Unos tienen gracia, otros solo tienen gracia, otros todavia no existen
Siempre que pueden, se sientan frente al espejo. Hablan con nosotros y se galantean conl os ojos a sí mismos. A veces, como en los cortejos amorosos, se distraen en la conversación. Siempre les fui simpático, porque mi aversión adulta por mi aspecto me llevó siempre a escoger el espejo como algo a lo que dar la espalda. De ese modo, y ellos instintivamente lo reconocían tratándome siempre bien, yo era el muchacho que escuchaba y que les dejaba siempre libres la vanidad y la tribuna.
En conjunto no eran malos chicos; individualmente, los había mejores y peores. Tenían generosidades y ternuras insospechables para un calculador de promedios, bajezas y sordideces difíciles de adivinar por cualquier ser humano normal. Miseria, envidia e ilusión -así podría resumirlos, y así resumiría yo aquella parte de ese ambiente que se infiltra en la obra de los hombres de valor que alguna vez hicieron de esa estancia de resaca un barbecho de engañados. (Es, en la obra de Fialho, la envidia flagrante, la grosería más baja, la falta de elegancia hasta la náusea...)
Unos tienen gracia, otros sólo tienen gracia, otros todavía no existen. La gracia de los cafés se divide en chascarrillos sobre los ausentes y en insolencias para con los presentes. A este tipo de ingenio se le llama de ordinario simplemente grosería. Nada hay que mejor señale la pobreza de espíritu que el no saber usar el ingenio sino con personas.
"El libro del desasosiego" Fernando Pessoa
Ed. El Acantilado. Pág 418-419