«Dueles tanto, Renata. No te haces una idea. Escupes todo aquel veneno que tienes en las entrañas y me acaricias para torturarme aún más. Lo has conseguido, has logrado hacerme llorar. Sólo tenías que recordarme cada error que cometí, cada traición que sufriste por mi culpa. Mi respiración se agita porque no puedo con todo este dolor en mi pecho, me asfixia, me consume. Porque tienes razón, te traicioné.
—Yo ya estoy muerto, Renata. Morí del todo contigo aquel día en la celda —mis ojos perdidos, anclados al suelo—. He muerto cada día desde que te hice daño la primera vez. No puedo con mi conciencia, sabiendo que te vendí a Meredith por puro ego. Por orgullo, por estupidez, por demostrarme que no me importabas, que nadie podía importarme porque yo me había asegurado toda mi vida de ello. Que tu bienestar o incluso tu muerte no pesaría sobre mis hombros, que no eras nada. Me equivoqué. Y no sabes cuánto dolió. No sabes cuánto me arrepentí de haber sido un necio, de haberme engañado a mí mismo fingiendo que sólo seguía importándome yo.
Recupero el bastón y lo apoyo contra el suelo para ponerme de pie. El dolor físico no me afecta, estoy descomponiéndome a pedazos por dentro. Y te miro, para que veas cómo me rompo lentamente.
—Pero yo no te vendí a Isoda, me vendí a mí mismo a cambio de tu vida. Y tuve que mentirte para destrozarte pero tenía que hacerlo. Habría hecho cualquier cosa, ¡cualquier cosa! Con tal de que Isoda no te matara. Decirte que te había traicionado, que te había manipulado, que no te había amado nunca... Me dolió cada palabra. Cada maldita palabra, no sabes cuánto. Pero lo haría mil veces si eso supone mantenerte con vida. ¿No lo entiendes? Después de todo lo que hemos pasado, de todo lo que he hecho, quien merece vivir eres tú. No podía dejarte morir y traicionarte una vez más. Y aunque haya condenado lo nuestro y me mate cada mirada tuya, lo volvería a hacer. Prefiero que vivas odiándome a que mueras. No puedo soportar la idea de que mueras, Renata. No puedo...
Mi mano tiembla, mis piernas flaquean y caigo sentado al suelo. No me apetece luchar por mantenerme en pie, no tengo fuerzas. ¿Alguna vez intuíste que dolerías tanto?
—Soy tuyo —musito entre sollozos—. Haré todo lo que me pidas, todo lo que necesites. Y nada será suficiente para compensarte. Ésa es mi penitencia, Renata. Nos he matado. Nos he matado para que pudieras vivir...»