Hudson. Año 1936
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Hudson. Año 1936
Reflexiones sobre cambiar una llanta
Hoy me tocaba llevar mi carro al taller, pues ya le toca mantenimiento por 10,000 kms, y me encuentro con mi llanta frontal izquierda en el piso.
Voy a mi maletera a sacar la llanta de repuesto, saco mi gata, la llave de cruz y el seguro de las llantas.
Desajusto los topes de las llantas y me siento en el piso para levantar el auto con ayuda de la gata.
En ese momento se me acerca un señor, seguro con buenas intenciones, pero con una sonrisa de superioridad a decirme que qué estoy haciendo, que por qué una señorita estaría cambiando las llantas de su carro y se ofreció a ayudarme. Era la primera vez que estaba cambiando una llanta yo solita, así que opté por hacer que siga así: en primer lugar, para aprender a cambiar una llanta por si me vuelve a pasar y en segundo lugar, porque una señorita puede estar tirada en el piso cambiando su maldita llanta y nadie debería cuestionarlo. Este señor optó por irse con un gesto de negación y burla y se despidió con un tonito suficiente, como diciendo “es un rato me vas a llamar para que te ayude porque no vas a poder”.
Seguí batallando contra el sol y la gata y se me acerca un señor que paseaba a su perro. “¿Tienes inflador?”, me preguntó. “¿Para qué?” “Para que infles tu llanta antes de levantar el carro.” “Señor, mi llanta tiene un corte de 4 cm. de largo. El aire va a salir más rápido de lo que va a entrar.” “Deberías escuchar los consejos de los hombres que saben cómo se hacen estas cosas.” “Señor, no es la primera vez que cambio una llanta”
Mentí, sí era la primera vez que cambiaba una llanta desde cero hasta el final. He cambiado llantas antes, o he ayudado a quienes amablemente me han ayudado y enseñado a cambiar mis llantas. Pero esta vez era mi primera vez cambiando la llanta de principio a fin. Pero me molestó muchísimo que asuma que no sabía cambiar llantas por ser “cosas de hombres”.
Al rato, otro señor pasa. Me mira y sonríe.
“Te has vuelto una experta, ¿eh?” “Sí señor, toca aprender.”
Cambié la llanta, ajusté los seguros, bajé mi carro.
Había cambiado mi llanta y esto había ocasionado un corto circuito en el cerebro de los hombres que se acercaron a “enseñare como hacerlo” y de aquellos que me miraban extrañados al pasar cerca a mí.
Me fue imposible no reflexionar sobre esto: solo he cambiado una llanta. Pero a ellos les generó algo y a mí también. A mí me generó la satisfacción de lograr algo que “no es para mí por ser mujer” y me generó una incomodidad horrible sentir este orgullo, pues estamos tan subyugadas a cumplir con aquello que nos corresponde que, finalmente, lograr hacer “cosas de hombres” con éxito nos genera algún tipo de satisfacción.
Sueño con un mundo donde cambiar una llanta sea tan normal para hombres como para mujeres pues, estoy segura que si yo hubiese sido un chico, nadie jamás hubiese dudado de mis capacidades.
Al carajo los roles de género.
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