otra mano empleó una espátula.
—Ya está —le digo después de haberla montado sobre el plato.
—Ahora un poco de repollo en este lado y unas rebanadas de tomate —trata de dirigirme—. La cebolla. No te olvides de la cebolla, rerrr, rerrr, rerrr. No puedes servir un plato sin la cebolla, coño. ¿Quién te enseñó a montar así? Pensé que eras bueno en esto rerrr, rerrr, rerrr.
Está furiosa. Embrolladora que es. Tenía que ser una tenguayaca. Cuando ya están casi listas caen en artificios de embusteras. Nunca te fíes de una mojarra, en especial si es una tenguayaca. Son divas. Unas players. Parientes en tercer grado de los súcubos marinos. Tienen espinas. Lo mejor es que las comas con cuidado. Si eres descuidado puedes clavarte una en la garganta. Y luego las espinas se van al corazón. Y rao, te da un infarto.
Hola. Aquí les pego un párrafo de El peor de los infortunios, mi cuento antologado en "Motivos de sobra para inquietarse", del 2° Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila. La ilustración es de Anael Tritura. Espero queden picados de nauyaca. “Uno pensaría que había llegado al límite, que en este país nada podría sorprenderte, pero aquí los tienen: infortunios. No se sabe de dónde provienen, ni el momento en el que van a ocurrir, simplemente te ocupas en algo y cuando menos lo esperas ahí está un pinche espectro sacándote el corazón por la garganta. Hay quienes se desgracian en los pantalones y otros que con el tiempo se acostumbran, porque los espectros, en realidad, son inofensivos.”
Ya se viene.