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Chelsea Wolfe
Hankford B. Diggory y Hermes Rosier en Miles away and yesterday.
—¿Por qué iba a disculparme por eso? ¡Tú estabas en medio! —Y ahí no había vuelta de hoja ni una intención manifiesta a disculparse de forma sincera. Moody consideraba que no había hecho nada. De hecho la culpa la tenía Greengrass por meterse en medio. Siempre en medio. Como el jueves. Porque tenía la patológica necesidad de llamar la atención y que se la viese en cualquier momento.
Moody rodó los ojos y dejó de manifiesto su hastío. ¿Qué cuándo lo había buscado? ¿Tenía la desfachatez de siquiera preguntarle al respecto? Era demasiado tonta, mequetrefe y una estúpida niña mimada.
—¿Cómo ahora mismo? —Se la vivía buscándole. En serio, ¿no se daba cuenta? El pisotón lo había empezado todo. Y su queja antes de que siquiera hiciera un gesto o movimiento. ¡Ella había empezado! Ella siempre empezaba. Como con el balón. Ella empezaba y luego se quejaba de lo que recibía como si no se diera cuenta que al buscarle daba su consentimiento a recibir los agravios y acusaciones de vuelta. «Y encima te quejas, cuando eres tú la que lanza el primer hechizo.» Greengrass era la hipocresía hecha persona. No tenía cabeza, solo impulsos. Y se quejaba cuando los mismos la llevaban a una insatisfacción tremenda.
Hablaba con su voz chillona como si eso le diese más razón. Al igual que el hecho de levantar la voz. «Oh, mírame. Soy Greengrass, jueza y promulgadora de leyes. Yo determino que está bien y qué está mal y si tú estás en desacuerdo, allá tú. Porque yo soy la ley y el orden. Nadie está errado si está de acuerdo conmigo y todos los demás se equivocan porque... ¡yo tengo razón!» Niña repipi, elegante, enfadosa, con un alma tan manchada que por más que se vistiese de lino blanco no podría ni disimularla.
—Ya era hora. —De estar de acuerdo en algo. De por lo menos tener un mínimo sobre el que apoyarse aunque fuera la falta de soportarse mutuamente—. Todavía te queda una neurona en la cabeza.
—¿Arrogante? Arrogante lo serás tú. Que todos te tienen que dar la razón y si no: ¡no estás contenta! —Eran esos ojos verdes que brillaban y refulgían con rabia aquellos ojos los que traían consigo unos insultos inhumanos. Eran esas mejillas enrojecidas que dejaban manifiesto el enfado y la ira acumulada. Eran esos labios que lo acusaban una y otra vez. Unos labios que seguían moviéndose con estrépito. Unos labios que no se callaban. Que estaban ahí moviéndose como bobos gusanos entrometidos que no dejaban de brillar por la estúpida saliva.
—Todo para mí. Oh, pobre de mí. Oh, pobre yo. Soy Greengrass y todo el mundo me tiene que hacer caso. —Se mofó e hizo una pedorreta. Se acercó un poco más, para demostrarle que no le tenía miedo, que no iba a recular. No importaba el pasillo o que hubiese una puerta a unos metros de él a su espalda, todo el espacio se había acotado a Greengrass. Greengrass y su estupidez. Greengrass y esa insistencia a no dejarle pasar. Greengrass. Siempre Greengrass, atacándole de nuevo.
Estúpidos labios. Estúpidos ojos. Estúpidos ademanes. Todo en ella era estúpido.
Su enfado, sus ganas de pelear, su rabia entrometida, su fuego interno que quemaba dentro de su pecho. Sus acusaciones desmedidas. Todo. Todo en ella tenía ese vicio molesto y pueril, esa incitación que seguía hasta que le daba alas. Incluso la gallardía que tenía para no recular era vomitiva. Como lo era su perfume que borbotaba lavanda a raudales o su pelo siempre bien peinado y ahora hecho un nido de pájaros negros. Tenía líneas negras en las mejillas. Tenía pintadas en los ojos. Unos ojos enrojecidos, inyectados en una acuosidad que estaba un segundo y al siguiente no.
Ella no iba a llorar. Moody lo sabía demasiado bien. Pero eso no impedía que le brillasen los ojos. Y se le enmarcasen las mejillas en rosa. Y se moviesen sus labios.
¿Por qué se le movían sus labios? ¿Y su aliento? ¿Por qué estaba todo tan caótico? ¿Por qué ella estaba azorada? ¿Por qué...?
Se inclinó hacia delante. No fue consciente de qué lo impulsó. Un segundo estaba ahí, gritándola, ladrándola hasta lo más convulso y al siguiente estaba ahí, acercándose de corrido, con una proyección directa hacia sus labios. Un beso. Un pico. Un contacto superfluo contra esos labios que estaban suaves. Eran suaves. Demasiado suaves.
Eran unos labios que no tenían nada que ver con cómo era Greengrass. Ella no tenía que tener esos labios. Simplemente no debería. No casaban con su estúpida cara. Ni sus estúpidos ojos. Ni con sus mugrientas manos. Porque todo en ella era estúpida. Y seguiría siéndolo. A Moody no le cabía ninguna duda.
«Estúpida Greengrass.» Y sus estúpidos y suaves labios.
—Alastor Moody
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SEE YOU ALL IN HELL—PSYCLON NINE
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