−Todo es tan repetitivo − Se decía el chico para sus adentros.
Él era un chico aventurero, atrevido, un nómada en busca de adrenalina, lo movían las emociones fuertes, los cambios le inyectaban vida. Pero desde que había llegado a aquel poblado en busca de nuevas experiencias, se perdió sin darse cuenta, entre la belleza del lugar. Era un pueblo hermoso, acunado por altas montañas que parecían proteger con celo a sus pobladores, gente cálida y un enorme lago en medio del lugar, tan cristalino, tan puro que era casi místico.
No le fue difícil hacer amigos, su carácter era noble, inspiraba confianza a quién quiera que le hablara. Fueron muchos los detalles que alargaban su estadía en aquella ciudadela, tantos que, sin adquirir plena conciencia, ya se encontraba con un empleo modesto y una rutina como cualquier lugareño de la ciudadela.
Aun así, los días le parecían tan monótonos. Era inevitable, su naturaleza errante lo obligaba a moverse por las corrientes de su propia alma salvaje. Caminaba meditabundo sobre aquel sendero empedrado, a su izquierda lo seguían una línea tupida de árboles de coníferas y pequeños arbustos a sus pies. A su derecha el lago que recorría los límites de la ciudadela. Disfrutaba de esas caminatas, del olor a pino y roble que saturaba sus sentidos, la acompasada melodía de la corriente del agua seguir su curso.
Un sonido peculiar lo sacó de su ensimismamiento, el golpeteo del agua lo hizo sentirse curioso por saber lo que provocaba aquel ruido.
Y ahí estaba ella, casi como tentado al chico aventurero. Al verla sentada en la orilla jugando con sus pies en el agua, quedo pasmado. Su belleza era peculiar, de figura delicada, su cabello lo llevaba suelto, tan negro como la noche.
Era ella sin duda, la chica de la tienda de alpinismo que el frecuentaba. Y él, casi como un ritual, de unas diez cajas disponibles para cobro, siempre escogía pasar por la de ella, sin excepciones.
¿Pero qué haría? ¿Con que pretexto le hablaría? ¿Dónde se encontraba su espíritu osado?
Había dejado pasar aquella oportunidad, no se había atrevido a hablarle.
Era un día más en la tienda de alpinismo, más no era un día normal para él, tenía mucho nerviosismo acumulado. ››Esta vez será diferente‹‹ Se repetía convencido. Quería decirle algo a la chica que le había robado el aliento. Y no es por qué necesitará algo de la tienda, simplemente tenía que verla.
−¿Ella me habrá visto ya? – Se preguntaba él así mismo, cómo esperando una respuesta de algún alter ego por ahí escondido.
Oh, pueden ambos haberse visto antes, solo de lejos, solo con miradas, pero sin que uno ni otro supieran que ambos se observaban mutuamente...
Había llegado su turno, la banda corría con sus equipos de alpinismo, unas cuantas cuerdas de arnés y unos tenis de alpinismo.
− Hola, bienvenido. ¿Encontró todo lo que buscaba? – le preguntaba la chica con una ligera sonrisa tímida escondida en sus labios. Ella lo había reconocido, era aquel chico que siempre estaba comprando artículos de alpinismo, era alto y algo fornido, seguramente por el ejercicio que hacía escalando, era bien parecido, él se veía muy divertido mientras conversaba con sus compañeros de piso.
›› Quisiera encontrarte a ti‹‹ Pensó el chico.
− Encontré todo, oye quisiera … − Había sido interrumpido.
En cuanto ella se limitaba a cobrar los equipos y arneses que el chico había escogido. Alguien había llamado a la chica por su nombre.
− Gal, nos vemos el viernes, en la punta del lago. ¡No lo olvides!
Aquel día no fue coincidencia, escuchó cuando la invitaban a aquel lugar. Él inmediatamente maquiló un plan para encontrarse con ella. Apuntó fecha y hora en el celular que llevaba a mano y se fue tomando sus cosas torpemente, no sin antes cruzar miradas con ella por última vez aquel día.
− Gracias, Gal. – le dijo él casi en un susurro mientras desaparecía por la puerta de la tienda.
Ella sintió su cuerpo estremecerse, escuchar su nombre ser pronunciado por él le volcó un sinfín de sentimientos. No estaba segura de que era lo que está sucediendo.
Era él, aquel chico que siempre observaba en silencio mientras él escogía que llevar, siempre llevaba las mismas cosas, pero parecía tardar una eternidad. Él tenía algo que no podía explicar, pero el verlo simplemente la hacían sentirse tan niña, tan pequeña. Pero, quería ser esa pequeña que él estrechara entre sus brazos. De alguna manera, lo deseaba.
Ese mismo día él chico no dejó de pensar en cómo acercarse sin parecen un acosador, no estaba seguro de si esas miradas eran correspondidas o solo la estaba haciendo sentir incómoda. Nunca había sido el mejor si de conquista se trataba. Él lo que menos quería era asustarla, quería cuidarla y ser su abrigo en tiempos de frío. ¿Pero qué estaba pasando? Se desconocía así mismo.
Al día siguiente, la vio.
Estaba de espalda a él, esperando en la punta del lago a sus amigos. Justo a la hora que él había apuntado en su celular. Él chido se encontraba mal, se encontraba ansioso. Tanto que había llegado una hora antes por si ella decidía presentarse antes o por si los planes habían cambiado.
Una sensación extraña llenó a la chica de camino a aquel lugar y no la abandonó al llegar a su destino, pensó que quizá estaba por caer enferma.
Pero dicen que el alma baila por dentro porque sabe antes que nadie cuando se acerca su verdadero amor.
El joven atrevido y aventurero jamás se sintió tan acobardado, aceptar retos sin tartamudear era su fuerte, pero no sabía cómo actuar el tenerla frente a frente y decirle todo lo que sentía.
Ella no podía explicarlo, pero era como si adivinara qué lo vería. Estaba nerviosa, su estómago dolía. No quería parecer desesperada, y cómo era usual de ella, solo miraba cautelosa, esperando encontrarse con la silueta de él. No tardó mucho en darse cuenta que alguien estaba de tras de ella, tan cerca que podía sentirlo.
Su corazón se aceleró y pensó en poner ambas manos en su pecho para detenerlo y no hiciera tanto ruido.
− Hola – musitó él chico. Había planeado decir algo ingenioso, pero sólo atinó a expresar el más tímido e inseguro ››hola‹‹ de toda su vida. Se aclaró la garganta y trató de mejorar su postura, estaba listo para intentarlo nuevamente.
Era él, no había duda. Tantas veces escuchando ese hola en la tienda. Tantas veces imaginándose más valiente para preguntar su nombre, tantas veces imaginándolo así. No pudo evitar volverse rápidamente para verlo de frente. Era él, estaba ahí parado frente a ella. Tan estoico, peor había algo diferente, no parecía el mismo. No podía explicarlo, lo veía algo nervioso hasta podría decir que cohibido. ¿Dónde estaba ese cocido extrovertido que parloteaba con todos en la tienda de alpinismo? Parecía que sudaba frío. ¿Había calor? Era imposible, el fresco había comenzado hacerse presente en aquella tarde al alcanzar el crepúsculo.
Ella estaba quieta, sumisa, en una lucha interna por controlarse. Sus rodillas amenazaban con derrumbarse y tenía ambas manos casi entrelazadas a la altura de su corazón. Cómo intentando callar los latidos galopantes. Mientras sus ojos lo miraban fijamente, quería decir más que un hola, pero parecía que su cerebro le estaba jugando una mala pasada. No lograba articular sonido alguno, aunque su corazón intentara gritar mil palabras.
Antes de que el chico llegara hasta ella, había practicado tantos temas de conversación que se había convencido de que sería fácil, tenía miles de cosas que decir, pero luego de ese saludo tan ambiguo, sólo quería empezar de nuevo.
›› Que me trague la tierra, mi mente está en blanco, solo tengo sus ojos clavados como agujas y quiero decirle que pare, que así no puedo, ¿qué tan raro sería eso? Debo decir algo rápido, dile que está hermosa, que le queda increíble ese traje de baño, que el uniforme no le hace justicia a tanta belleza, qué quieres conocerla, saber qué piensa, que le gusta, que te gustaría ser siquiera su amigo‹‹ Pero el silencio se hacía largo.
−Te quiero. − Escupió el chico casi como si se ahogara, sin si quiera preguntar cómo estaba. Inmediatamente sintió ganas de escalar la montaña más alta y lanzarse sin más.
Todo se detuvo en ese instante. No existía más tiempo ni espacio. Solo eran ellos dos en medio de la nada.
Gal, sintió todo pararse en súbito dentro de su interior, su corazón desbordante en sentimientos se había detenido, no sabía si seguía latiendo. Mientras, las palabras del chico parecían resonar dentro de todo su ser. ››Te quiero‹‹ dijo él. ¿Era eso cierto? ¿No se lo estaba imaginando?
−Yo, yo... − no podía más, no era tan fuerte cómo quería.
La chica se dejó caer al suelo sobre sus rodillas, mientras una de sus manos tapaba la comisura de sus labios y la otra se aferraba a su pecho.
−No, no quiero, no quiero llorar. – se repetía así misma. Fue inevitable, incontables lágrimas comenzaron a desbordarse sobre sus mejillas, no había sollozos, no había nada más que lágrimas saliendo mientras su mirada seguía clavada en él.
El sintió que se moría, ¿era posible que ella no le correspondiera? No, no podía verla así, como un instinto corrió hacia ella, la tomó entre sus brazos y la abrazó. Ambos corazones sé sincronizaron, ambos acelerados hasta llegar a un punto de un latir en sinfonía.
−Te quiero desde la primera vez que te vi y ni siquiera me gustaba el alpinismo, pero con tal de volver a verte lo hice mi hobby y gastaba mis botas para volver a verte.
Él era tan cálido. Era más de lo que alguna vez imagino en sus sueños. Podía sentir su piel junto a la de ella, era más de lo que podía pedir. Escuchar decirlo nuevamente que la quería, ella también lo hacía.
Lo alejo un poco de ella, quería contemplar su rostro. Una de sus manos, jugó con sus mejillas, y la otra se adentraba en su cabellera. Estaba armándose de valor para hacer el movimiento más atrevido de su vida, sin pensarlo, se acercó para darle el beso que ella más deseaba. Dejó sus labios posados en los de él, sintiendo su respiración golpear en sus mejillas.
Ella estaba perdida en un éxtasis. Se alejó lentamente para buscar su mirada, esperaba no la tomara por atrevida.
−Te quiero. Desde que mis ojos coincidieron con los tuyos, supe que te quería − le dijo la chica con un hilo de voz tímido.
Todo aquello le parecía increíble al chico de rulos rebeldes, le parecía estar dentro de un cuento de hadas. Esperaba no estar soñando y si lo estaba, entonces que ese sueño no acabara jamás. Él esperaba una respuesta a mis palabras, pero ese beso lo había llevado al cielo. Ese beso le gritaba más que un te quiero, ese beso le sabía a promesa, la promesa de una historia inolvidable entre la chica tímida y el joven atrevido. La adoraba, la sentía tan suya a pesar de que no se conocían.
La vida había regresado al cuerpo de la chica y con ello, la conciencia de sus acciones. ¿Qué había pasado? ¿Estaba loca acaso? ¿Cómo se había atrevido a besarlo? Sin siquiera conocerlo, sin saber su nombre. Sentía que se pertenecían, pero ¿cómo era eso posible? ¿Existía ese tipo amor?
Ella muy avergonzada de sus acciones, miro de soslayo, se ruborizó hasta las orejas y no había palabras en su boca. Volvía a ser la chica tímida y sumisa.
Entonces él chico la notó avergonzada y quiso decirle que no pasaba nada y que mejor manera sí no, tomándola de ambas mejillas para fundirse nuevamente en un beso tan tierno y lleno de deseo.